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DISCURSO DE SU SANTIDAD PÍO XII
AL CANCILLER DE LA REPÚBLICA FEDERAL DE ALEMANIA*

Jueves 5 de julio de 1956

 

Mucho nos alegramos de poder saludaras en nuestra casa, muy estimado señor Canciller Federal, junto con tan escogido grupo de personalidades del ambiente gubernativo y parlamentario de la República Federal de Alemania.

Si la dirección de los asuntos de Estado es siempre una tarea seria y trabajosa, lo ha sido doblemente para V. E. señor Canciller, en el transcurso de los siete años en que desempeñáis tal cargo. Hay pocos ejemplos en la historia de que un pueblo y un estado hayan logrado salir a flote después de un ruinoso desastre, en tan breve tiempo, como lo hicieron el pueblo y el Estado alemán después de la última guerra mundial. Semejante recuperación, aun requiriendo cualidades de alto valor de parte de un pueblo, obviamente hubiera resultado imposible sin una dirección superior, máxime respecto de las otras naciones, cuya confianza y voluntad de reconocerle a Alemania la igualdad de derechos tuvieron que ser conquistadas paso a paso.

En ello está justamente, señor Canciller, todo vuestro mérito personal. El mismo consiste principalmente, en el hecho de que vuestra fe en Alemania y vuestra fe en la comunidad europea forman un todo indisoluble. Nos alegra poderlo comprobar en la solemne circunstancia de vuestra visita.

Ciertamente no todo ha sido alcanzado todavía. Ni tampoco todas las heridas que la guerra causó a uno y otro bando están aún completamente curadas. Vuestra patria todavía espera la solución de cuestiones urgentes, la composición de relaciones que representan un peso casi sobrehumano. Recomendamos al pueblo alemán esa tenacidad, esa perspicacia y esa paciencia con que, en los años pasados, hemos visto a su Canciller afrontar tales problemas. La impaciencia no es un clima favorable para solucionar cuestiones políticas, máxime si éstas tienen carácter internacional. Y es propiamente la historia alemana de la primera postguerra la que comprueba qué desgracia nacional son, en el ámbito político, aquellos que no saben aguardar.

Por nuestra parte, desearíamos que las cuestiones al Este de la República Federal todavía en suspenso, se traten en etapas sucesivas, con miras a una solución global, que sea soportable para todos los Estados y grupos interesados y brinde de tal forma la base para una verdadera paz. Nos fue siempre grato oír semejantes pareceres incluso en boca de sus hombres de Estado.

Residimos bastante tiempo en Alemania y desde hace casi cuarenta años, por motivos de nuestro oficio, nos ocupamos tan ampliamente de la situación de su País, que podemos atrevernos a decir lo urgente que es poner de relieve la necesidad de proteger y cultivar los valores espirituales, religiosos y morales, si no se quiere que el materialismo ofusque las mejores cualidades del pueblo alemán.

Bajo este aspecto adquieren particular importancia las confiadas relaciones entre la Iglesia y el Estado. Si la Iglesia tuvo siempre y sigue teniendo sumo interés en los mismos, es porque quisiera ver asegurada a sus fíeles, a los ciudadanos católicos, una tranquila realización de sus convicciones religiosas en la familia, en la educación, en la escuela y en los otros campos de la vida social y profesional. La Iglesia sabe que de tal manera, simultánea y automáticamente, redunda en provecho de todo el pueblo y del Estado un poderoso flujo de esas fuerzas morales, falta de las cuales su existencia, en cierta forma, estaría en peligro.

En cuanto a vuestro país donde las relaciones entre las des supremas autoridades han sido reguladas por un Concordato podemos apelar a la historia alemana, que, a través de los siglos, confirma la verdad de nuestras palabras: y, por lo que atañe a los últimos decenios, podemos recordar el empeño, el aporte conciliador, en medio de peligrosos extremismos, que también la parte católica del pueblo alemán ofreció en los días sombríos y, aun más, en los desgraciados. ¡Qué esta feliz relación entre la Iglesia y el Estado pueda continuar inalterable, con mutua ventaja!

Con esta esperanza Nos os rogamos, muy estimado señor Canciller, que queráis transmitir al señor Presidente Federal nuestro respetuoso saludo, y a todo el pueblo alemán nuestra paternal Bendición.


*ORe (Buenos Aires), año 5, n°247, p.5.

 



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