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  DISCURSO DEL PAPA PABLO VI
A SU MAJESTAD GUSTAVO VI ADOLFO
REY DE SUECIA*

Jueves 16 de marzo de 1967

 

Majestad

Muchas son las razones que Nos tenemos de alegrarnos por el honor que nos hace Vuestra Majestad al hacernos esta visita oficial de hoy.

Esta visita es la de un amigo de la ciencia y de la cultura, Soberano de un país que se precia por el alto grado de evolución social y que se define en cierta manera por su carácter –diríamos casi su «vocación» – de nación pacifica en el seno de un continente tan a menudo agitado por la guerra: rasgos que constituyen para la Iglesia católica motivos de especial interés. La cultura: bajo su égida se desarrollaron en el otoño último fiestas conmemorativas en las cuales estaban igualmente interesadas la Santa Sede y Suecia, y que Nos proporcionaron la ocasión de un primer y muy agradable encuentro de carácter privado con Vuestra Majestad. Las exposiciones organizadas en el National Museum de Estocolmo, en el Vaticano en honor de la Reina Cristina, la abertura de su tumba en las grutas del Vaticano, el envío de una misión a Suecia presidida por el Cardenal Decano del Sacro Colegio, son los acontecimientos que, al nivel de los intercambios culturales, suscitaron una emulación de fervor con el cual se han beneficiado felizmente al mismo tiempo la Santa Sede y vuestra noble Patria. Vuestra Majestad evidencia personalmente en toda ocasión su interés por la cultura, y Nos no vamos a mencionar aquí los méritos que ha conquistado con una actividad infatigable en los dominios de la arqueología y de la historia.

El alto grado de desarrollo social alcanzado por el pueblo sueco es otro rasgo que llama la atención de la Iglesia, siempre deseosa del verdadero bien del hombre y de lo que puede aportarle el estado de la sociedad en la cual vive. Esta preocupación permanente de la Iglesia acaba de recibir como una nota de actualidad con la celebración reciente del Concilio Ecuménico Vaticano II. Las páginas memorables consagradas a este tema por la Constitución sobre «La Iglesia en el mundo contemporáneo» no habrán escapado a la atención de Vuestra Majestad: habrá visto que sobre numerosos puntos las preocupaciones de la Iglesia se unen, en ese dominio, a las de los responsables de los poderes públicos. En ese texto, Vuestra Majestad habrá podido discernir también que en armonía con la doctrina de la Iglesia está la participación – tal como existe en su país – de los diversos estratos sociales en la vida pública.

Si los dirigentes de Suecia han podido promover de este modo el desarrollo económico y social de su Patria, esto se debe en gran parte a la prudente política de neutralidad que ha impedido al país verse envuelto en el torbellino de las dos recientes guerras mundiales.

La neutralidad que practica Suecia, Majestad, se nos aparece como una neutralidad activa, que no vacila en comprometerse, incluso a costa de sacrificios dolorosos y a veces sangrientos: las pruebas sufridas por vuestros soldados, movilizados al servicio de las Naciones. Unidas, y la muerte trágica de dos grandes suecos, en misiones al servicio de la paz, Dag Hammarskjad y el Conde Folke Bernadotte, son testimonios de esto. Por esta razón Suecia se nos presenta en el concierto de las naciones europeas como una de aquellas cuyo prestigio se conserva más intacto, cuya voz es de las más aptas para hacerse oír con eficacia en favor de la paz.

La Santa Sede ha hecho suya esta gran causa desde hace largo tiempo, y nada desea más que ver a todas las potencias verdaderamente pacificas unirse a sus esfuerzos. Albergamos la confianza de que Nuestra esperanza, en lo que concierne a vuestro país, no se verá decepcionada.

Ciertamente, la historia de las relaciones de Suecia con la Iglesia católica ha conocido numerosas vicisitudes. Si Vuestra Majestad nos permite evocar una página de ella en su presencia, elegiremos la que vio, como consecuencia del «Edicto de tolerancia» del año 1781, la institución por la Santa Sede de un Vicariato apostólico para Suecia en 1783, y la visita a Roma durante el otoño del mismo año, del Rey Gustavo III, a quien Nuestro Predecesor Pío VI dispensó una acogida muy amistosa. La visita que Vuestra Majestad ha querido hacernos hoy viene, pues, a reafirmar, por encima de los siglos y más allá de divergencias religiosas, una antigua amistad.

Recordamos que el Padre de Vuestra Majestad tuvo gran interés en mantener esta amistad, en tiempos de Nuestro Predecesor Pío XII, cuyos aniversarios se honraban siempre con un cordial mensaje de augurios del Rey Gustavo. Nos alentamos la confianza de que la visita de hoy contribuya a desarrollar todavía más la cordialidad de las relaciones de la nación sueca con la Santa Sede.

Creemos poder asegurar a Vuestra Majestad que la pequeña comunidad católica sueca conserva la más perfecta lealtad para con las autoridades del país. Y éstas, Nos lo sabemos, les dan un tratamiento muy liberal. Inclusive puede ser que con ocasión del Concilio y en el clima ecuménico actual, todo lo que concierne a la Iglesia católica haya vuelto a ganar interés en Suecia, hecho que no podrá dejar de ser ventajoso para el buen entendimiento entre las diversas familias religiosas del país.

Es el voto que Nos complacemos en formular al recibir hoy aquí a Vuestra Majestad. La Santa Sede no podrá olvidar que una gran sueca, cuya figura desearíamos evocar para terminar y que la Iglesia ha colocado desde hace tiempo entre el número de sus Santas, había elegido a Roma como su residencia preferida y tuvo, en una época especialmente difícil, un papel importante en los asuntos de la Iglesia y del Papado.

¡Que la gran Santa Brígida proteja a Suecia! Y que por su intercesión descienda sobre Vuestra Majestad, sobre su familia y sobre todo su noble pueblo las mejores bendiciones del Cielo.


*ORe (Buenos Aires), año XVII, n°745, p.1.

 



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