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RADIOMENSAJE DE SU SANTIDAD PÍO XII
AL CONGRESO NACIONAL CRISTO REY DE COLOMBIA
CONVOCADO PARA CELEBRAR
EL I CENTENARIO DEL APOSTOLADO DE LA ORACIÓN
*


Domingo 30 de septiembre de 1945

 

Entre los ritos majestuosos de esta conmemoración y mientras suben al cielo vuestras plegarias e himnos, hemos querido también Nos tomar parte, hijos amadísimos de la República de Colombia, en vuestro Congreso Nacional de Cristo Rey, para celebrar de nuevo, con vosotros, el primer centenario de aquella institución providencial, tantas veces por Nos y Nuestros Predecesores alabada y recomendada, que se llama el Apostolado de la Oración.

Y en verdad que en este año jubilar, al universal concierto de voces no hubiera podido dejar de unirse la vuestra, sin que se notara la ausencia. ¿No es acaso vuestro Apostolado uno de los más antiguos y florecientes?; ¿no fue vuestro «Mensajero» el tercero en ver la luz entre los de todo el mundo?; ¿no es Colombia la segunda nación que solamente después del privilegiado Ecuador, se consagró al Corazón Divino?

Brillaban entonces los primeros albores del siglo y, para testimonio perenne de tan ferviente homenaje, quisisteis alzar un magnífico templo, en cuyo frontispicio se lee : «Templum Sacratissimo Cordi Iesu, ob pacem impetratam, impetrandam, ex voto populi Columbiani dedicatum». Habíais obtenido de aquel Corazón —que es «pax et reconciliatio nostra»— el don precioso de la paz; se la volvíais a pedir, escrutando con inquietud las nieblas del futuro. Y El os oyó; porque desde aquel día ha corrido ya medio siglo y —caso raro en lustros tan agitados— hasta el día de hoy no ha corrido más sangre colombiana en los campos de batalla.

Corred ahora de nuevo, hijos amadísimos, ante el solio de Aquel que siempre escucha las oraciones de sus hijos, que en la plegaria de los apacibles y de los humildes se complace siempre —humilium et mansuetorum semper tibi placuit deprecatio» (Iud 9, 16; 1 corred ante su trono, porque el mundo sigue teniendo necesidad de paz; y si vosotros, como cumple a socios del Apostolado, deseáis que en la tierra impere Jesucristo; si pedís todos los días su definitivo triunfo en la sociedad, para la. salvación de todas las almas; si os abrasa el celo de su reinado —ut regnet!— hoy, en este momento solemne, debéis pedir al Corazón dulcísimo de Jesús, que acabe de fraguar definitivamente el edificio de la paz, la paz interior de las naciones y la paz exterior entre los pueblos, aquella paz que nunca será ni verdadera ni definitiva, mientras que su doctrina no sea universalmente profesada y su ley por todos acatada. Pues, como tantas veces hemos repetido, solamente reconociendo la soberanía social de Jesucristo, únicamente dentro del ámbito de sus mandamientos podrá gozarse aquella verdadera libertad, podrán hallarse aquella ansiada justicia social, aquella indispensable moderación y armonía de aspiraciones y concordia de sentimientos, sin los que ninguna paz podrá jamás existir. La paz, la caridad, el gozo son frutos exclusivos del Espíritu de Dios (cf. Gal 5, 22).

Pero Nuestro sentimiento paternal y la privilegiada parte que en él reservamos para la amadísima Colombia. Nos impulsa a unirnos en este momento a vosotros, no solamente con Nuestras exhortaciones, sino también, y mucho más, con Nuestras ardientes plegarias.

El Sagrado Corazón de Jesús es depósito purísimo e inagotable de verdad —«Cor Iesu in quo sunt omnes thesauri sapientiae et scientiae»—; por eso le pedimos que conserve integro e inalterable el sagrado depósito de vuestra fe, sin permitir que le contaminen aquellas propagandas, tan audaces como arteras, que querrían convertir ahora en país de misión a un pueblo que cuenta, en su gloriosa historia, con cuatro siglos de intachable cristianismo. «Juramos —dijeron un día los próceres padres de vuestra Patria, y vosotros no podéis echarlo al olvido— juramos ... derramar hasta la última gota de nuestra sangre por defender nuestra sagrada religión católica, apostólica, romana».

El Sagrado Corazón de Jesús es manantial de justicia y de amor — «Cor Iesu, iustitiae et amoris receptaculum»—; y por eso le suplicamos que cierre vuestros oídos, que cierre principalmente los oídos de vuestras clases más necesitadas, a aquellas doctrinas que vienen predicando rebelión, odio y destrucción, y que abra en cambio los ojos a quienes, de entre vosotros, han de procurar la realización de una verdadera fraternidad social cristiana, que ofrezca a todos un razonable bienestar; porque no hay ninguna justa aspiración, que no tenga cabida en la doctrina social católica,

El Sagrado Corazón de Jesús es imán de las almas y centro de todos los corazones —«Cor Iesu rex et centruin omnium cordium»—; y por eso le pedimos que, depuestas todas las diferencias, fija únicamente la mirada en la mayor gloria de Dios, la exaltación de la Santa Madre Iglesia y el verdadero bien de la patria, los católicos colombianos sepan vivir como hermanos y como hermanos actuar en todos los campos a donde se extienda su actividad.

¡Oh Corazón amabilísimo de Jesús, manantial de verdad, fuente de amor, imán de las almas; reina definitivamente en este pueblo que aquí ves humillado a tus pies! ¡Que aquella caridad y aquel celo, que el Apostolado les enseña y que entre ellos encarnaron un S. Pedro Claver y un S. Luis Beltrán, crezcan constantemente en sus corazones! Y que la intercesión amorosa de Nuestra Señora del Rosario, la dulce Madre de Chiquinquirá, llaga llover del cielo el rocío divino de las gracias celestiales, para enriquecer cada vez más con frutos de vida eterna esta tierra siempre pródiga y generosa!

Con estos deseos y estos afectos, hijos amadísimos, de todo corazón os bendecimos.


* AAS 37 (1945) 262-264

 



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