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DISCURSO DE SU SANTIDAD PÍO XII
AL PRIMER MINISTRO DE IRLANDA
ÉAMON DE VALERA
*

 Viernes 4 de octubre de 1957

 

Con el afecto particular que Nuestro paternal corazón ha reservado desde tanto tiempo, como bien sabéis, a vuestra Isla de Esmeralda, Os damos nuestra bienvenida esta mañana, Señor Primer Ministro, juntamente con el séquito oficial que ha venido para formar tan distinguida y amable compañía. Que el calor y la profundidad de su sincera expresión aporten a casa cual y a todos vosotros la mejor prueba de nuestro interés por la feliz misión que una vez más os trae «a Roma, vuestra casa»; y que sean renovada prenda de la constante confianza en Nos, Venerables Hermanos de la jerarquía irlandesa, en los sacerdotes y en el pueblo; y una nueva prueba de alta estima hacia vuestro ilustre Presidente y hacia el Gobierno, que ahora, por tercera vez, ha confiado a vuestra experta y competente mano la responsabilidad del cargo de Primer Ministro.

Los años llenos de acontecimientos que han transcurrido, hasta la institución del Gobierno irlandés, han dado a un mundo de confusión y de duros trances, una alentadora prueba de la capacidad de un sólido y militante pueblo católico, para gobernarse a sí mismo con sabiduría y con eficiencia, dentro del respeto de sus fraternales obligaciones con respecto a otras naciones de la familia humana.

Vuestra Constitución (Bunreact nah Eireann) quiere ser un instrumento de «prudencia, justicia y caridad» al servicio de una comunidad, que nunca sintió dudas a través de su larga historia cristiana en cuanto a los deberes eternos y temporales de este bien común que trata de encontrar: conjuntamente con la oración, con el trabajo y, a menudo, con el heroico sacrificio de sus hijos.

Basándose en la ley natural, estas prerrogativas humanas fundamentales que vuestra Constitución garantiza y asegura a todo ciudadano de Irlanda, dentro de los límites del orden y de la moralidad, no podrían encontrar garantía más amplia y más segura contra las fuerzas ateas de la subversión y el espíritu de facción y de violencia sino en la recíproca confianza entre las autoridades de la Iglesia y del Estado, cada una de ellas independiente en su esfera, pero aliadas en cuanto al bienestar común, sobre la base de los principios de la fe y de la doctrina católicas.

Por iniciativa de esta Sede Apostólica, la fe en el Dios vivo –escudo, ayuda y salvación de las naciones y de los hombres– fue llevada a Irlanda por vuestro incomparable San Patricio. Fue nutrida y alimentada en una llama misionaria por miles de santos compatriotas que vinieron después de él. Llegó a ser parte orgánica de vuestra cultura por la labor de admirables sabios y hombres de Iglesia, como la gloria de la Orden de los Frailes Menores, Lucas Wadding, cuyas celebraciones centenarias estáis a punto de concluir, estos días, en la Ciudad Eterna.

Feliz también, incluso desde un punto de vista humano razonable, es el pueblo que tiene como Señor a su Dios (ver Salmo 143, 15). Durante el período de crisis espiritual y de angustia revolucionaria, a través de todas las fases de su valiente lucha por sobrevivir, por la paz y la prosperidad de su honor íntegro (ver Job 19, 25), Irlanda no olvidó nunca que su Redentor está con ella; sabe, en el fondo de su corazón, que no le faltará en la hora de la lucha o del triunfo. Este fue el más sólido de sus nobilísimos instintos, guiados por la gracia divina, que le inspiró a proclamar su Constitución «en el nombre de la Santísima Trinidad, de la que proviene toda autoridad, y a la que, como a nuestro fin último, deben referirse todas las acciones, tanto de los hombres como de los Estados».

Al mismo tiempo que Nos alegramos, Señor Primer Ministro, por los felices resultados para la familia, la fe y la fraternidad que la fidelidad de vuestro pueblo al espíritu cristiano han así alcanzado, nuestra más afectuosa Bendición Apostólica, invoca esa misma Trinidad siempre bendita e indivisible sobre todos vosotros aquí presentes, sobre vuestros seres queridos en la patria o allende los mares, mayor abundancia de luz y de fuerza contra el inevitable desafío de los años que el Señor Trino del amor aún os reserva. ¡Que Dios bendiga siempre a Irlanda!


*ORe (Buenos Aires), año 6, n°309, p.7.

 



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