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DISCURSO DEL PAPA PABLO VI
EN LA BEATIFICACIÓN DEL SACERDOTE VICENTE ROMANO


Domingo 14 de noviembre de 1963

 

Señor cardenal,
venerables hermanos,
queridos hijos:

Saludamos al nuevo beato don Vicente Romano, y nos alegrarnos en el Señor, que nos concede contemplar como ciudadano del cielo a este fiel y ejemplar seguidor suyo.

No pocos son los motivos particulares para alegrarnos por esta beatificación, aparte del principal de haber tributado honor al Señor, que redunda a favor de toda la Iglesia, al ver enriquecerse el álbum de sus hijos victoriosos con el nombre de un nuevo elegido.

No podemos callar que uno de estos motivos es que este beato Romano era napolitano. De Torre del Greco, a decir verdad; es decir, nació y vivió en la famosa y sonriente villa que dista de Nápoles poco más de diez kilómetros, los suficientes para dar a los habitantes de Torre del Greco su particular fisonomía moral y popular, y, por tanto, el legítimo orgullo de poder inscribir en sus anales, y mejor en su historia, a este hijo excepcional y ya célebre, que precisamente nació, vivió y murió en Torre del Greco, y también lo suficiente para reconocer a la populosa ciudad y a su ilustre ciudadano el honor de pertenecer a la archidiócesis de Nápoles, a su provincia, a su cultura, a su educación y a su vida.

Debemos expresar nuestra felicitación al cardenal arzobispo de Nápoles por esta beatificación, y la debemos extender al venerado clero y a todos los fieles de la archidiócesis partenopea, y a los de la fértil, bendita y famosa tierra de la Campaña, porque las virtudes que reconocemos en Vicente Romano no son estrictamente personales, sino representativas de una espiritualidad y de unas costumbres que con razón podemos llamar regionales. Considerando al beato en el marco religioso y civil en que desarrolló su vida, descubrimos algunas incógnitas, generales y particulares, de gran interés, a las que responderán los historiadores y hagiógrafos, y a las cuales apenas nos referiremos; por ejemplo, ¿cuál es el influjo del ambiente sobre la personalidad de un santo, cuánto es lo que recibe, aprovecha, modifica y expresa de la mentalidad popular que lo rodea y cómo puede ser el tipo característico y noble de una época y de una población? Que el ambiente tiene enorme importancia en el desarrollo de nuestra vida lo demuestra el hecho de que gran parte de la educación consiste en rodear al alumno de un complejo de circunstancias y de factores que habrán de favorecer el mejor desarrollo del alumno mismo, como también gran parte de la disciplina ascética consiste en la elección y disposición de condiciones ambientales útiles para la formación y el ejercicio de la vida espiritual. En nuestro caso el ambiente es el que ofrece el modesto y ordinario estilo de vivir de una familia del pueblo napolitano en la segunda mitad del setecientos y en los primeros decenios del ochocientos, perfeccionado por la educación eclesiástica de aquel tiempo y de aquella ciudad. Don Vicente Romano no salió de aquel área local y moral; por ello su figura es típica y representativa.

La búsqueda de los aspectos que califican a esta figura nos descubre una visión grandiosa y espléndida: Nápoles se encuentra en pleno auge en aquella época, su fama es europea, y su vida religiosa se caracteriza por la presencia y la acción de otra santa figura de primer orden, Alfonso María de Ligorio, que había nacido cincuenta años antes que Vicente Romano, pero que fue contemporáneo suyo durante más de treinta, durante el período en que San Alfonso irradiaba sus enseñanzas de escritor y doctor, y sus ejemplos de religioso y de obispo. Es cierto que el movimiento de ideas y acción que desencadenó San Alfonso en aquellos años y en aquella región hizo escuela también en el humilde e inteligente sacerdote de Torre del Greco; fue una gran escuela, partícipe y autora del florecimiento religioso y del ascetismo canónico del clero napolitano de aquellos años.

Alguien objetará que aquellos años y los del siguiente período napoleónico no eran, bajo muchos aspectos, favorables a la aparición de un fenómeno de santidad eclesiástica —baste pensar en las corrientes jansenistas, en la política anticlerical de Bernardo Tanucci y en las exigencias de reforma moral y religiosa, de la que el mismo San Alfonso nos informa—; podríamos hacer otra observación, que es precisamente mayor la alabanza de los santos por el ambiente en que se desarrolla su formación y su actividad; pues podemos ver que el santo, en este caso el beato Vicente Romano, no sólo personifica y eleva a un nivel superior todo lo bueno de su ambiente, sino que rehace lo malo que el ambiente le ofrece y se impone a la corriente porque sabe encontrar energías espirituales y morales en el fondo de cada alma y en el corazón del pueblo que los demás no sospechaban ni sabían encontrar.

La observación no es sólo fuente de admiración para el siervo de Dios, que se ha desligado de los vínculos de las costumbres malsanas, tenidas como inexpugnables, sino que también debe ser para nosotros una lección, pues nos enseña que todo ambiente, con la gracia del Señor y con buena voluntad, puede ser fértil en santidad: lo bueno ayuda y conforta, lo negativo engendra fortaleza en el alma grande. Esto nos indica que no hay que supervalorar las condiciones del ambiente, como si fueran para el alma fuerte, libre y cristiana, indispensables y determinantes: para la virtud y el bien, las positivas; para la mediocridad o el vicio, las negativas; son ciertamente coeficientes muy importantes y con frecuencia prácticamente influyentes y prevalentes sobre la conducta de la gente ordinaria; no lo son, sin embargo, sobre la del héroe de la virtud, que las domina y personifica, si son buenas, y las resiste, supera y transforma, si son malas. Es decir, la santidad florece, si Dios ayuda, en todas partes; todo ambiente la puede fermentar, cualquier condición de vida puede serle propicia, cuando el encuentro de las dos voluntades, la divina y la humana, encienden allí la llama victoriosa de la caridad (Cfr. Rm 8, 35).

Esto es precisamente lo que admiramos en el nuevo beato; la suya es una santidad que brota del diálogo con el ambiente; en él nació y en él se formó; él lo absorbió, lo plasmó en sí mismo según el modelo cristiano y sacerdotal, y luego lo reeducó, lo evangelizó y lo santificó.

Era un sacerdote de la región, como otros muchos de aquel tiempo; un sacerdote diocesano que tuvo la fortuna de una magnífica formación en el seminario, y que luego volvió entre sus familiares y paisanos a ejercer primeramente diversos ministerios, y más tarde el oficio de párroco durante más de treinta años, desde 1799 a 1831, fecha de su muerte. El esquema de su vida parece el normal de un sacerdote con cura de almas. ¿Dónde está el aspecto extraordinario propio de la santidad? ¿Dónde el aspecto ejemplar que merezca nuestra imitación y nuestra veneración?

Para responder habríamos de contar la historia de este buen cura, y veríamos el género de perfección propio del que se consagra a la vida pastoral: el don de sí en pro de la salvación de los demás. Y ya que hoy tanto se habla de vida pastoral, veríamos a este humilde sacerdote de pueblo salirnos al encuentro, de la tierra del Vesubio, para contarnos algo muy actual y universal.

Que Vicente Romano se hubiera fijado como máxima “hacer bien el bien” indica el ansia de perfección que dominaba su vida. Habría que hablar de su vida anterior, de su religión personal, de su empeño en el estudio, de su austeridad privada, de su desprendimiento del dinero y de la ambición del honor, no siempre ausente en los buenos sacerdotes, del esfuerzo ascético que domina todo el curso de su vida y que penetra su proyección al servicio de los demás; habría que destacar algunos valores místicos que a veces escapan al secreto de un alma siempre dedicada a las cosas de Dios y siempre dispuesta a expresar su experiencia con acentos afectivos y sentimentales, propios del temperamento meridional y de la escuela alfonsina.

Pero lo que ahora llama nuestra atención es su comportamiento pastoral, es decir, el ejercicio de su ministerio externo al servicio del prójimo, y no debemos olvidar dos observaciones previas: que este ministerio exterior se nutre de la vida interior, en donde tiene sus raíces, sus energías, su estímulo, sus consuelos; no es un menester profano, no es el afán de Marta, ni la disipación que vacía al hombre activo de su profundidad personal, es la caridad que arde dentro y enciende en la intimidad del coloquio devoto y en la meditación reflexiva y luego sale al exterior. Por esto (segunda observación) este mismo ministerio externo, al paso que atrae al sacerdote que a él ha dedicado su vida y es para él una obligación acuciante, lo aterra y oprime al mismo tiempo, y casi lo rechaza, por el sentido de responsabilidad que lleva consigo y por las enormes dificultades que siempre representa y que, percibidas, ponen en evidencia la desproporción entre los deberes a realizar y las fuerzas disponibles, inmensas las primeras y pobres y vacilantes las segundas. Es el tormento de quien se consagra a la cura de almas. Son oportunas aquí las palabras de San Agustín: “No hay nada más difícil, en esta vida, y en especial en este tiempo, ni más fastidioso y peligroso” (Ep. ad Valerium, 21, P. L. 35, 88). El beato Vicente Romano también experimentó el miedo a un ministerio tan comprometedor y responsable como es el del párroco; hubiera querido sustraerse a tanto honor y tuvo que decir de sí: “Hubiera querido más la muerte que cargarme con la carga tan peligrosa de la cura de almas; esta carga no se puede aceptar ni por honor ni por interés u otro fin, solamente por la voluntad de Dios”. Descubrimos, pues, una gran semejanza con el Santo Cura de Ars, también oprimido interiormente por la responsabilidad de los deberes pastorales hasta intentar huir de su parroquia.

Acabamos de nombrar a San Juan M. Vianney, cura de Ars; sería interesante advertir otros muchos aspectos semejantes entre aquel santo párroco y éste; ambos ligados por los mismos deberes y ambos en extremo hábiles para ejercerlos, aunque en forma y medida diferente, con virtudes análogas y adquiriendo méritos parecidos.

También encontraremos en Vicente Romano una gran fecundidad en la palabra de Dios, desde la sistemática, y nunca suficientemente recomendada de la catequesis, verdadera base de la vida religiosa y profunda exigencia de nuestro tiempo, a la exhortación edificante (se dice que fue hasta prolija la predicación de nuestro beato; ahora la suya tampoco lo sería). Encontraremos su preocupación no acostumbrada de hacer participar a los fieles en la celebración de la santa misa; un folleto suyo que lleva por título “La misa práctica” nos indica cómo había intuido la necesidad de que la asamblea de los fieles orara bien, orara a una, coordinando sus pensamientos y sus voces con los del sacerdote celebrante, necesidad que hoy es reconocida por la doctrina de la Iglesia y promovida por los movimientos litúrgicos.

Encontraremos una caridad que va más allá del puro ejercicio de culto, y se interesa y se afana por todas las necesidades humanas privadas de otra ayuda: el párroco no es extraño a nada, a todos conoce, a todos consuela, a todos aconseja, a todos hace bien. Más aún: su caridad de individual pasa a ser social, de espiritual a profesional y económica (para ser en seguida moral y religiosa), si lo exige el bien de las almas, que en un párroco es “ley suprema”. El beato Vicente nos da a este respecto un hermoso ejemplo casi precursor de la caridad social de la Iglesia en nuestros días, organizando y asistiendo a los pescadores del coral, que en Torre del Greco eran y son todavía muy numerosos, laboriosos y necesitados.

Por tanto, merece que lo tengamos, como se suele decir, “de actualidad”, como ejemplo de las virtudes que nuestro tiempo tanto necesita. Y lo querrán como protector y como modelo todos los fieles, pero de manera particular los sacerdotes, en especial los diocesanos, en los que la obligación de la perfección cristiana no está sostenida por la profesión religiosa, Y la reclama tanto la dignidad como el ministerio, y cuando éste se ejerce con plenitud de caridad, por el ministerio mismo esa perfección se hace posible y grande. Nos gusta sobre todo el poder inscribir un nuevo compañero a los párrocos en el cielo, y a ello dedicamos en esta ocasión un particular u afectuoso recuerdo. ¡Que el nuevo beato les muestre la grandeza de su misión! Pensando en las difíciles y modestas condiciones que con tanta frecuencia circundan a su ministerio, les recordaremos que “no son los horizontes geográficos los que extienden los del espíritu, sino que son los vastos horizontes del alma los que dan a un minúsculo pueblecito las dimensiones del universo” (Garofalo, p. 36). Quiera Dios que el nuevo beato les demuestre qué y cómo un sacerdote con cura de almas ha de ser santo; que les sostenga en sus fracasos, que compense sus privaciones, que fortifique su espíritu de sacrificio y desinterés, consuele sus penas, que premie sus esfuerzos. Que les llegue junto con nuestros votos nuestra Bendición Apostólica.

Porque, hermanos e hijos, lo que necesita hoy la Iglesia son sacerdotes celosos y párrocos santos; ahora festeja a un nuevo en el Paraíso; que pueda también inscribir una nueva multitud de ellos del mundo actual.

 


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