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PEREGRINACIÓN DE PABLO VI A BOMBAY

PALABRAS DEL SANTO PADRE
EN LA CONSAGRACIÓN DE LOS NUEVOS OBISPOS

Jueves 3 de diciembre de 1964

 

Veamos, hermanos míos, si somos capaces de darnos cuenta que Jesucristo está presente. Jesucristo vivo.

Jesucristo; Aquel que es Hijo eterno y consubstancial de Dios y que es Hijo de María, hombre y hermano nuestro.

Está presente en el misterio eucarístico que este Congreso está celebrando. Aquí está realmente; no sólo representado, no sólo invocado y recreado, sino Él, único y real; y sólo en los signos sacramentales multiplicado. Multiplicado para comunicarse a cada uno de nosotros.

No podemos callar: Gloria a Ti, oh Señor; gracias a Ti, oh amigo de los hombres, oh maestro, oh pan de la vida, oh Salvador. Nosotros te reconocemos, nosotros creemos en Ti, nosotros te amamos.

Contemplando en nuestro corazón la eucaristía, considerada como “prenda de la futura gloria”, es decir, de la gloria en la que veremos a Dios como Él es, en su íntima esencia, recordamos las palabras de un gran poeta, hijo de esta tierra que hoy, oh Cristo, es tu casa:

«¿Día tras día, oh Señor de mi vida, estaré yo delante de Ti, cara a cara?

¿Con las manos juntas, oh Señor de todos los mundos, estaré yo delante de Ti, cara a cara?

¿Bajo tu inmenso cielo, en la soledad y en el silencio, estaré yo delante de Ti, cara a cara?

¿Es este tu mundo fatigado, tumultuoso de pena y de lucha, entre las multitudes presurosas, estaré yo delante de Ti, cara a cara?» (Rabindranath Tagore).

¿Cómo es esto posible?

Es posible porque se han comunicado a algunos de nosotros virtudes divinas. El sacerdocio de Cristo ha sido transmitido a algunos discípulos, que se han convertido en instrumento de su acción, en herederos de su misión, en vicarios de su obra.

También este otro misterio de la presencia de Cristo se celebra hoy aquí. Se celebra en nuestra humildísima persona de Vicario de Cristo; se celebra en vuestras santas personas, obispos, sacerdotes, que aquí estáis.

Los sacerdotes de Cristo, los obispos sucesores de los apóstoles, confesamos nuestra humildad y nuestra grandeza, como María, la selectísima Madre de Cristo, que proclamando su humildad exaltó las cosas grandes que Dios operó en Ella y con Ella.

Y nos damos cuenta del acontecimiento que aquí, por nuestra mano, hecha instrumento de la de Dios, se realiza ahora: el acontecimiento de la transmisión. Nos hemos transmitido la plenitud del sacerdocio de Jesucristo a estos nuestros hermanos, que de ahora en adelante llamaremos obispos, es decir, pastores del pueblo creyente y para el pueblo todavía no creyente.

Nos hemos transfundido en ellos el Espíritu Santo.

Nos les hemos transmitido a ellos nuestras potestades.

Nos les hemos asociado a nuestra formidable, misión: la de evangelizar las almas, de santificarlas, la de guiarlas.

Y los hemos escogido de las cinco partes del mundo para que quede claro que nosotros somos obedientes al amor de Cristo; amor inmenso, amor hacia todos los pueblos, hacia todos los hombres de la tierra. Desde este punto del globo, que ha sido la fuente y la desembocadura de innumerables riadas de pueblos y de civilizaciones, saludamos a la India, saludamos al Asia, saludamos al mundo. Vosotros sois, nuevos obispos, nuestro saludo. Como Cristo, cuyo ministerio personificamos ahora, dijo a sus discípulos, hechos apóstoles, es decir, mensajeros de su palabra y de su gracia os decimos a vosotros, consagrados para igual misión: “Id y predicad, anunciando que el reino de Dios está cerca, y entrando en la casa que os acoja, saludadla así: Paz a esta casa” (Mt 10, 7-12).

Vosotros sois los portadores de la paz; ¡qué humilde y qué humana es vuestra misión! No las armas, no las riquezas, no el orgullo de conquista o de gloria, sino la palabra, el Evangelio, es vuestra fuerza.

Resplandezca en vuestras palabras el mensaje de las verdades divinas, las cuales, como a través de un espejo, de modo no claro, son bosquejadas por las palabras adoptadas por esta gran nación: “Sólo la verdad triunfa; no la falsedad; el sendero divino ha sido trazado con la verdad, es recorrido por los poetas que han superado el deseo, y allí se encuentra también aquel supremo tesoro que se conquista con la verdad” (Mundaka Upanishad).

Y todavía más: el amor es vuestra fuerza.

Pastores de almas, vosotros no tenéis nada que pedir; vosotros lo tenéis todo para dar; vosotros mismos.

Vuestra autoridad proviene de esto: que podéis llamar amigo a todo hombre que encontréis; y si él os responde, lo llamaréis hermano e hijo.

Vuestra sabiduría será doble: divina y humana. Tendréis la doctrina que el Maestro divino nos ha enseñado, por vuestra profecía; tendréis la capacidad de comprender el corazón del hombre, sus grandezas, sus locuras, sus sufrimientos, sus miserias, como vuestra ciencia, la ciencia de la vida.

Marchad, pastores, por todos los caminos de la tierra; id a descubrir a las gentes su dignidad, su libertad, su misión terrena y ultraterrena. No será fácil vuestro camino; pero no temáis, porque el Señor está con vosotros.

Donde quiera que vayáis se renovará el misterio de la Presencia que aquí celebramos, y con los elegidos —los fieles—, que se estrecharán en torno a vosotros, podréis medir cada hora de la historia, hasta el fin del tiempo, en el supremo deseo, en la suprema certeza: “Ven, oh Señor Jesús” (Ap 22, 20).

Invocando del amantísimo corazón de Nuestro Maestro Eucarístico tal gracia, impartimos a todos nuestra afectuosísima bendición apostólica.

 



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