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PEREGRINACIÓN DE PABLO VI A BOMBAY

DISCURSO DEL SANTO PADRE
A LOS
REPRESENTANTES DE LAS RELIGIONES NO CRISTIANAS

Jueves 3 de diciembre de 1964

 

Esta visita a la India es la realización de un deseo abrigado durante largo tiempo. Vuestro país es de antigua cultura, cuna de grandes religiones, hogar de una nación que ha buscado a Dios con implacable deseo, en profunda meditación y silencio, y en himnos de ferviente oración. Raramente ha sido expresada esta búsqueda de Dios con palabras tan llenas del espíritu de Adviento como en las palabras escritas en vuestros sagrados libros muchos siglos antes de Cristo: “De lo irreal, condúceme a lo real; de la obscuridad, condúceme a la luz; de la muerte, condúceme a la inmortalidad” (Br., 1, 3, 28).

Esta es una oración que pertenece también a nuestro tiempo. Hoy más que nunca debería elevarse de todo corazón humano. La raza humana está sobrellevando profundos cambios, y está buscando a tientas los principios guías y las nuevas fuerzas que conducirán al mundo del futuro. Vuestro país ha entrado también en una nueva fase de su historia, y en este período de transición sentís también la inseguridad de vuestra edad, cuando los órdenes y valores tradicionales han cambiado y todos los esfuerzos deben concentrarse en la construcción del futuro de la nación, no sólo en una base material estable, sino en firmes cimientos espirituales. Vosotros también estáis comprometidos en la lucha contra los males que obscurecen las vidas de innumerable gente por todo el mundo: contra la pobreza, hambre y enfermedad; vosotros también lucháis en la implacable batalla por más comida, vestido, casa, educación, por una justa distribución de la riqueza de este mundo. ¿No somos todos uno en esta lucha por un mundo mejor, en este esfuerzo para proporcionar a todos lo que necesitan, para llenar su destino humano y para vivir una vida digna de hijos de Dios?

Por tanto, debemos unirnos más, no sólo a través de los modernos medios de comunicación, a través de la prensa y la radio, a través de barcos y aviones a reacción, debemos unirnos en nuestros corazones, en comprensión mutua, estima y amor. No debemos encontrarnos como meros turistas, sino como peregrinos que salen a encontrar a Dios; no en edificios de piedra, sino en corazones humanos. El hombre debe encontrar al hombre, la nación encontrar a la nación, como hermanos y hermanas, como hijos de Dios. En esta mutua comprensión y amistad, en esta sagrada comunión debemos también empezar a trabajar juntos para construir el futuro común de la raza humana. Debemos encontrar los medios concretos y prácticos de organización y cooperación para que todas las fuentes se fusionen y todos los esfuerzos se unan hacia la consecución de una verdadera comunión entre todas las naciones.

Tal unión no puede ser construida sobre un terror universal o miedo de mutua destrucción: debe construirse sobre un amor común que abraza a todos y tiene sus raíces en Dios, que es amor.

La ocasión de nuestra visita es el Congreso Eucarístico. La Eucaristía es la conmemoración de Jesucristo, y su amor por Dios, el Padre de los cielos, y por todos los hombres, un amor hasta la muerte. Este amor de Jesús no es un asunto del pasado; tiene por objeto permanecer presente y vivir en cada corazón humano. Cristo es también querido en este país, no sólo por aquellos que son cristianos —son una minoría—, sino por los millones de personas que han logrado conocerle y amarle como una inspiración de amor y autosacrificio. Sus palabras sonarán siempre en los oídos de los hombres de buena voluntad: “El Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida para la redención de muchos". Antes de morir dijo a sus discípulos: “Un nuevo mandamiento os doy: que os améis los unos a los otros”, y les dio la señal por la que deberían ser reconocidos por todos: amor mutuo.

Este es el significado del Congreso: el verdadero amor debe ser renovado en nuestro medio y debe convertirse en la fuerza inspiradora de todos nuestros esfuerzos. Necesitamos paz y estabilidad en nuestro mundo, necesitamos comida, vestidos y casa para millones, necesitamos honradez y devoción e incansable trabajo para mejorar la condición humana, pero todos estos esfuerzos deben estar animados por verdadero amor.

Ruego que las palabras del lema del Congreso: “Ordenar vuestras vidas en el amor”, permanezcan impresas en vuestros corazones y se conviertan en una semilla viviente que crecerá y dará fruto. Que Dios despierte este amor en todos nosotros y nos una a través del invisible y, sin embargo, irrompible lazo que debería ligar a todos los que se cobijan en el amor de Dios. Que haga de nosotros la única familia de sus hijos.

 



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