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 DISCURSO DEL PAPA PABLO VI
 A LOS PARTICIPANTES EN LA ASAMBLEA PLENARIA
DE LA ORDEN DE LOS CABALLEROS DE MALTA*

Miércoles 25 de octubre de 1972

 

Señoras y señores:

No han querido ustedes concluir la asamblea plenaria de grandes priores, regentes, presidentes de las asociaciones nacionales y jefes de las misiones diplomáticas de la Orden de Caballeros de Malta, sin venir antes a saludar al humilde sucesor de Pedro. Permítannos que les manifestemos Nuestra alegría al recibirles y poder conversar unos instantes con ustedes.

Nos conocemos, en efecto, y apreciamos el noble ideal que les anima, y que está tan bien expresado en su carta constitucional: «Promover la gloria de Dios por medio de la santificación de los miembros, del servicio prestado a la fe y a la Santa Sede, y de la ayuda al prójimo, en conformidad con las tradiciones seculares» (art. 2, pár. 1). No cabe duda que este programa exigente y difícil merece que se le consagre la vida por entero: por la donación de la persona a Cristo, el primer servicio, y multiplicando las obras caritativas en beneficio de los más pobres, especialmente en los países en vías de desarrollo. Sí, es una buena defensa de la fe el ayudar a los demás cristianos, con el propio ejemplo, a considerar el amor de los pequeños como una dimensión esencial de la vida espiritual y del apostolado.

Pero ya que ustedes esperan de Nos alguna orientación evangélica para su acción futura, nosotros les exhortamos a permanecer vigilantes, poniéndose a la escucha de las necesidades nuevas que se manifiestan en nuestra época. Estas necesidades no toman sólo el aspecto de la pobreza material – que necesita siempre ayuda y remedio –, sino que con frecuencia tienen el nombre de aislamiento, inseguridad, anonimato, desesperación. Impiden el florecimiento total del hombre, de su alma y de su cuerpo. Mediten sin cesar las palabras del apóstol san Pablo: «¿Quién desfallece que no desfallezca yo? ¿Quién se escandaliza que yo no me abrase?» (II Cor 11, 29).

Al mismo tiempo, esfuércense por dar siempre en sus contactos un carácter personal, para hacer del encuentro con el otro, un encuentro con el Señor Jesús sufriente. Ustedes verán entonces que su don generoso quedará compensado ampliamente por todo lo que recibirán del otro.

Al comunicarles estas sencillas reflexiones, Nos les ratificamos Nuestro estímulo y Nuestra confianza, y Nos les impartimos de corazón, al igual que a sus familias, Nuestra paternal bendición apostólica.


*L'Osservatore Romano, edición en lengua española, n.44, p.4.

 



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