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MENSAJE DEL SANTO PADRE FRANCISCO
PARA LA CAMPAÑA DE FRATERNIDAD 2015 DE LA IGLESIA EN BRASIL

 

Queridos hermanos y hermanas de Brasil:

Se acerca la Cuaresma, tiempo de preparación para la Pascua: tiempo de penitencia, oración y caridad, tiempo para renovar nuestra vida, identificándonos con Jesús a través de su generosa entrega a los hermanos, sobre todo a los más necesitados. Este año, la Conferencia nacional de los obispos de Brasil, inspirándose en sus palabras, «El Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y dar su vida en rescate por la multitud» (Mc 10, 45), propone come tema de su habitual Campaña: «Fraternidad: Iglesia y sociedad».

De hecho, la Iglesia, como comunidad reunida de los que, creyendo, orientan su mirada a «Jesús, autor de la salvación y el principio de unidad» (constitución dogmática Lumen gentium, n. 9), no puede ser indiferente a las necesidades de quienes la rodean, porque «los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren, son a la vez gozos y esperanzas, tristezas y angustias de los discípulos de Cristo» (constitución pastoral Gaudium et spes, n. 1). ¿Y qué hacer? En los cuarenta días durante los que Dios llama a su pueblo a la conversión, la Campaña de Fraternidad quiere ayudar a profundizar, a la luz del Evangelio, el diálogo y la colaboración entre la Iglesia y la sociedad —propuestos por el Concilio Ecuménico Vaticano II— como servicio de edificación del reino de Dios, en el corazón y en la vida del pueblo brasileño.

La aportación de la Iglesia, en el respeto de la laicidad del Estado (cf. ibidem n. 76), y sin olvidar la autonomía de las realidades terrenas (cf. ibidem n. 36), encuentra forma concreta en su doctrina social, con la cual quiere «asumir evangélicamente y desde la perspectiva del Reino las tareas prioritarias que contribuyen a la dignificación de todo ser humano, y a trabajar junto con los demás ciudadanos e instituciones en bien del ser humano» (Documento de Aparecida, n. 384). Esta no es una tarea reservada a las instituciones: cada uno debe hacer su parte, comenzando por mi casa, mi trabajo, juntamente con las personas con las que me relaciono. Más concretamente, es necesario ayudar a quienes son más pobres y necesitados. Recordemos que «cada cristiano y cada comunidad están llamados a ser instrumentos de Dios para la liberación y promoción de los pobres, de manera que puedan integrarse plenamente en la sociedad; esto supone que seamos dóciles y atentos para escuchar el clamor del pobre y socorrerlo» (Exhortación apostólica Evangelii gaudium, n. 187), sobre todo sabiendo acoger, porque «cuando somos generosos en acoger a una persona y compartimos algo con ella —algo de comer, un lugar en nuestra casa, nuestro tiempo— no nos hacemos más pobres, sino que nos enriquecemos» (Discurso a la Comunidad de Varginha, 25 de julio de 2013). Así interrogaremos la conciencia sobre el compromiso concreto y efectivo de cada uno en la construcción de una sociedad más justa, fraterna y pacífica.

Queridos hermanos y hermanas, cuando Jesús nos dice: «he venido a servir» (cf. Mc 10, 45), nos enseña lo que resume la identidad del cristiano: amar sirviendo. Por eso expreso mi deseo a fin de que el camino cuaresmal de este año, a la luz de las propuestas de la Campaña de Fraternidad, predisponga los corazones a la vida nueva que Cristo nos ofrece, y para que la fuerza transformadora que nace de su Resurrección llegue a todos en su dimensión personal, familiar, social y cultural y refuerce en cada corazón sentimientos de fraternidad y de viva cooperación. A cada uno de vosotros, por intercesión de Nuestra Señora de Aparecida, envío de todo corazón la bendición apostólica, pidiéndoos que nunca dejéis de rezar por mí.

Vaticano, 2 de febrero de 2015

Francisco

 



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