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ALOCUCIÓN DE SU SANTIDAD PABLO VI
A LOS DELEGADOS OBSERVADORES DEL CONCILIO


Jueves 17 de octubre de 1963

 

Señor cardenal,
estimados señores:

Las nobles palabras que acabamos de escuchar nos han emocionado profundamente: las del venerable cardenal presidente del “Secretariado para la unión de los cristianos” que os ha presentado, y también las del digno intérprete de los sentimientos de todos vosotros, señores, cuya expresión encuentra una viva resonancia en nuestro, corazón.

El encuentro de esta tarde, es la repetición, en una atmósfera más íntima, del que se nos ofreció el otro día, en el marco más oficial y majestuoso del Concilio. ¿Pero la realidad, la gran realidad, no es acaso la misma? Vosotros estáis aquí, queridos hermanos en Cristo, invitados por Nos, para asistir a este importante acontecimiento: el Concilio Ecuménico.

Acercarse, encontrarse, saludarse, conocerse, hablarse, ¿hay algo más sencillo, más natural y más humano? Ciertamente. Pero aquí hay algo más todavía: escucharse los unos a los otros; orar los unos por los otros; y, después de tan largos años de separación, después de tan dolorosas polémicas, volver a comenzar a amarse los unos a los otros: he ahí lo que hace memorable y lleno de promesas este encuentro.

Sin duda no tendríamos más que repetir aquí lo que os dijimos en la basílica de San Pedro, el día de la apertura de la segunda sesión del Concilio; pero aquí en nuestra biblioteca, donde recibimos las audiencias privadas, lo haremos de una forma completamente familiar y amistosa. Se podría dar a esta circunstancia un valor simbólico: el de nuestro deseo de recibiros no solamente en el umbral de nuestra mansión, sino en el corazón mismo de nuestra intimidad.

La sinceridad de nuestras palabras y de nuestros sentimientos nos permite, más aún, nos impone, esta nueva apertura de nuestro corazón, con un lenguaje más sencillo que puede, mejor que la solemnidad del latín, manifestaros ante vuestros ojos algo del fondo de nuestra alma.

Os lo repetimos una vez más: gracias por haber aceptado nuestra invitación; gracias por haber venido; gracias por vuestra presencia en las reuniones del Concilio. Estad seguros de nuestro respeto, de nuestra estima, de nuestro deseo de entablar con vosotros, en Nuestro Señor, las mejores relaciones posibles. Nuestra actitud no oculta ninguna reserva, ni responde a ninguna intención de disimular las dificultades para un entendimiento completo y definitivo; no teme lo delicado de la discusión ni el sufrimiento de la espera. La buena fe y la caridad son las bases que nos ofrecen vuestra presencia aquí; la estima que tenemos a vuestras personas y hacia las instituciones y valores cristianos que representáis, nos hacen fácil la tarea de abordar con vosotros el gran diálogo, cuya duración nadie puede hoy determinar, dadas las divergencias doctrinales todavía sin resolver; y la confianza en Nuestro Señor Jesucristo, al que todos estamos ligados por la fe y el bautismo, nos llena el corazón de una dulce y poderosa esperanza.

No es esto todo. Acaso sea preciso añadir también una observación, que puede esclarecer más aún nuestro estado de ánimo ante la alegría que nos procura vuestra amable visita, llena de los recuerdos que acabáis de evocar: el de nuestro llorado y venerado predecesor el Papa Juan XXIII.

Esta es la observación: ¿hacia qué lado instintivamente se inclina nuestro pensamiento, cuando trata de dar una significación exacta a este encuentro —al nivel más elevado y de la más profunda responsabilidad, como veis— de la Iglesia católica con las demás confesiones cristianas. El pensamiento estaría tentado de volverse hacia el pasado. Sería enfangarse en los dédalos de la historia, y, sin duda, volver a abrir las heridas que no están completamente cicatrizadas.

Nos atrevimos en nuestro discurso del 29 de septiembre a recurrir ante todo al perdón cristiano; mutuo, si es posible. “Veniam damus petimusque vicissim” (Horacio) (Concedemos y pedimos mutuamente el perdón). Nuestros espíritus tienen necesidad de esta tranquilidad, si han de entablarse relaciones amistosas, conversaciones serenas. En primer lugar, porque esto es cristiano: “Si al presentar, dice el Señor, tu ofrenda ante el altar, te acordares allí del agravio que tu hermano tiene contra ti, deja tu ofrenda ante el alta y ve primeramente a reconciliarte con tu hermano; luego, vuelve, y, entonces, presenta tu ofrenda” (Mt 5, 23-24). Y después contamos con el método mejor: nada de mirar al pasado, sino al presente, y, sobre todo, al futuro. Otros podrán y tendrán que estudiar la historia hasta el presente; nosotros preferimos ahora fijar nuestra atención no en lo que ha sucedido, sino en lo que debe suceder. Pensamos en la novedad que hay que lograr hacia el sueño a realizar. Permítasenos aprovechar las palabras de San Pablo: “Olvidando el camino recorrido, voy derecho hacia adelante, con todo mi esfuerzo, y corro hacia la meta, teniendo ante la vista el premio que Dios nos invita a recibir, en Cristo Jesús” (Flp 3, 13-14). La esperanza es nuestro guía; la oración, nuestra fuerza; la caridad, nuestro método al servicio de la verdad divina, que es nuestra fe y nuestra salvación.

Verdad divina que es preciso sin tregua esforzarse en profundizar para mejor poseerla y vivirla más plenamente. “Buscar para encontrar, y encontrar para más buscar”: esta frase de San Agustín, que hemos tenido el placer, señor profesor, de escucharos citar, nos concierne a todos; un verdadero cristiano no conoce el inmovilismo.

Y nos habéis descubierto, a este respecto, perspectivas que nos esforzaremos en no descuidar.

Esos deseos que nos expresáis de una teología “concreta e histórica”, “centrada en la historia de la salvación”, lo subscribimos gustoso por nuestra parte y la sugerencia nos parece del todo digna de ser estudiada y profundizada. La Iglesia católica que posee instituciones a las que nada impediría se especializaran en este género de investigaciones, exime de crear una nueva institución con este fin, si las circunstancias lo sugirieran.

Permitidnos destacar también, estimados señores, antes de abandonaros, una palabra de vuestro intérprete: “Marchamos juntos por un camino”. Que es lo mismo que decir: Todavía no hemos llegado.

Al igual que vosotros, estimados señores, lo hemos dicho, no esperamos soluciones milagrosas e inmediatas. Los frutos que esperamos deben madurar largamente, con el estudio y la oración; y las reconciliaciones aparentes o improvisadas, que disimularían las dificultades en lugar de solucionarlas, retardarían nuestra marcha, en lugar de beneficiarla.

Por nuestra parte, igual que el vigilante del que habla Isaías: —Custos quid de nocte? (Is 21, 11), estamos alerta, tratando de discernir, y dichosos de registrar, cada vez que se presentan en el corazón de la noche, los signos precursores de una luminosa aurora: Nos referimos a los indicios de un progreso real en el diálogo entablado, de un paso al frente hacia el acercamiento entre aquellos que se alimentan del mismo Evangelio y escuchan en el fondo de sus almas la misma gozosa llamada de San Pablo a los Efesios: “Un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo, un solo Dios, Padre de todos, que está por encima de todos, para todos y en todos” (Ef 4, 4-6).

Queremos invocar a este Dios de las misericordias, Padre de Nuestro Señor Jesucristo, en el que creemos, con vuestro permiso. A El confiamos nuestros deseos, nuestra espera y nuestras esperanzas; a El imploramos para todos vosotros la paz y la alegría, gracias y bendiciones. Y permitidnos saludaros con las mismas palabras del gran apóstol, cuyo nombre hemos querido escoger: “La gracia del Señor sea con vosotros. Yo os amo a todos en Cristo Jesús. Amén. (1Cor 16,23-24).

 



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