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ALOCUCIÓN DE SU SANTIDAD PÍO XII
A LOS PEREGRINOS REUNIDOS EN ROMA CON MOTIVO
DE LA CANONIZACIÓN DEL BEATO ANTONIO MARÍA CLARET
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Lunes 8 de mayo de 19
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Desde casi todas las regiones de España habéis venido, amados hijos, para asistir al solemne triunfo de aquel cuyo nombre está queriendo brotar en estos momentos de los labios de todos: de San Antonio María Claret. Y Nos, al acogeros con la mayor cordialidad y el más paternal afecto, deseamos daros la bienvenida y expresaros la satisfacción con que hemos otorgado los máximos honores de los altares a tan eminente figura, honra de su Patria y de la Iglesia.

No es de aquellos a quienes la gloria va a descubrir, por haber vivido ignorados o escondidos. Antonio María Claret, hijo de padres cristianísimos, pero modestos, en su infancia y en su juventud trabó conocimiento con el telar y el taller; pero muy pronto, los muchos dones que el Creador había depositado en su alma privilegiada, y la generosidad con que él correspondió a la voz divina, le elevaron sobre el nivel común.

Eran tiempos difíciles y confusos; por eso su primer ministerio en su patria chica —Sallent— no fue tan sencillo; y más aún si se considera que también en su alma ardiente fraguaba algo que él mismo no acababa de ver con claridad; de aquí su primer viaje a Roma, su tentativa misional y su regreso iluminado con un ideal, que pronto se concretaría en su obra principal, sus Misioneros Hijos del Inmaculado Corazón de María, que habían de ser los herederos de su celo insaciable, de su fervor altísimo y de su amor a las almas.

Cualidades tan excelsas requerían más amplio escenario, y Nuestro gran Predecesor Pío IX vio en él un «pastor según el corazón de Dios», eligiéndole para la sede metropolitana de Santiago de Cuba, donde Antonio María Claret fue el prelado ejemplar, enamorado de su clero y de su Seminario, favorecedor de nuevas Instituciones religiosas para el bien de su grey, heroico entre los terrores del terremoto y del cólera, celador incansable de la pureza de la vida cristiana entre sus ovejas, a las que dejó el mejor testimonio, el de su propia sangre derramada en atentado sacrílego.

Pero la Providencia le quería en lugar aún más visible, confesor y consejero de una Reina; y en tan delicada posición Antonio María Claret siguió siendo el de siempre: fervoroso, mortificado, pobre, prudente, y sobre todo amantísimo de esta Sede Apostólica, por cuyo amor abandonó voluntariamente su codiciable puesto con la misma fidelidad con que, en el ocaso de su vida, haría vibrar de emoción —aquí en esta misma Basílica— a todo el Concilio Vaticano, al escuchar la vigorosa defensa de la infalibilidad pontificia, hecha por aquel anciano y prestigioso campeón de la fe.

Alma grande, nacida como para ensamblar contrastes: pudo ser humilde de origen y glorioso a los ojos del mundo; pequeño de cuerpo, pero de espíritu gigante; de apariencia modesta, pero capacísimo de imponer respeto incluso a los grandes de la tierra; fuerte de carácter, pero con la suave dulzura de quien sabe el freno de la austeridad y de la penitencia; siempre en la presencia de Dios, aun en medio de su prodigiosa actividad exterior; calumniado y admirado, festejado y perseguido. Y entre tantas maravillas, como luz suave que todo lo ilumina, su devoción a la Madre de Dios.

No son nuestros tiempos menos difíciles que los del Santo Arzobispo de Cuba, confesor de la Reina de España y fundador insigne; por eso juzgamos providencial el poder hoy ponerle como modelo para todos, pero especialmente para vosotros —sus paisanos y devotos—; y más en especial para sus celosos hijos e hijas, cuyos respectivos Institutos, con todas sus obras y con todas las almas que de ellas se benefician, queremos paternalmente bendecir.

Que la Bendición de Dios Omnipotente descienda, hijos amadísimos, sobre todos vosotros, sobre todos aquellos que recordáis y que amáis, sobre vuestra querida patria, sobre vuestras santas intenciones y justos deseos, y que permanezca para siempre.


* AAS 42 (1950) 479-481

   



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