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DISCURSO DE SU SANTIDAD PABLO VI
AL EMBAJADOR DE LA REPÚBLICA TUNECINA
ANTE LA SANTA SEDE
*

Lunes 11 de junio de 1973

 

Señor embajador:

Agradecemos a vuestra Excelencia las amables palabras que acaba de dirigirnos y nos sentimos dichoso de poder manifestarle cómo somos sensible al delicado homenaje y a los nobles propósitos que usted ha expresado, en el momento en que inaugura su alta función de embajador de la República tunecina ante la Santa Sede.

Agradecemos también con particular satisfacción los cordiales sentimientos de su Excelencia el señor Presidente Habib Bourguiba, de quien usted se ha hecho intérprete, y le confiamos el encargo de renovarle los votos que nosotros formulamos tanto para su persona como para el pueblo tunecino, para nosotros tan querido.

Conocemos los esfuerzos desplegados por la República de Tunicia y por sus dirigentes para hacer prevalecer el ideal de paz en la justicia, como usted acaba de subrayar. En la cooperación a esta obra de concordia está vivamente interesada la comunidad cristiana de vuestro país. Como recordábamos al recibir a vuestro predecesor, el primer embajador de Tunicia ante la Santa Sede, la expresión auténtica de la fe cristiana lleva, dentro de una sincera estima y de una voluntad de diálogo, a la contribución desinteresada, conforme a la enseñanza del Evangelio, en la promoción cultural y espiritual de todos. Cuando se trata de la construcción de una civilización, el respeto a los valores morales y a la dignidad de la persona, a los que usted se ha referido, ocupan un puesto de excepción.

La prosecución del progreso social en la justicia y la concordia reclaman, en nuestra época, un nuevo cuidado por parte de quienes tienen la pesada carga de gobernar. Las relaciones cada vez más estrechas entre los pueblos imponen la obligación de unir los esfuerzos de todos para asegurar la paz y la estabilidad de la comunidad mundial. Es éste un objetivo que hay que replantear continuamente, incluso cuando parece tropezar con dificultades insuperables. Creemos que con la gracia de Dios y la buena voluntad de los hombres, es posible la paz. Esta debe ser el fruto de negociaciones que tengan en cuenta los derechos de la persona, de las minorías y de los pueblos. Nosotros nos sentimos dichoso del interés que vuestro Gobierno manifiesta por esta sabia vía, en la que no teme inspirarse en su acción diplomática.

Nosotros esperamos que, con la contribución de vuestra Excelencia, las buenas relaciones inauguradas entre la República de Tunicia y la Santa Sede se incrementarán para el mayor bien de todos. Formulamos nuestros mejores votos para el feliz cumplimiento de la misión que acaba de serle confiada e imploramos de corazón para vuestra persona, para los vuestros y para todo el pueblo tunecino, la asistencia del Dios Todopoderoso.


*L'Osservatore Romano, edición en lengua española, n.25, p.10.

 



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