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DISCURSO DE SU SANTIDAD PABLO VI
A LOS OBISPOS DE LAS REGIONES PASTORALES IV Y IX
DE ESTADOS UNIDOS EN VISITA «AD LIMINA APSOTOLORUM»


Jueves 15 de junio de 1978

 

Venerables y queridos hermanos:

Os acogemos a todos en el nombre de Nuestro Señor Jesucristo y os abrazamos en su amor. En vosotros, obispos hermanos nuestros, deseamos honrar a las Iglesias locales que presidís y a las que estáis llamados a servir en la caridad del Salvador. Por vuestro medio enviamos un saludo de gozo y paz a todos los fieles que integran vuestras diócesis, a todos nuestros hijos e hijas de Delaware, de los distritos de Columbia, Florida, Georgia, Maryland, Carolina del Norte, Islas Virgin, Virginia, Virginia Oeste, Kansas, Iowa, Missouri y Nebraska.

Al celebrar juntos nuestra comunión de fe y amor en la unidad de Cristo, tenemos conciencia de ser los sucesores de sus Apóstoles, obispos de la Iglesia católica encargados de la misión de ser testigos del Señor Jesús y de proclamar el testimonio de su Padre, según las palabras de San Juan: "Y el testimonio es que Dios nos ha dado la vida eterna, y esta vida está en su Hijo. El que tiene al Hijo tiene la vida; el que no tiene al Hijo de Dios, tampoco tiene la vida" (1 Jn 5, 11).

Hoy queremos considerar el misterio de la vida en Jesucristo. Y puesto que Jesucristo está vivo y presente en la Eucaristía, sobre la Eucaristía deseamos hablaros a vosotros y a toda la jerarquía de América.

La Eucaristía reviste su importancia suma en nuestro ministerio de sacerdotes y obispos, que hace presente la acción salvífica de Cristo. La Eucaristía tiene un valor eminente para la vida cristiana de nuestro pueblo. La Eucaristía tiene gran eficacia para la transformación del mundo en la justicia, la santidad y la paz. A causa de ello, y precisamente por la relación íntima entre la Eucaristía y el apostolado a que os dedicáis, deseamos reflexionar con vosotros sobre varios aspectos de este sacramento que es Pan de vida.

El Concilio Vaticano II ha recordado a todos los sacerdotes que la fuente principal del amor pastoral se debe encontrar en el Sacrificio Eucarístico (cf. Presbyterorum ordinis, 14). Y prosigue afirmando que "a esto tiende y en esto se consuma el ministerio de los presbíteros. Su ministerio, que comienza por la predicación evangélica, del sacrificio de Cristo saca la fuerza y virtud" (ib., 2). Y puntualiza, además, que los sacerdotes cumplen su deber fundamental en el misterio del Sacrificio Eucarístico (cf. ib., 13).

Hermanos: Para nosotros y todos nuestros colaboradores en el sacerdocio, que han consagrado la vida a guiar a los fieles a la plenitud del misterio pascual, estas enseñanzas son extremamente importantes. Dan orientación decisiva a todas nuestras actividades de Pastores del Pueblo de Dios y de heraldos del Evangelio de salvación; la proclamación más alta de la salvación se lleva a efecto en el Sacrificio Eucarístico.

Además de señalar las prioridades de nuestro ministerio y del de los sacerdotes, las enseñanzas del Concilio Vaticano II proporcionan júbilo inmenso al pueblo católico al recordarle que, pues la Eucaristía contiene a Cristo mismo, por ello contiene también "todo el bien espiritual de la Iglesia" (ib., 5).

Pocos meses antes de promulgarse el Decreto conciliar sobre el ministerio y la vida sacerdotales, nosotros mismo volvimos a indicar la doctrina de la Iglesia sobre la presencia real de Cristo en la Eucaristía, declarando que es "presencia real por antonomasia, porque es también corporal y sustancial, pues por ella ciertamente se hace presente Cristo, Dios y Hombre, entero e íntegro" (Mysterium fidei, 39). Y continuábamos afirmando que la Iglesia católica "ha adorado en todos los tiempos sacramento tan grande con el culto latréutico que sólo a Dios es debido" (ib., 55). Estamos convencido de que será fuente de ánimo para todo el Pueblo de Dios peregrino, hacer hincapié cada vez con más fuerza sobre estas enseñanzas: Para ello os exhortamos a vosotros y a vuestros sacerdotes a predicar con frecuencia sobre esta doctrina tan rica de la presencia de Cristo: La Eucaristía contiene el Cuerpo y la Sangre de Jesucristo en la Misa y fuera de la Misa; y es merecedora, por tanto, del culto que sé tributa al Dios vivo, y sólo a El.

Otra enunciación clara de la importancia de la Eucaristía está contenida en la Constitución dogmática sobre la Iglesia, en la que la participación en el Sacrificio Eucarístico es calificada de "fuente y cumbre de toda la vida cristiana" (Lumen gentium, 11). El Sacrificio Eucarístico es la cumbre de la liturgia de la Iglesia; su plenitud consiste en la expresión. alborozada de la salvación, y tiene como tarea primaria la gloria del Señor (cf. discurso del Papa a los obispos suizos; L'Osservatore Romano, Edición en Lengua Española, 18 de diciembre de 1977, pág. 8). Según la expresión del Concilio, "la sagrada liturgia es principalmente culto de la Divina Majestad" (Sacrosanctum Concilium, 33).

Qué gran servicio al Pueblo de Dios el hacerlo cada vez más consciente, semana tras semana, año tras año, del hecho de que puede obtener de la Eucaristía fuerzas inmensas para colaborar activamente en la misión de la Iglesia. Es el summum de la vida cristiana, no en el sentido de que otras actividades no son importantes, sino en la convicción de que dichas actividades deben estar unidas a la oración salvífica de Cristo y asociadas, a su sacrificio redentor, si quieren ser plenamente eficientes.

El Concilio Vaticano II nos asegura que la Eucaristía es como "la fuente y culminación de toda la evangelización" (Presbyterorum ordinis, 5). La identidad auténtica de la Iglesia en su misión evangelizadora se lleva a efecto por la Eucaristía, que se transforma en meta de nuestra acción. Todos los afanes de nuestro ministerio están incompletos hasta que las gentes que estamos llamados a servir sean llevadas a participar plena y activamente en la Eucaristía. Todas las empresas que acometemos en nombre de Dios y como ministros del Evangelio deben encontrar cumplimiento en la Eucaristía.

En la canonización de Juan Neumann hace un año, nos referimos a la importancia que él atribuía a la Eucaristía en cuanto obispo de la Iglesia católica, concretamente en el contexto de la evangelización. Y citábamos como ejemplo la devoción de las Cuarenta Horas. Venerables hermanos: No vacilamos en proponeros a vosotros y a vuestros fieles la excelente práctica de la adoración eucarística. Al mismo tiempo rogamos a vosotros y a vuestros sacerdotes que hagáis cuanto esté en vuestra mano para que la reverencia debida a la Eucaristía sea comprendida por todos vuestros fieles, a fin de que las celebraciones eucarísticas se caractericen por la dignidad y para que todos los hijos de Dios se acerquen al Padre a través de Jesucristo con espíritu de profunda reverencia filial. A este respecto os recordamos las palabras que dijimos el año pasado a un grupo de obispos que vinieron en visita ad Limina: "La liturgia católica debe seguir siendo teocéntrica" (AAS 69, 1977, pág. 474).

A la vez que agradecemos al Señor el que esté concediendo al pueblo de su Iglesia mayor conciencia de su papel en la liturgia, nos parece conveniente, a fin de ayudaros a elaborar las orientaciones que dais a vuestras diócesis, repetir lo que decíamos en la Carta del bicentenario a los obispos americanos: "Recordamos con agrado que la Santa Sede ha autorizado, en determinadas circunstancias, la distribución de la Sagrada Comunión por medio de ministros extraordinarios designados para esta alta función. Pero queremos subrayar que dicho ministerio sigue siendo un ministerio extraordinario, que se ha de ejercer de acuerdo con las normas precisas de la Santa Sede. En consecuencia, la función de ministro extraordinario es diferente, por su naturaleza, de todas las otras funciones de participación eucarística, que son expresión ordinaria de la participación de los laicos" (L'Osservatore Romano. Edición en Lengua Española, 4 de julio de 1976, pág. 9). Distribuir la Eucaristía al Pueblo de Dios sigue siendo en general una función pastoral de gran honor. La Instrucción Immensae caritatis contempla la posibilidad de ministros extraordinarios cuando hay verdadera escasez de ministros, y en tales condiciones suplen una tarea providencial.

El Concilio Vaticano nos asegura, además, que la Eucaristía es raíz y centro de la unidad de la Iglesia (cf. Presbyterorum ordinis, 6). Ninguna comunidad cristiana puede crecer sin la Eucaristía. El creyente debe experimentar en la Eucaristía la comunión de Pueblo de Dios unido en Cristo, en su verdad y en su amor. Este tema lo trataron los obispos americanos en el mensaje pastoral "Enseñar como enseñó Jesús", donde hacen resaltar que el espíritu de comunión "se alimenta sobre todo en la Eucaristía, que es a un tiempo signo de comunión y causa de que ésta crezca" (núm. 24).

Desde este punto de vista es fácil, por tanto, ver cómo la Eucaristía es vínculo de caridad y fuente de amor mutuo para toda la Iglesia. La Tradición de la Iglesia, en todas las etapas, nos habla de esta verdad maravillosa. En nuestra Encíclica Mysterium fidei volvimos a afirmar que el culto eucarístico lleva al amor mutuo "por el cual anteponemos al bien privado el bien común; hacemos nuestra la causa de la comunidad, de la parroquia, de la Iglesia universal, y extendemos la caridad a todo el mundo, porque sabemos que doquier existen miembros de Cristo" (núm. 69).

Queridos hermanos en Cristo: Con convicción plena y absoluta pensamos que estas verdades servirán de guía y darán fuerza a vuestro ministerio apostólico con la esperanza gozosa de la venida de Nuestro Señor Jesucristo. La Eucaristía es nuestra fuente de esperanza porque es nuestra prenda de vida. El mismo Jesús lo dijo: "Yo soy el pan de vida... si alguno come de este pan vivirá para siempre" (Jn 6, 48-51). En medio de los problemas del mundo moderno permanezcamos constantes en esta esperanza. Nuestro optimismo se basa, no en la negación falta de realismo de las dificultades y contradicciones enormes y manifiestas que acosan el reino de Dios, sino en la seguridad de que el misterio pascual del Señor Jesús en la Eucaristía actúa hasta el fin de los siglos y triunfa del pecado y de la muerte.

Venerados hermanos: Os agradecemos vuestra entrega generosa al Evangelio y todos vuestros trabajos por éste; os pedimos que sigáis adelante en el poder de Cristo, Pastor Supremo de la Iglesia. Os exhortamos a tener fortaleza al proclamar el misterio de la vida en Cristo, y cuando guiáis a vuestras gentes a la fuente de la vida, a la Eucaristía. Os rogamos asimismo que también vosotros fomentéis la vocación eucarística de vuestros fieles. Pedimos especialmente que todos nuestros hijos en el sacerdocio sean sostenidos y alentados en su inapreciable tarea de hacer crecer al Pueblo de Dios a través de la Eucaristía. Oramos para que en todos los sectores de la Iglesia comience una era nueva de piedad eucarística que engendre confianza y amor fraterno, y dé frutos de justicia y santidad de vida.

Con estos sentimientos. hermanos. pedimos para todos vosotros la sabiduría y fortaleza de Pedro y Pablo, y la de los otros Apóstoles; y encomendamos vuestro ministerio a la Inmaculada Virgen María, Madre de la Iglesia y Patrona de vuestro querido país.

Os bendecimos en el nombre de Jesús, y por medio de vosotros enviamos una bendición apostólica a "todos los que están conmigo, a todos los que nos aman en la fe" (Tit 3, 16).

 

 



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