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DISCURSO EL SANTO PADRE PABLO VI
A LOS PARTICIPANTES EN EL CONGRESO
DE "PSIQUIATRÍA Y PROBLEMAS DEL ESPÍRITU"


Lunes 2 de diciembre de 1963

 

Ilustres y apreciados señores:

Con un sentido de profundo respeto a la profesión a la que dedicáis las mejores energías de vuestra vida, os damos nuestra más cordial y sincera bienvenida. En la persona del humilde Vicario de Cristo es la Iglesia misma la que os abre los brazos, y manifiesta su bendición y aliento a vuestra noble misión investigadora y terapéutica. Ya nuestro predecesor Pío XII delineó claramente lo que la Iglesia espera de vosotros, trazando los principios en que ha de inspirarse la psicoterapia y la psicología clínicas (13 de abril de 1953; cfr. Discursos y Radiomensajes, XV, págs. 65-76). Hacemos nuestras aquellas paternales indicaciones y os testimoniamos la atención y simpatía con que seguimos vuestras actividades.

Os habéis reunido en un coloquio cultural con ocasión del cincuenta aniversario de la inauguración del Hospital Psiquiátrico de Santa María de la Piedad, al que ya hemos felicitado por haber llegado a esta etapa después de muchos años de crecientes providencias para con los pobres desdichados que allí son atendidos. Pues bien; en esta conmemoración hemos inspirado las indicaciones pastorales y espirituales que queremos proponeros como recuerdo de esta audiencia.

El origen lejano del gran complejo hospitalario y asistencial del Monte Mario se remonta al pontificado de Pablo III, de venerada memoria, en 1548, cuando la caridad de un celoso sacerdote navarro, ayudado por algunos paisanos y ciertos nobles ciudadanos de la urbe, pensó en los enfermos mentales, creando para ellos una organización de estilo y criterios autónomos, a la que se dio el nombre de Santa María de la Piedad, prueba de la misericordia con que se pretendía tratar a aquellos enfermos. La obra fue sostenida con aportaciones concretas, de San Carlos Borromeo también, que viniendo a Roma desde Milán gustaba de albergarse en aquel hospicio; fue oficialmente reconocido por Pío IV en 1561, al imponerle ese nombre bendito que todavía hoy lo distingue.

¿Qué otra cosa nos confirman estos datos, sino una constante predilección de la Iglesia por ésta como por todas las formas de sufrimiento? Impulso apostólico que ha estimulado a sus hijos a darse con amor a los hermanos más probados. Es la caridad de Cristo, incansable y siempre movida por nuevas necesidades, la base de este vasto movimiento, la aplicación sincera y total de aquellas palabras penetrantes y misteriosas, que tantos heroísmos han despertado en la historia del mundo: “Estuve enfermo, y me visitaste”. “Siempre que hagáis algo con alguno de los más pequeños de mis hermanos, lo hacéis conmigo” (Mt 25, 36-40).

También vosotros sois herederos, ¡y qué herederos!, de esa santa tradición de caridad humana y cristiana que ha obrado maravillas de abnegación, de éxitos benéficos, de conquistas científicas y morales. Pero no sois herederos pasivos, sino excelentes y modernísimos promotores, cultivando ese medio indispensable y excepcional del estudio racional y experimental de los fenómenos psíquicos, de su patología y de su necesaria terapia. Miramos con admiración la ciencia del psiquismo humano, rápidamente ramificada en diversas especializaciones, y también admiramos vuestra profesión que dedica ala psiquis humana pacientes y admirables cuidados. Nos, maestro del espíritu por nuestra religión, observamos con sumo interés vuestros estudios y vuestras actividades, y tenemos en cuenta vuestras enseñanzas científicas, que bajo muchos aspectos se aproximan a nuestro campo espiritual y moral, y confiamos que vosotros por vuestra parte consideraréis en su realidad y en su importancia las que nosotros también ofrecemos a vuestra valoración completa de la vida humana, de sus misteriosas profundidades y de sus superiores destinos. Este es el encuentro entre el psiquiatra y la religión, del que ampliamente habéis discutido en vuestro presente coloquio, y al que deseamos nuevos y fecundos desarrollos. Pues en vuestro maravilloso progreso científico y en vuestra perspicaz comprensión de las verdades que la religión pone en torno y sobre vuestro horizonte específico vemos con gran complacencia florecer con nuevos y providenciales desarrollos la benéfica tradición de que hablarnos y que en vuestro hospital tiene un magnífico monumento. Continuad, pues, por este camino luminoso, que la Iglesia como faro ha iluminado a lo largo de los siglos, corroborando e inspirando.

Prestando a los enfermos vuestra asistencia tan altamente benemérita os hacéis colaboradores de la Iglesia; bien es verdad que hoy se le confía preferentemente a la Iglesia y a sus ministros la tarea elevada, difícil y tremenda de consolar las almas en el dolor con la asistencia espiritual, y, sobre todo, con la fuerza sobrehumana de los sacramentos; pero no por ello debéis consideraros eximidos de la responsabilidad —que también a vosotros os atañe, sublima y transforma vuestro paciente trabajo— de ser, vosotros también, en todas partes y siempre, en torno al lecho de los pacientes, como en las austeras aulas del estudio académico, los hermanos de vuestros pacientes, hermanos en el sentido humano y cristiano, hermanos que sufren con el que sufre, que se alegran con el que goza por haber conseguido su curación, que llevan un corazón capaz de amar, comprender y ayudar con una solidaridad inagotable.

Esta es la belleza de vuestra profesión, estimados señores, que abarca en gran parte el campo social, con vuestros trabajos en la prevención y tratamiento de las enfermedades mentales, atendiendo a los convalecientes y a sus familias. El hacer de vuestra profesión una misión da a vuestro esfuerzo el más alto valor, eterno, por encima de la lábil, precaria y breve satisfacción terrena del agradecimiento humano. “Venid, benditos de mi Padre, a tomar posesión del reino que teníais preparado desde la creación del mundo” (Mt 25, 34), pues la más mínima muestra de amor con el que sufre se hace a Cristo mismo y es premiada por El sobre toda medida.

Nuestra oración os acompaña en el difícil cumplimiento de vuestra obligación de cada día, y también comprende a las destacadas representaciones extranjeras que os acompañan; a los distinguidos miembros del cuerpo científico y sanitario del Hospital de Santa María de la Piedad; se extiende de una forma especial a la Administración Provincial, que con tanta diligencia sostiene y promueve este mismo hospital, y quiere abarcar a los bienhechores de la ilustre institución; a las magníficas y valerosas hermanas que con tanta solicitud atienden a los enfermos; a todo el servicio, pero en especial a los que hace más de veinticinco años prestan su esfuerzo al piadoso instituto; a los enfermeros y operarios que en él trabajan, descienda sobre todos la bendición apostólica y alcance para todos los presentes y para vuestros seres queridos y vuestros enfermos el consuelo celestial.

 


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