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DISCURSO  DEL SANTO PADRE PÍO XII
AL COLEGIO CARDENALICIO CON MOTIVO
DE LA FIESTA DE SAN EUGENIO

2 de junio de 1945

 

1. Al recibir, venerables hermanos, con viva gratitud las felicitaciones que en nombre de todos vosotros nos ha presentado el venerable y amadísimo decano del Sacro Colegio, nuestro pensamiento nos lleva a seis años atrás, cuando, en esta misma ocasión, por primera vez, después de la elevación de nuestra indigna persona a la Cátedra de Pedro, nos felicitabais en nuestro santo.

2. El mundo entonces estaba todavía en paz, pero ¡qué paz y cuán precaria! Con el corazón llenó de angustia, en la perplejidad y en la oración, nos inclinábamos sobre esta paz como quien se inclina junto a la cabecera de un agonizante y se obstina con ardiente amor para arrancarlo, aunque contra toda esperanza, de las fauces de la muerte.

3. En las palabras que entonces os dirigimos se traslucía nuestro doloroso presentimiento del estallido de un conflicto que parecía hacerse cada vez más amenazador y cuya extensión y duración nadie habría podido prever.

4. El desarrollo sucesivo de los acontecimientos no sólo ha demostrado, incluso con exceso, la verdad de nuestras previsiones más tristes, sino que incluso las ha superado con mucho.

5. Hoy, después de casi seis años, las luchas fratricidas han cesado en una parte al menos de este mundo devastado por la guerra. Es una paz —si así puede llamarse— bien frágil todavía, y que no podrá persistir y consolidarse sino al precio de asiduos cuidados; una paz cuya tutela impone a toda la Iglesia, al Pastor y a la grey, graves y delicadísimos deberes: ¡paciente prudencia, fidelidad animosa, espíritu de sacrificio! Todos están llamados a consagrarse a ella, cada uno en su oficio y en su propio puesto. Ninguno podrá jamás dedicar a ello ni demasiada premura ni demasiado celo.

6. Por lo que toca a Nos y a nuestro ministerio apostólico, sabemos muy bien, venerables hermanos, que podemos confiar con seguridad en vuestra sabia colaboración, en vuestras incesantes plegarias y en vuestra inalterable devoción.

I.
La Iglesia y el nacionalsocialismo

7. En Europa la guerra ha terminado; pero ¡qué estigmas ha dejado impresos! Dijo el divino Maestro: «Todos los que injustamente echen mano a la espada, a espada morirán» (cf. Mt 26,52). Y ahora ¿qué es lo que veis?

8. Veis lo que deja detrás de sí una concepción y una actividad del Estado que no tiene en cuenta para nada los sentimientos más sagrados de la humanidad que pisotea los principios inviolables de la fe cristiana. El mundo entero contempla hoy estupefacto la ruina que de aquéllas se ha seguido.

9. Esta ruina Nos la habíamos visto venir de lejos, y muy pocos, creemos, han seguido con mayor tensión de espíritu la evolución y el desenlace rápido de la inevitable caída. Durante más de doce años, entre los mejores de nuestra edad madura, habíamos vivido, por deber del oficio que se nos había encomendado, en medio del pueblo alemán. En aquella época, con la libertad que las condiciones políticas y sociales de entonces permitían, Nos nos dedicamos a consolidar la situación de la Iglesia católica en Alemania. Nos tuvimos así ocasión de conocer las grandes cualidades de aquel pueblo y estuvimos en relaciones personales con sus mejores representantes. Por esto abrigamos la esperanza de que este pueblo pueda alzarse otra vez a una nueva dignidad y a una nueva vida, después de haber alejado de sí el espectro satánico mostrado por el nacionalsocialismo y una vez que los culpables (como ya hemos tenido ocasión de exponer otras veces) hayan expiado los delitos por ellos cometidos.

10. Mientras no se había perdido todavía el último rayo de esperanza de que aquel movimiento pudiese tomar una dirección diversa y menos perniciosa, ya por el arrepentimiento de sus miembros más moderados, ya por una eficaz oposición de la parte que no consentía del pueblo alemán, la Iglesia hizo cuanto estaba a su alcance para oponer un potente dique a la inundación de aquellas doctrinas, no menos deletéreas que violentas.

11. En la primavera de 1933, el Gobierno alemán solicitó de la Santa Sede la conclusión de un Concordato con el Reich; idea que tuvo el consentimiento también del episcopado y de la mayor parte, al menos de los católicos alemanes. De hecho, ni los Concordatos ya firmados con algunos Estados particulares de Alemania (Länder) ni la Constitución de Weimar parecían asegurarles y garantizarles suficientemente el respeto de sus convicciones, de su fe, de sus derechos y de su libertad de acción. En estas condiciones, estas garantías no podían obtenerse sino mediante un acuerdo, en la forma solemne de un Concordato, con el Gobierno central del Reich. Añádase que habiendo hecho el mismo Gobierno la propuesta, hubiera recaído, en caso de una negativa, sobre la Santa Sede la responsabilidad de cualquier dolorosa consecuencia.

12. Y no es que la Iglesia, por su parte, se dejase ilusionar por excesivas esperanzas ni que con la conclusión del Concordato pretendiese en modo alguno aprobar la doctrina y las tendencias del nacionalsocialismo, como fue entonces expresamente declarado y explicado (cf. L'Osservatore Romano, n.174, del 2 de julio de 1933). Sin embargo, hay que reconocer que el Concordato en los años siguientes proporcionó algunas ventajas o, al menos, impidió mayores males. Efectivamente, a pesar de todas las violaciones de que fue objeto facilitaba a los católicos una base jurídica de defensa, un campo donde atrincherarse para continuar enfrentándose, mientras les fuera posible, con el oleaje siempre creciente de la persecución religiosa.

13. De hecho, la lucha contra la Iglesia se iba exasperando cada vez más: era la destrucción de las organizaciones católicas; era la supresión progresiva de las tan florecientes escuelas católicas públicas y privadas; era la separación forzosa de la juventud de la familia y de la Iglesia; era la opresión ejercida sobre la conciencia de los ciudadanos, particularmente de los funcionarios del Estado; era la denigración sistemática, mediante una propaganda arteramente y rigurosamente organizada, de la Iglesia, del clero, de los fieles, de sus instituciones, de su doctrina, de su historia; era la clausura, la disolución, la confiscación de casas religiosas y de otros institutos eclesiásticos; era el aniquilamiento de la prensa y de la actividad editorial católicas.

14. Para resistir a estos ataques, millones de valerosos católicos, hombres y mujeres, se agrupaban alrededor de sus obispos, cuya voz valiente y severa no dejó jamás de resonar hasta en estos últimos años de guerra; alrededor de sus sacerdotes, para ayudarlos a adaptar incesantemente su apostolado a las cambiadas necesidades y circunstancias; y hasta el fin, con firmeza y paciencia, estos católicos opusieron al frente de la impiedad y del orgullo el frente de la fe, de la oración, de la conducta y de la educación francamente católica.

15. Mientras tanto, la misma Santa Sede, sin titubeos, multiplicaba ante los gobernantes de Alemania sus avisos y sus protestas, exigiéndoles con energía y claridad el respeto y la observancia de los deberes derivados del mismo derecho natural y confirmados en el pacto concordatario. En aquellos críticos años, asociando a la atenta vigilancia del Pastor la paciente longanimidad del Padre, nuestro gran predecesor Pío XI cumplió con intrépida fortaleza su misión de Pontífice supremo.

16. Pero cuando, intentados en vano todos los caminos de la persuasión, se vio con toda evidencia frente a las deliberadas violaciones de un pacto solemne y frente a una persecución religiosa disimulada o manifiesta, pero siempre realizada con dureza, el domingo de Pasión de 1937, en su encíclica Mit brennender Sorge, reveló a la vista del mundo lo que el nacionalsocialismo era en realidad: la apostasía orgullosa de Jesucristo, la negación de su doctrina y de su obra redentora, el culto de la fuerza, la idolatría de la raza y de la sangre, la opresión de la libertad y de la dignidad humana.

17. Como toque de trompeta que da la alarma, el documento pontificio, vigoroso —demasiado vigoroso, pensaba ya entonces más de uno—, hizo estremecer a los espíritus y a los corazones.

18. Muchos —incluso fuera de las fronteras de Alemania—, que hasta entonces habían cerrado los ojos ante la incompatibilidad de la concepción nacionalsocialista con la doctrina cristiana, tuvieron que reconocer y confesar su error.

19. Muchos, ¡pero no todos! Otros, en las mismas filas de los fieles, estaban demasiado cegados por sus prejuicios y seducidos por la esperanza de ventajas políticas. La evidencia de los hechos señalados por nuestro predecesor no logró convencerles, y menos todavía inducirles a modificar su conducta. ¿Es acaso una mera coincidencia el que algunas regiones, más duramente castigadas luego por el sistema nacionalsocialista, hayan sido precisamente aquellas en donde la encíclica Mit brennender Sorge había sido poco o nada escuchada?

20. ¿Habría sido tal vez posible entonces, con oportunas y tempestivas providencias políticas, frenar de una vez para siempre el desencadenamiento de la violencia brutal y colocar al pueblo alemán en condiciones de liberarse de los tentáculos que lo estrechaban? ¿Habría sido posible ahorrar de este modo a Europa y al mundo la invasión de esta inmensa marea de sangre? Nadie osaría dar una respuesta segura. Pero, de todos modos, nadie podría acusar a la Iglesia de no haber denunciado y señalado a tiempo el verdadero carácter del movimiento nacionalsocialista y el peligro al cual éste exponía la civilización cristiana.

21. «Quien eleva la raza, o el pueblo, o el Estado, o una determinada forma de Estado, los representantes del poder estatal u otros elementos fundamentales de la sociedad humana... a suprema norma de todo, aun de los valores religiosos, y los diviniza con culto idolátrico, pervierte y falsea el orden de las cosas creado y querido por Dios» (Mit brennender Sorge, AAS 29 [1937] 149 y 151).

22. En esta proposición de la encíclica se compendia la radical oposición entre el Estado nacionalsocialista y la Iglesia católica. Llegadas las cosas a este punto, la Iglesia no podía ya, sin faltar a su misión, renunciar a tomar posición ante todo el mundo. Con este acto, sin embargo, se convertía una vez más en «blanco de contradicciones» (Lc 2,34. ), ante el cual los espíritus en lucha venían a dividirse en dos bandos opuestos.

23. Los católicos alemanes estuvieron, puede decirse, de acuerdo en reconocer que la encíclica Mit brennender Sorge había aportado luz, dirección, consuelo y apoyo a todos los que consideraban seria-mente y practicaban coherentemente la religión de Cristo. No podía, sin embargo, faltar la reacción de parte de aquellos que habían sido condenados, y, de hecho, el año 1937 fue para la Iglesia católica en Alemania un año de indecibles amarguras y de terribles tempestades.

24. Los grandes acontecimientos políticos que caracterizaron los dos años siguientes, y después la guerra, no atenuaron en modo alguno la hostilidad del nacionalsocialismo contra la Iglesia, hostilidad que se manifestó hasta estos últimos meses, cuando sus secuaces se lisonjeaban aún de poder acabar para siempre con la Iglesia tan pronto como lograran la victoria militar. Autorizados e indiscutibles testimonios nos tenían informados de estos proyectos, que, por lo demás, se revelaban por sí mismos con las reiteradas y cada vez más adversas acciones contra la Iglesia católica en Austria, en Alsacia-Lorena y, sobre todo, en aquellas regiones de Polonia que ya durante la guerra habían sido incorporadas al antiguo Reich; todo fue allí perseguido, todo aniquilado, es decir, todo aquello a que podía llegar la violencia exterior.

25. Continuando la obra de nuestro predecesor, Nos mismo durante la guerra no hemos cesado, especialmente en nuestros mensajes, de contraponer a las destructoras e inexorables aplicaciones de la doctrina nacionalsocialista, que llegaban hasta a valerse de los más refinados métodos científicos para torturar y suprimir personas con frecuencia inocentes, las exigencias y las normas indefectibles de la humanidad y de la fe cristiana. Era éste para Nos el más oportuno y podríamos incluso decir el único camino eficaz para proclamar en presencia del mundo los inmutables principios de la ley moral y para confirmar, en medio de tantos horrores y tantas violencias, las mentes y los corazones de los católicos alemanes en los ideales superiores de la verdad y de la justicia. Y tales solicitudes no quedaron sin fruto. Sabemos en efecto, que nuestros mensajes, principalmente el de Navidad de 1942, a pesar de toda clase de prohibiciones y de obstáculos, fueron objeto de estudio en las conferencias diocesanas del clero en Alemania y luego expuestos y explicados al pueblo católico.

26. Pero si los gobernantes de Alemania habían resuelto destruir la Iglesia católica aun en el antiguo Reich, la Providencia había dispuesto las cosas de otro modo. ¡Las tribulaciones causadas a la Iglesia por el nacionalsocialismo han terminado con el repentino y trágico fin del perseguidor!

27. De las prisiones, de los campos de concentración, de los penales, salen ahora, junto a los detenidos políticos, también las falanges de aquellos sacerdotes y seglares cuyo único crimen había sido la fidelidad a Cristo y a la fe de sus padres y la valerosa observancia de los deberes sacerdotales. Nos hemos orado ardientemente por todos ellos y Nos nos hemos esforzado con todos los medios, siempre que ha sido posible, para hacerles llegar nuestra paternal palabra de aliento y las bendiciones de nuestro corazón paterno.

28. En realidad, cuanto más se levanta el velo que ocultaba hasta ahora los sufrimientos de la Iglesia bajo el régimen nacionalsocialista, tanto más se evidencia la firmeza, frecuentemente inconmovible hasta la muerte de innumerables católicos y la gloriosa parte que en tan noble lid ha tenido el clero. Aunque no poseemos todavía datos estadísticos completos, Nos no podemos, sin embargo, abstenernos de mencionar aquí, como ejemplo, algunas, al menos, de las abundantes noticias que nos han llegado de  sacerdotes y de seglares que, internados en el campo de concentración de Dachau, fueron hallados dignos de sufrir ultrajes por el nombre de Jesús (Cf. Hch 5,41).

29. En primera línea, por el número y por la dureza del trato sufrido, se hallaban los sacerdotes polacos. De 1940 a 1945 fueron recluidos en el mismo campo 2.800 eclesiásticos y religiosos de aquella nación, entre los cuales el obispo auxiliar de Wladislavia, que murió allí de tifus. En abril pasado quedaban solamente allí 816. Los demás habían muerto, a excepción de dos o tres, trasladados a otro campo. En el verano de 1942 se dio el número de 480 ministros del culto, de lengua alemana, recluidos allí; de los cuales, 45 protestantes, y todos los demás sacerdotes católicos. No obstante el continuo afluir de nuevos internados, especialmente de algunas diócesis de Baviera, de Renania y de Westfalia, su número, a causa de la gran mortandad, a principios de este año, no pasaba de 350. Y no se deben pasar en silencio los pertenecientes a los territorios ocupados: Holanda, Bélgica, Francia (entre ellos el obispo de Clermont), Luxemburgo, Eslovenia, Italia. Indecibles padecimientos han soportado muchos de aquellos sacerdotes y de aquellos seglares por causa de la fe y de su vocación. En cierta ocasión, el odio de los impíos contra Cristo llegó al punto de parodiar en un sacerdote internado con alambre espinoso, la flagelación y la coronación de espinas del Redentor.

30. Las víctimas generosas que durante doce años, desde 1933, en Alemania han hecho a Cristo y a su Iglesia el sacrificio de sus propios bienes, de la propia libertad y de la propia vida, alzan a Dios sus manos en oblación expiatoria. Dígnese el justo Juez aceptarla en reparación de tantos delitos cometidos contra la humanidad, no menos que con daño del presente y del porvenir del propio pueblo, especialmente de la desgraciada juventud, y desarmar, finalmente, el brazo de su Ángel exterminador.

31. Con una insistencia siempre creciente, el nacionalsocialismo ha querido denunciar a la Iglesia como enemiga del pueblo alemán. La injusticia manifiesta de la acusación habría herido en lo más vivo los sentimientos de los católicos alemanes y nuestros mismos sentimientos si hubiera salido de otros labios; pero en los labios de tales acusadores, lejos de ser un agravio, es el testimonio más brillante y más honroso de la oposición firme y constante mantenida por la Iglesia contra las doctrinas y métodos tan deletéreos, por el bien de la verdadera civilización y del mismo pueblo alemán, al que deseamos que, liberado de los errores que lo han precipitado en el abismo, pueda encontrar su salvación en los manantiales puros de la verdadera paz y de la verdadera felicidad, en los manantiales de la verdad, de la humildad, de la caridad, que junto con la Iglesia brotaron del corazón de Cristo.

II.
Mirada hacia el porvenir

32. ¡Dura lección la de los últimos años! ¡Ojalá que al menos sea comprendida y resulte provechosa a las otras naciones. Erudimini, qui gubernatis terram! (Sal 2, 10). Este es el anhelo más ardiente de todo el que ame sinceramente a la humanidad. Víctima de un despiadado agotamiento, de un cínico desprecio de la vida y de los derechos del hombre, la humanidad no tiene más que un deseo, no aspira más que a una sola cosa: vivir tranquila y pacíficamente en la dignidad y en el honrado trabajo.

33. Y por esto ansía que se acabe de una vez con ese descaro con el que la familia y el hogar doméstico en los años de la guerra han sido maltratados y profanados; descaro que clama al cielo y se ha convertido en uno de los más graves peligros no solamente para la religión y la moral, sino también para la ordenada convivencia humana; culpa que ha creado sobre todo esas multitudes de desconcertados, de desilusionados, de desesperados, que van a engrosar las masas de la revolución y del desorden, asalariados por una tiranía no menos despótica que aquella que se ha querido abatir.

34. Las naciones, principalmente las medianas y pequeñas, reclaman que se les deje tomar las riendas de su propia destino. Se les puede inducir a que, con plena aquiescencia, en interés del progreso común, contraigan vínculos que modifiquen sus derechos soberanos. Pero después de haber contribuido con su parte, con su larga parte, de sacrificios para destruir el sistema de la violencia brutal, tienen derecho a no aceptar que se les imponga un nuevo sistema político o cultural que la gran mayoría de sus poblaciones resueltamente rechaza.

35. Piensan, y con razón, que la obligación principal de los organizadores de la paz es la de acabar con el juego criminal de la guerra y la de tutelar los derechos vitales y los deberes recíprocos entre grandes y pequeños, poderosos y débiles.

36. En el fondo de su conciencia, los pueblos comprenden que sus gobernantes quedarían desacreditados si al loco delirio de una hegemonía de la fuerza no sucediese la victoria del derecho. El pensamiento de una nueva organización de la paz ha surgido —nadie podría ponerlo en duda— de la más recta y leal voluntad. Toda la humanidad sigue con ansia el desarrollo de tan noble empresa. ¡Qué amarga desilusión sería si llegase a faltar, si resultasen vanos tantos años de sufrimientos y de renuncias, dejando triunfar nuevamente aquel espíritu de opresión, del que el mundo espera, finalmente, verse libre para siempre! ¡Pobre mundo, al que se podía entonces aplicar la palabra de Jesús : que su nueva condición ha venido a ser peor que la antigua, de la que con tanta dificultad había salido! (cf. Lc 11, 24-26).

37. Las condiciones políticas y sociales nos ponen en los labios estas palabras de aviso. Desgraciadamente hemos tenido que deplorar en más de una región muertes de sacerdotes, deportaciones de personas civiles, matanzas de ciudadanos sin proceso o por venganza privada; ni son menos tristes las noticias que nos han llegado de Eslovenia y de Croacia.

38. Pero no queremos perder el ánimo. Los discursos que durante estas últimas semanas han pronunciado hombres competentes y responsables dejan entender que tienen puesta la mirada en el triunfo del derecho, no sólo como fin político, sino también, y más todavía como deber moral.

39. Por esto, Nos de todo corazón dirigimos a nuestros hijos y a nuestras hijas del universo entero una calurosa invitación a la plegaria : que ésta llegue a los oídos de cuantos reconocen en Dios el Padre amantísimo de todos los hombres creados a su imagen y semejanza, de cuantos saben que en el pecho de Cristo late un corazón divino rico en misericordia, fuente profunda e inagotable de todo bien y de todo amor, de toda paz y de toda reconciliación.

40. Como no hace mucho avisábamos, el camino desde la tregua de las armas a la paz verdadera y sincera será difícil y largo, demasiado largo para las ansiosas aspiraciones de una humanidad hambrienta de orden y de calma. Pero es inevitable que sea así. Y tal vez es incluso mejor. Hay que dejar que se apacigüe primero la tempestad de las pasiones sobreexcitadas : «motos praestat componere fluctus» (Virgilio, Eneida 1, 135). Es necesario que el odio, la desconfianza, los incentivos de un nacionalismo extremo, cedan el puesto a la concepción de prudentes consejos, al germinar de planes pacíficos, a la serenidad del cambio de impresiones y a la mutua comprensión fraterna.

41. Dígnese el Espíritu Santo, luz de las inteligencias, dulce Señor de los corazones, oír las plegarias de su Iglesia y guiar en su difícil tarea a quienes, conforme a su elevada misión, se esfuerzan sinceramente, a pesar de los obstáculos y de las contradicciones, por llegar al fin tan universalmente, tan ardientemente deseado: la paz, la verdadera paz digna de este nombre. Una paz fundada y confirmada sobre la sinceridad y la lealtad, sobre la justicia y la realidad; una paz de leal y resuelto esfuerzo por vencer o prevenir aquellas condiciones económicas y sociales que, como en el pasado, podrían fácilmente también en el futuro llevar a nuevos conflictos armados; una paz que pueda ser aprobada por todas las almas rectas de cualquier pueblo y de cualquier nación; una paz que las generaciones futuras puedan considerar con gratitud como el fruto feliz de un tiempo desgraciado; una paz que señale en los siglos un cambio definitivo de dirección en la afirmación de la dignidad humana y del orden en la libertad; una paz que sea como la magna carta que ha clausurado la era obscura de la violencia; una paz que, bajo la guía misericordiosa de Dios, nos haga pasar a través de la prosperidad temporal de manera que no perdamos la felicidad eterna (Cf. Oración del domingo tercero después de Pentecostés).

42. Pero, antes de conseguir esta paz, es también verdad que millones de hombres, en el hogar doméstico o en la guerra, en las prisiones o en el destierro, deben gustar aún la amargura del cáliz. ¡Cuánto anhelamos Nos ver el fin de sus sufrimientos y de sus angustias, la realización de sus deseos! También por ellos, por toda la humanidad, que con ellos y en ellos sufre, se alce al Omnipotente nuestra humilde y ardiente oración.

43. Mientras tanto, nos produce un inmenso consuelo, venerables hermanos, el pensamiento de que vosotros tomáis parte en nuestras preocupaciones, en nuestras oraciones, en nuestras esperanzas, y que, en todo el mundo, obispos, sacerdotes y fieles unen sus súplicas a las nuestras en la gran voz de la Iglesia universal. En testimonio de nuestro profundo agradecimiento y como prenda de las infinitas misericordias y de los favores divinos, a vosotros, a ellos y a cuantos están unidos a Nos en el deseo y en la busca de la paz, impartimos

 



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