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DISCURSO DE SU SANTIDAD PABLO VI
AL EMBAJADOR DE LA REPÚBLICA ÁRABE UNIDA*

 Lunes 3 de mayo de 1971

 

Señor Embajador:

Nos alegran mucho las amables palabras que Vuestra Excelencia acaba de pronunciar con respecto a la Iglesia católica y a la misión de la Sede Apostólica de Roma y deseamos ver en ellas una garantía suplementaria de las felices y fructíferas relaciones que podrán continuarse y extenderse entre vuestro noble país y la Santa Sede. Al agradecer estas amables palabras queremos manifestar también la estima y el afecto que sentimos por las poblaciones de la República Árabe Unida.

Desde luego, nos es preciso subrayar que Egipto evoca un pasado de grandeza y civilización a quien sabe apreciar la conmovedora experiencia milenaria de la humanidad, un pasado del que podemos admirar siempre, como testigos preciosos, sus monumentos imperecederos. ¡Y cómo permanecer insensibles ante vuestra evocación de ésos centros de cultura y espiritualidad cristiana en los que se distinguieron especialmente los pensadores de la escuelas de Alejandría, Orígenes, Atanasio, Cirilo, y los monjes o ermitaños, Pablo, Antonio, Pacomio. En nuestros días, igual que en el pasado, el pensamiento y la vida cristiana vienen a beber en la fuente de estos testimonios y ejemplos.

En la actualidad, los católicos de Egipto pretenden contribuir generosamente a la prosecución del bien espiritual y material de vuestro querido país y, por lo tanto, a mantener con las otras confesiones y religiones contactos llenos de respeto, fraternidad y colaboración. Por nuestra parte, recordamos con gusto la reciente visita que nos hizo una delegación islámica.

Como sabéis, nos preocupa mucho el problema de la paz, porque estamos convencido de que ésta es una necesidad y un deseo profundo de los pueblos así como una condición indispensable para su desarrollo integral y solidario. También hemos seguido con esperanza los comienzos laboriosos de las negociaciones que intentan resolver la crisis del Próximo Oriente. Y desearnos de todo corazón que el entusiasmo y la sabiduría se unan armónicamente de un lado y de otro para llegar a soluciones satisfactorias para todas las partes en litigio y capaces de instaurar una paz duradera.

Ojalá pudiésemos ver cómo esta cuenca del Mediterráneo, tan querida de todos, se convierte en un puerto de paz, un lugar privilegiado de encuentro y de enriquecimiento de las diversas culturas, para tranquilidad del mundo y progreso de la humanidad. Muchos piensan que éste es el momento más favorable de todos para emprender ese camino decisivo. Por nuestra parte, lo hemos dicho a menudo y lo repetimos, estamos decidido a trabajar incansablemente, en la medida de nuestras posibilidades, para promover un entendimiento fecundo entre todas las partes solidarias, en el respeto a la libertad y a los derechos legítimos de cala uno, con todo honor y toda justicia.

Vuestra Excelencia ha tenido el gusto de resaltar la misión cultural y espiritual que llevan a cabo las escuelas católicas en el seno de la Republica Árabe Unida. Nos satisface mucho constatar este reconocimiento. Si, la Iglesia se siente feliz de participar en el esfuerzo educativo de la nación, tan importante para su futuro y, con la ayuda de las autoridades civiles, seguirá realizando de todo corazón este servicio abierto a todos, al mismo tiempo que ayuda espiritualmente a sus propios hijos.

Con estos sentimientos os encargamos de expresar nuestros mejores deseos a su Excelencia, el señor Presidente de la Republica, y os deseamos un feliz y fructuoso cumplimiento de vuestra misión ante la Santa Sede. Imploramos con mucho gusto sobre usted y sobre sus compatriotas las abundantes bendiciones del Dios Todopoderoso.


*L'Osservatore Romano, edición en lengua española, n.19 p.4.

 



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