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PRIMER MENSAJE DEL PAPA PABLO VI
AL MUNDO ENTERO

Sábado 22 de junio de 1963

 

 

Venerables hermanos y queridos hijos del mundo entero:

En este día consagrado al muy dulce Corazón de Jesús, en el momento de tomar el officium pascendi dominici gregis (el oficio de apacentar los rebaños del Señor), que, siguiendo la expresión de San Agustín, debe ser, ante todo, amoris officium (In Io. 123, 5), un ejercicio de caridad paternal y plena de solicitud hacia todas las ovejas redimidas por la sangre preciosísima de Jesucristo, el primer sentimiento que entre todos nos inunda el corazón es el de una segura confianza en la ayuda todopoderosa del Señor, Dios, que ha indicado su voluntad adorable por el acuerdo de nuestros venerables hermanos, los padres del Sacro Colegio, al confiarnos el cuidado y la responsabilidad de la santa Iglesia, sabrá hacer penetrar en nuestro corazón, conturbado por la extensión de la tarea que nos ha sido impuesta, la fuerza vigilante y serena, el celo infatigable por su gloria, la preocupación misionera para la difusión universal, clara, dulce, del Evangelio.

Al comienzo de nuestro ministerio pontifical, el recuerdo de nuestros predecesores que nos han dejado una herencia espiritual sagrada y gloriosa nos viene agradable y amablemente al espíritu: Pío XI, con su fortaleza de alma indomable; Pío XII, que ilustró a la Iglesia con la luz de una enseñanza plena de sabiduría; Juan XXIII, finalmente, que dio al mundo entero el ejemplo de su bondad singular.

Pero Nos queremos evocar de forma particular y con una piedad agradecida y emocionada la figura del llorado Juan XXIII, que en el período breve pero muy intenso de su ministerio ha sabido llegar al corazón de los hombres, incluso a los más alejados, por su incesante solicitud, su bondad sincera y concreta hacia los humildes, por el carácter eminentemente pastoral de su acción, cualidades éstas a las que se añadía el encanto particular de los dones humanos de su gran corazón. Los rayos lanzados sobre las almas han sido una sucesión de claridad en claridad, como una llama ardiente, hasta el sacrificio extremo de saber soportar con esta fuerza de alma que emocionó al mundo, apretando a todos los hombres en torno a su lecho de dolor y convirtiéndolos cor unum et anima una en un gran impulso de respeto, de veneración y piedad.

La herencia que hemos recibido de las manos de nuestros predecesores nos muestra por completo la gravedad de nuestra tarea. Qui respicientes al exiguitatis nostrae tenuitatem —en palabras de nuestro gran predecesor San León— et ad suscepti numeris magnitudinem, etiam Nos illud propheticum debemus proclamare: “Señor, oigo tu palabra y tiemblo; considero tu acción y tengo miedo...” Pero desde el momento en que tenemos la intercesión del Sacerdote todopoderoso y eterno que, semejante a nosotros e igual al Padre, ha bajado la divinidad hasta nosotros y ha elevado la humanidad hasta Dios, nos alegramos en la medida digna y piadosa de lo que El ha querido decidir.

La parte más importante de nuestro pontificado será ocupada por la continuación del segundo Concilio Ecuménico Vaticano. Esta será la obra principal a la que queremos consagrar todas las energías que el Señor nos ha dado para que la Iglesia católica, que brilla en el mundo como el estandarte levantado sobre todas las naciones lejanas, pueda atraer hacia ella a todos los hombres por la majestad de su organismo, por la juventud de su espíritu, por la renovación de sus estructuras, por la multiplicidad de sus fuerzas, de modo que vengan ex omni tribu et lingua et populo et natione.

Este será el primer pensamiento del ministerio pontificio, para que sea proclamado cada día más alto a la faz del mundo que solamente en el Evangelio de Jesús está la salvación esperada y deseada “porque no hay bajo el cielo otro nombre dado a los hombres por el cual ellos deban ser salvados”.

En esta luz se sitúa el trabajo para la revisión del Código de Derecho canónico, la continuación de los esfuerzos en la línea de las grandes encíclicas sociales de nuestros predecesores para la consolidación de la justicia en la vida ciudadana, social e internacional, en la verdad, en la libertad y en el respeto a los deberes y a los derechos recíprocos. El imperativo del amor al prójimo, banco de prueba del amor a Dios, exige de todos los hombres una solución más equitativa de los problemas sociales. Exige medidas en favor de los pueblos subdesarrollados, donde el nivel de vida no es a veces digno de la persona humana. Impone un estudio lleno de buena voluntad, a escala internacional, para el mejoramiento de las condiciones de vida. La nueva época abierta a la humanidad por las conquistas espaciales será bendecida por Dios si los hombres saben reconocer que son hermanos entre sí antes que competidores y si saben edificar el orden en el mundo en el temor de Dios, en el respeto de su ley, en la luz de la caridad y de la colaboración mutua.

Nuestra obra, con la ayuda de Dios, estará dirigida también a hacer todos los esfuerzos para el mantenimiento del gran bien de la paz entre los pueblos. Una paz que no es solamente la ausencia de rivalidades guerreras o de facciones armadas, sino un reflejo del orden querido por Dios, creador y redentor, voluntad constructiva y tenaz de comprensión y de fraternidad, manifestación de buena voluntad a toda prueba, deseo incesante de concordia activa inspirada por el verdadero bien de la Humanidad con una caridad no disimulada.

En estos momentos en que toda la humanidad vuelve sus ojos hacia esta Cátedra de Verdad y hacia aquel que ha sido llamado a representar en la tierra al Divino Salvador, Nos renovamos el llamamiento en favor de un entendimiento leal, franco, lleno de buena voluntad, que pueda unir a los hombres en el respeto recíproco y sincero, y la invitación para que hagan todos los esfuerzos posibles para salvar a la Humanidad, para favorecer el desarrollo pacífico de los derechos que Dios le ha dado y facilitar su vida espiritual y religiosa, para que la Humanidad sea llevada a la adoración viva y sentida del Creador.

No faltan señales alentadoras procedentes de los hombres de buena voluntad. Damos gracias por ello al Señor, al tiempo que ofrecemos a todos nuestra serena pero firme colaboración para el mantenimiento del gran don de la paz en el mundo.

Nuestro servicio pontificio querrá, en fin, continuar con la más grande solicitud la gran obra iniciada con tanta esperanza y bajo los auspicios de nuestro predecesor, Juan XXIII: la realización del Unum sint, tan esperado por todos y por el que él ha ofrecido su vida. La aspiración común a restablecer la unidad, dolorosamente rota en el pasado, encontrará en nosotros el eco de una voluntad ferviente y de una plegaria emocionada en la conciencia de la misión encomendada por Jesús: “Simón, Simón, Yo rezo por ti para que tu fe no desfallezca nunca. Pero tú confirma a tus hermanos...”

Abrimos nuestros brazos a todos aquellos que se enorgullecen del nombre de Cristo, Nos les llamamos con el dulce nombre de hermanos. Que sepan que encontrarán en nosotros una comprensión y una benevolencia constantes, que encontrarán en Roma la casa paterna que valora y exalta con nuevo esplendor los tesoros de su historia, de su patrimonio cultural, de su herencia espiritual.

Venerables hermanos y queridos hijos:

La magnitud del trabajo que espera a nuestras pobres fuerzas es tal que infunde temor al humilde sacerdote llamado a la cumbre, pero nosotros le consagraremos nuestras oraciones y nuestros esfuerzos diarios. Pero tenemos necesidad de vuestra colaboración y de vuestra invocación, “que sube incesantemente hasta Dios en olor de santidad”, por el Pastor de la Iglesia universal. Nuestro pensamiento emocionado y reconocido se dirige a todos los hijos de la Iglesia católica, que da al mundo el testimonio de su fe, el espectáculo de su unión, el esplendor leal de su dignidad, porque “los discípulos de Cristo —como dice Clemente Alejandrino— son reyes en virtud de Cristo Rey”.

Saludamos en primer lugar a los muy dignos miembros del Sacro Colegio que han compartido con nosotros la ansiedad y las plegarias de estos días de espera. Manifestamos nuestra particular benevolencia a nuestros venerables hermanos en el episcopado de Oriente y de Occidente, que en todos los continentes “desarrollan la función de embajadores de Cristo”, y saboreamos ya la alegría de abrazarles en la segunda sesión del Concilio Ecuménico.

Queremos expresar muy especialmente nuestra estima por la Curia romana, cuya misión, tan honrosa y tan llena de responsabilidad, es la de asegurar su colaboración al Vicario de Cristo. Estamos convencidos de que su muy digna actividad nos será una ayuda eficaz porque conocemos directamente desde hace mucho tiempo su diligencia, su “sentido de la Iglesia”, su prudencia, que hemos podido especialmente apreciar, junto con los otros obispos, en la fase de preparación y celebración del Concilio.

Nos dirigimos seguidamente con un corazón paternal a los curas, a los sacerdotes, a los religiosos, que incansable y silenciosamente y a menudo privados de ayuda en su solicitud dedican su vida al engrandecimiento del reino de Dios sobre la tierra. No olvidamos tampoco a las almas consagradas a Dios en la inmolación de la plegaria y en las múltiples formas de la caridad activa.

Al principio del pontificado, que ha sido confiado al sucesor de Pedro en su calidad de obispo de Roma, debemos dirigirnos con un afecto particular a los queridos hijos de la diócesis de Roma, que han favorecido con gran ardor las empresas pastorales de nuestro predecesor. Tenemos la firme confianza de que, contestando con la caridad a nuestra caridad, continuarán dando frutos de virtud, porque los ojos de los católicos de todo el mundo están vueltos hacia aquellos que son los más próximos a la cátedra de Pedro.

Impresionados por la dulzura de los recuerdos dirigimos un saludo lleno de particular afecto a los muy queridos fieles de la archidiócesis ambrosiana que tanto hemos amado en el curso de los últimos años, in visceribus Iesu Christi, y que nos han proporcionado tantos consuelos como hijos muy queridos. Nuestro pensamiento se dirige también a nuestra querida diócesis de origen con el deseo de que continúe siempre fiel al Evangelio de Nuestro Señor, que confiere honor, gracia y nobleza a las relaciones humanos de la vida.

En particular, deseamos que los hermanos y los hijos de las regiones donde la Iglesia no puede hacer uso de sus derechos nos sientan muy cerca de ellos. Ellos han sido llamados a participar más cerca en la cruz de Cristo, a la que seguirá, estamos seguros de ello, el alba radiante de la resurrección. Ellos podrán, finalmente, volver a realizar el pleno ejercicio de su ministerio pastoral, que por institución se ejerce no sólo en beneficio de las almas, sino también de las naciones donde viven.

También nos es muy querido alentar y bendecir de todo corazón a los muy queridos misioneros, niña de nuestros ojos, que en todos los continentes, en los puestos avanzados de la Iglesia, extienden el Evangelio de Jesús. Que sepan siempre gloriarse con la cruz de Nuestro Señor Jesucristo, soportando con amor las eventuales contrariedades y pruebas, con la certeza de que la ayuda del Señor no ha de faltar nunca a los que viven y trabajan solamente por El.

Dirigimos particulares alabanzas a los miembros de la Acción Católica, que ayudan a la jerarquía eclesiástica en el apostolado, y a todos los que colaboran en las organizaciones católicas de carácter nacional e internacional.

Abrazamos con caridad paterna a todos los que sufren: a los enfermos, a los pobres, a los prisioneros, a los exiliados, a los refugiados.

Saludamos a todos nuestros hijos en Cristo, entre los cuales destacamos especialmente a la juventud animosa y generosa, sobre la que se basa la segura esperanza de un futuro mejor; a la infancia inocente, a las almas puras y simples, a los humildes y a los grandes de la tierra; a todos los artesanos y obreros, cuyo trabajo conocemos y apreciamos; a los hombres que se consagran a la cultura y al estudio, a la enseñanza y a la ciencia; a los periodistas y publicistas, a los hombres políticos y jefes de Estado, rogando para que todos y cada uno, en su puesto de responsabilidad, contribuyan a la construcción de un orden siempre más justo en los principios, más eficaz en las aplicaciones de las leyes, más sano en la moral privada y pública, animado de una muy grande voluntad de defensa de la paz.

Que sobre el mundo entero pase una gran llama de fe y de amor que ilumine a todos los hombres de buena voluntad, allanando los caminos de la colaboración recíproca y que atraiga sobre la humanidad, la abundancia de la benevolencia divina, la fuerza misma de Dios, sin cuya ayuda nada vale ni nada es santo.

En el momento de iniciar nuestro grave ministerio estamos sostenidos por las palabras reconfortantes de Jesús, que prometió a Pedro y a sus sucesores permanecer siempre junto a la Iglesia “hasta la consumación de los siglos”. Estamos sostenidos por la protección maternal de la bienaventurada Virgen María, Madre de Dios y Madre nuestra, a la que confiamos desde su inicio nuestro pontificado. Estamos sostenidos también por la ayuda y la oración de los apóstoles Pedro y Pablo y de todos los santos.

En prenda de esta celeste asistencia, y como un alegre estímulo para las buenas energías esparcidas por el mundo, nos es muy querido daros a vosotros, venerables hermanos e hijos, y a toda la humanidad, la bendición apostólica.

En el nombre del Señor avancemos en paz.

 



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