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RADIOMENSAJE DE SU SANTIDAD PABLO VI
PARA LA I JORNADA MUNDIAL DE ORACIÓN POR LAS VOCACIONES

 

«Pedid al Señor de la mies que mande obreros» a su Iglesia (cf. Mt 9, 38). Contemplando con mirada ansiosa la interminable extensión de los verdes campos espirituales, que en todo el mundo esperan las manos sacerdotales, brota del corazón una angustiosa invocación al Señor, según la invitación de Cristo. Sí, hoy como entonces «la mies es mucha, más los operarios son pocos» (ib. 9, 37), pocos con relación a las crecientes necesidades de la cura pastoral; pocos con relación a las exigencias del mundo moderno, a sus gemidos inquietantes, con relación a sus necesidades de claridad y de luz, que requieren maestros y padres comprensivos, abiertos y actuales; pocos también con relación a los alejados, indiferentes u hostiles, pero que quieren en el sacerdote un modelo viviente irreprensible de la doctrina que profesa. Y sobre todo escasean estas manos sacerdotales en los campos de misión do quiera haya hermanos y hombres que catequizar, socorrer y consolar.

Que el domingo de hoy, llamado del Buen Pastor en la liturgia por su Evangelio, vea unidas en un único palpitar de oraciones a las escuadras generosas de los católicos en todo el mundo para pedir al Señor los obreros que necesita su mies. Y para que esta Jornada mundial de oraciones por las vocaciones sacerdotales y religiosas tuviera la resonancia que merece, hemos querido dirigir nuestras palabras de aliento a todos nuestros hijos queridos, para que ninguno descuide un deber tan grave y responsable. El problema del número suficiente de sacerdotes afecta de cerca a todos los fieles, no sólo porque de él depende el futuro religioso de la sociedad cristiana, sino también porque este problema es el índice, preciso e inexorable, de la vitalidad de fe y amor de cada comunidad parroquial y diocesana, y testimonio de la salud moral de las familias cristianas. Donde son numerosas las vocaciones al estado eclesiástico y religioso, se vive generosamente de acuerdo con el Evangelio, es una prueba de que los padres son buenos y fervorosos, que no sólo no temen. sino que se llenan de alegría y orgullo al dar sus hijos a la Iglesia; allí habrá sacerdotes fieles y celosos, cuyo programa más importante en la cura pastoral será la continuidad de su sacerdocio; habrá sobre todo adolescentes, generosos y bizarros, puros y aguerridos, que alimentados de vida eucarística y sensibles a la voz de Cristo, saben nutrir en su joven corazón, el deseo de servir un día a la Iglesia, y darse a las almas para toda la vida, para reproducir en su persona los rasgos del Buen Pastor y seguir fielmente sus huellas.

Suba, pues, hasta el cielo nuestra oración, desde las familias, desde las parroquias, desde las comunidades religiosas, desde las salas de los hospitales, de los labios de los niños inocentes, para que aumenten las vocaciones sacerdotales y para que sean según los anhelos del Corazón de Cristo.

Oremos pues:

Jesús, divino Pastor de las almas, que llamaste a los Apóstoles para hacerlos pescadores de hombres, atrae a Ti también las almas ardientes y generosas de los jóvenes, para hacerlos tus seguidores y tus ministros; hazlos partícipes de tu sed de redención universal, para que se renueve sobre los altares tu Sacrificio. Tú, Señor, “siempre dispuesto a interceder por nosotros” (Hb 7, 25), descúbreles los horizontes del mundo entero, donde la muda súplica de tantos hermanos pide luz de verdad y el calor del amor; para que, respondiendo a tu llamada, prolonguen aquí en la tierra tu misión, edifiquen tu Cuerpo místico, la Iglesia, y sean “sal de la tierra y luz del mundo” (Mt 5, 13). Extiende también, Señor, tu amorosa llamada a muchas almas de mujeres puras y generosas, e infúndeles el ansia de la perfección evangélica, y la entrega al servicio de la Iglesia y de los hermanos necesitados de asistencia y de caridad. Así sea.

En prenda de las especiales predilecciones del Señor para todos aquellos que se unan a nuestra oración, y lancen hoy al cielo sus súplicas, de corazón, hijos e hijas, os impartimos la propiciadora bendición apostólica que extendemos de manera especial a todos los sacerdotes y almas consagradas, y a cuantos, en los seminarios y en las casas religiosas, se preparan con piedad, estudio y sacrificio a subir al altar, para ser un día los cooperadores del orden sacerdotal.



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