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DISCURSO DE SU SANTIDAD PABLO VI
A LOS MIEMBROS DE LA MESA DE PRESIDENCIA
DEL GRAN CONSEJO CANTONAL DE ZURICH (SUIZA)


Sábado 11 de marzo de 1978

 

Muy queridos señores y señoras:

Les devolvemos gozosa y sinceramente las gracias que el señor Presidente acaba de darnos por este encuentro. Les damos nuestra más cordial bienvenida y les saludamos en su calidad de representantes del pueblo del cantón de Zurich, tan vivamente apreciado por nosotros.

Al realizar esta visita al Vaticano, con motivo del viaje de estudios que están haciendo por Italia, subrayan ustedes el sentido que dan y la estima que tienen de la presencia de la Iglesia en el mundo de hoy y también en su país. Así dan también visible expresión a la convicción de sus ciudadanos quienes, por medio de un plebiscito, realizado en su cantón con clara mayoría, se manifestaron hace poco en contra de la separación entre la Iglesia y el Estado.

Saludamos con especial satisfacción las relaciones de colaboración cordial y práctica entre la Iglesia y el Estado, colaboración que en vuestro país viene resultando muy fructuosa desde hace muchos años. Tal es la consecuencia satisfactoria de un desarrollo feliz, no sólo en el campo de la política, sino también en el de las relaciones ecuménicas. "En realidad, los sagrados Pastores —así lo afirma reiteradamente el Concilio Vaticano II— al tiempo que se dedican al cuidado espiritual de su grey, atienden también al bien y a la prosperidad civil" (Christus Dominus, 19).

En virtud de su misión divina, la Iglesia está llamada a ser principio de vida y al mismo tiempo conciencia de la sociedad humana. Su palabra normativa e increpante, así como también su tarea pastoral y social al servicio de los hombres, es de especial importancia, sobre todo en un tiempo en que la demoledora destrucción de los valores morales amenaza con socavar los cimientos del Estado y de la sociedad. Esto explica los frecuentes documentos del Magisterio de la Iglesia, aparecidos en los últimos tiempos, en defensa de la inviolable dignidad de la vida humana, de los valores fundamentales de la familia y de la moralidad pública.

Esto supuesto, les rogamos, muy queridos señores y señoras que, dada su influyente posición, sean muy conscientes de la grave responsabilidad que tienen como políticos y como cristianos. Déjense guiar en su acción política por las verdades esenciales del cristianismo y por la preocupación de hacer valer los valores fundamentales, con el fin de promover no sólo lo que es esencialmente bueno y lo que pertenece de suyo a la tierra, sino el verdadero bien del hombre, en todas sus dimensiones; y también con el fin de garantizar al pueblo una auténtica prosperidad social.

Para que esta difícil, pero meritoria tarea, tenga éxito, imploramos la ayuda de Dios y pedimos que su bendición descienda sobre ustedes, sobre sus familias y sobre el cantón de Zurich, al mismo tiempo que les manifestamos nuestros mejores deseos de llegar a encontrarnos un día en la Ciudad Eterna.

 

 



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