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DISCURSO DE SU SANTIDAD PÍO XII
AL SR. RICHARD H. NIXON,
VICEPRESIDENTE DE LOS ESTADOS UNIDOS
DE AMÉRICA*

Domingo 17 de marzo de 1957

 

Tenemos la satisfacción de ver una vez más representado tan dignamente, en su honorable persona, Señor Vicepresidente y en su gentil esposa, Señora Nixon, así como en el distinguido séquito aquí reunido esta mañana en una visita muy grata, el constante celo de su amado país por la causa de las pacíficas relaciones humanas en la familia de las Naciones.

En este delicado momento, que Nos ardientemente esperamos y rogamos que represente el término de una demasiado larga crisis en los destinos de Oriente y de Occidente, Nos es de consuelo observar la confianza que ponen su ilustre Presidente y su generoso pueblo, así como los que, en cualquier rincón del globo, comparten sus esperanzas y sus temores, en la simple, común y sincera expresión de buena voluntad como instrumento clave para solucionar las cuestiones internacionales.

Esto no significa no tener en cuenta la necesidad y la función de los tratados y de los acuerdos colectivos. Menos que nunca puede hoy la familia humana prescindir de estatutos y declaraciones políticas, hechas y redactadas con mucha atención y esfuerzo y completadas con solemnes ratificaciones. Una paz auténtica es siempre obra de la justicia; y la justicia puede ser algo más que una pérfida burla, sin respeto, de las Leyes de Dios. Pero por encima y al margen de un expediente o de una aproximación diplomática – es más, dentro de ellos, ya que es el espíritu lo que vivifica la letra – es el latido de los corazones humanos, en fraternal consonancia, lo que hará de los tratados una viva y liberadora fuerza en favor de la paz en la comunidad mundial. Hablando de las relaciones humanas, San Pablo dijo a los Romanos que «quien ama a su prójimo ha cumplido con la Ley» (Romanos 13, 8).

¿Cómo puede esperarse, en efecto, la desaparición de los últimos tristes vestigios de la desconfianza si los hombres de buena voluntad no manifiestan en todas partes, en su propia patria ante todo y en el extranjero después, que su declarado y conveniente respeto de la conciencia y de la dignidad del hombre se basa firmemente en la roca de la solidaridad fraterna en Díos, y no en las arenas movedizas de recursos económicos y políticos? El corazón abierto, estamos seguros de que también V. E. lo reconoce, más que la mano abierta, sigue siendo la prueba más segura de sinceridad y de rectitud moral, para las naciones, lo mismo que para los individuos.

Terminada su misión presidencial, Señor Vicepresidente, que Dios le conceda llevar a América muchas buenas noticias de los continentes que ha visitado, la inmediata y alentadora evidencia de la creciente estima del mundo por aquellos eternos valores espirituales contenidos para siempre en el Evangelio del Príncipe de la Paz, en el que descansarán seguras todas las instituciones humanas, por grandes o pequeñas que sean. Con profundo afecto Nos pedimos que las bendiciones del Cielo sean concedidas a todos sus compatriotas, y a su amado Presidente, al que el Señor conceda salud y aliente para el desempeño de su alto cargo para su incesante labor por la causa de la paz mundial.


*ORe (Buenos Aires), año 6, n°281, p.3.

 



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