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CELEBRACIÓN EUCARÍSTICA
EN EL PONTIFICIO COLEGIO AMERICANO DEL NORTE

HOMILÍA DEL SANTO PADRE FRANCISCO

Janículo, Roma
Sábado 2 de mayo de 2015

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«Yo te he puesto como luz de los gentiles, para que lleves la salvación hasta el confín de la tierra» (Hch 13, 47; cf. Is 49, 6). Estas palabras del Señor, en el pasaje de los Hechos de los Apóstoles que acabamos de leer, nos presentan la misionariedad de la Iglesia que es enviada por Jesús a salir para anunciar el Evangelio. Así sucedió, desde el primer momento, con los discípulos cuando, desencadenada la persecución, salieron de Jerusalén (cf. Hch 8, 1-3). Esto es válido también para la multitud de misioneros que llevaron el Evangelio al Nuevo Mundo y al mismo tiempo defendieron a los indígenas contra los abusos de los colonizadores. Entre ellos estaba también fray Junípero; su obra de evangelización nos trae a la memoria los primeros «12 apóstoles franciscanos» que fueron los pioneros de la fe cristiana en México. Él fue protagonista de una nueva primavera evangelizadora en esas extensas tierras que, desde hacía doscientos años, habían sido alcanzadas por los misioneros provenientes de España, desde Florida hasta California. Mucho tiempo antes que llegasen los peregrinos del Mayflower al litoral atlántico norte.

La vida y el ejemplo de fray Junípero ponen de relieve tres aspectos: su impulso misionero, su devoción mariana y su testimonio de santidad.

En primer lugar, fue un incansable misionero. ¿Qué fue lo que llevó a fray Junípero a abandonar su patria, su tierra, su familia, la cátedra universitaria y su comunidad franciscana en Mallorca, para ir hacia los extremos confines de la tierra? Sin duda, la pasión por anunciar el Evangelio ad gentes, o sea el ímpetu del corazón que quiere compartir con los más lejanos el don del encuentro con Cristo: el don que él mismo en un primer momento había recibido primero y experimentado en su plenitud de verdad y belleza. Como Pablo y Bernabé, como los discípulos en Antioquía y en toda Judea, él fue colmado de alegría y de Espíritu Santo al difundir la Palabra del Señor. Este celo nos provoca, ¡es un gran desafío para nosotros! Estos discípulos misioneros, que encontraron a Jesús, Hijo de Dios, que a través de Él conocieron al Padre misericordioso y, movidos por la gracia del Espíritu Santo, se proyectaron hacia todas las periferias geográficas, sociales y existenciales, para dar testimonio de la caridad, ¡nos desafían! A veces nos detenemos a examinar escrupulosamente sus virtudes y, sobre todo, sus límites y sus miserias. Sin embargo, me pregunto si hoy somos capaces de responder con la misma generosidad y la misma valentía a la llamada de Dios, que nos invita a dejarlo todo para adorarlo, para seguirlo, para encontrarlo en el rostro de los pobres, para anunciarlo a los que no han conocido a Cristo, y por ello, no se han sentido abrazados por su misericordia. El testimonio de fray Junípero nos llama a dejarnos implicar, en primera persona, en la misión continental, que encuentra sus propias raíces en la «Evangelii gaudium».

En segundo lugar, fray Junípero encomendó su compromiso misionero a la Santísima Virgen María. Sabemos que antes de partir hacia California quiso ir a consagrar su vida a Nuestra Señora de Guadalupe, y a pedirle, para la misión que estaba por iniciar, la gracia de abrir el corazón de los colonizadores y de los indígenas. En esta invocación podemos ver todavía a este humilde fraile arrodillado ante la «Madre del mismísimo Dios», la «Morenita», que llevó a su Hijo al Nuevo Mundo. La imagen de Nuestra Señora de Guadalupe estaba presente —o al menos lo estuvo— en las veintiuna misiones que fray Junípero fundó a lo largo de la costa de California. Desde entonces, Nuestra Señora de Guadalupe se convirtió, de hecho, en la Patrona de todo el continente americano. No es posible separarla del corazón del pueblo americano. En efecto, Ella constituye la raíz común de este continente. ¡La raíz común de este continente! Es más, la actual misión continental se confía a Ella que es la primera y santa discípula misionera, presencia y compañía, fuente de consolación y esperanza. A ella que está siempre a la escucha para cuidar a sus hijos americanos.

En tercer lugar, hermanos y hermanas, contemplamos el testimonio de santidad de fray Junípero —uno de los padres fundadores de los Estados Unidos, santo de la catolicidad y especial protector de los hispanos del país—, para que todo el pueblo americano descubra la propia dignidad, consolidando cada vez más la propia pertenencia a Cristo y a su Iglesia.

Que en la comunión universal de los santos y, en especial, en la corona de los santos americanos, nos acompañe fray Junípero Serra e interceda por nosotros, junto a tantos otros santos y santas que se han distinguido con diversos carismas:

—Contemplativas como Rosa de Lima, Mariana de Quito y Teresita de los Andes;

—Pastores que emanaban el perfume de Cristo y el olor de las ovejas, como Toribio de Mogrovejo, Francisco de Laval, Rafael Guizar Valencia;

—Humildes obreros de la Viña del Señor, como Juan Diego y Catalina Tekakwhita;

—Servidores de los que sufren y de los marginados, como Pedro Claver, Martín de Porres, Damián de Molokai, Alberto Hurtado y Rosa Filipina Duchesne;

—Fundadoras de comunidades consagradas al servicio de Dios y de los más pobres, como Francisca Cabrini, Isabel Ana Seton y Catalina Drexel;

—Misioneros incansables como fray Francisco Solano, José de Anchieta, Alonso de Barzana, María Antonia de Paz y Figueroa, José Gabriel del Rosario Brochero;

—Mártires como Roque González, Miguel Pro y Oscar Arnulfo Romero;

y muchos otros santos y mártires que no menciono ahora, pero que rezan ante el Señor por sus hermanos y hermanas que son aún peregrinos en esas tierras. Ha habido mucha santidad en América, mucha santidad sembrada.

Que un viento impetuoso de santidad recorra el próximo Jubileo extraordinario de la misericordia en todas las Américas. Confiando en la promesa hecha por Jesús, que hemos escuchado hoy en el Evangelio, pidamos a Dios esta particular efusión del Espíritu Santo.

Pidamos a Jesús Resucitado, Señor de la historia, que la vida de nuestro continente americano se arraigue cada vez más en el Evangelio que ha recibido; que Cristo esté cada vez más presente en la vida de las personas, de las familias, de los pueblos y las naciones, para la mayor gloria de Dios.

Y que esta gloria se manifieste en la cultura de la vida, la fraternidad, la solidaridad, la paz y la justicia, con amor preferencial y diligente hacia los más pobres, a través del testimonio de los cristianos de las diversas comunidades y confesiones, de los creyentes de otras tradiciones religiosas y de los hombres de recta conciencia y de buena voluntad. ¡Oh Señor Jesús, nosotros somos solamente tus discípulos-misioneros, tus humildes cooperadores para que venga tu Reino!

Llevando esta invocación en el corazón, pido la intercesión de Nuestra Señora de Guadalupe, y también la de fray Junípero y los demás santos y santas americanos, para que me conduzcan y me guíen en mis próximos viajes apostólicos a América del Sur y América del Norte. Por eso os pido a todos vosotros que continuéis rezando por mí. Amén.


SALUDO FINAL

Deseo agradecer de corazón vuestra invitación y la acogida recibida en este Pontificio Colegio Norteamericano. Saludo con gran afecto al rector, a todos los que residen, los sacerdotes norteamericanos que trabajan en la Curia romana, que estudian en Roma o transcurren su año sabático en este lugar.

Agradezco mucho a los cardenales y a los obispos que han concelebrado conmigo y, de modo especial, deseo mi más sincero agradecimiento por la presencia de su Excelencia monseñor Joseph Edward Kurtz, presidente de la Conferencia episcopal de los Estados Unidos de América, y de su Excelencia monseñor José Horacio Gómez, arzobispo de los Ángeles.

Este encuentro, en la sede de vuestro y entorno a la mesa eucarística, es una bella y significativa premisa de mi viaje apostólico a los Estados Unidos de América.

 



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