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JUAN PABLO II

AUDIENCIA GENERAL

Miércoles 16 de mayo de 1984

 

1. Quiero hoy —juntamente con vosotros, queridos peregrinos y participantes en esta audiencia— manifestar mi gratitud a la divina Providencia por el servicio apostólico que he tenido la alegría de realizar en algunas Iglesias de Asia y Oceanía: Corea, Papua Nueva Guinea, Islas Salomón y finalmente Tailandia.

2. Dos siglos de fe y de vida de la Iglesia en Corea, he aquí el acontecimiento que nos hace arrodillarnos en adoración a las "grandes obras de Dios" (cf. Act 2, 11), que se han realizado en ese pueblo antiguo que, viviendo entre China y Japón, ha conservado su autonomía, lengua, cultura e identidad nacional.

Ese comienzo de la fe cristiana, que tuvo lugar hace dos siglos precisamente, nos hace reflexionar. Se considera como fecha de este acontecimiento el año 1784, ya que entonces el primer coreano, Yi Sunghun se hizo cristiano y dio comienzo a la primera comunidad cristiana. Era un laico, un hombre culto. La fe cristiana creció como fruto de una reflexión sobre el confucionismo tradicional en Corea, y se plasmó mediante el contacto con la Iglesia que ya existía en China y, particularmente, en Pekín.

Sin embargo, los primeros cristianos coreanos encontraron resistencia por parte de la religiosidad tradicional, lo que se convirtió en fuente de múltiples tormentos, torturas y muerte por martirio de muchos de ellos. Las persecuciones comenzaron pronto y duraron, en lugares diversos y con diversa intensidad, más de cien años. Persecuciones particularmente sangrientas tuvieron lugar en 1801, 1839, 1846, 1866.

Del número global de mártires coreanos, que se calcula en torno a los diez mil, se conoce y está documentado el martirio de ciento tres personas, a las que he tenido la dicha de inscribir a la vez en el catálogo de los Santos en Seúl, el 6 de mayo, III domingo de Pascua. Figura a la cabeza de la lista Andrés Kim Taegon, el primer sacerdote coreano, luego está Pablo Chong Ha-sang, luego vienen los otros, calificados con la denominación común de "compañeros", pero todos ellos conocidos por nombre y apellido. Entre ellos hay sacerdotes y laicos. La persona más anciana contaba 79 años, la más joven 13.

Entre los mártires coreanos hay diez misioneros franceses (de la "Mission Etrangère de Paris), entre los cuales los primeros obispos de la Iglesia en Corea.

Al leer las "Acta martyrum" del siglo XIX en la tierra coreana, nos viene a la mente una estrecha analogía con el "martyrologium romanum". Las "grandes obras de Dios" per martyres se repiten en diversas épocas de la historia y en diversos lugares del mundo.

3. En el arco de dos siglos de existencia la Iglesia en Corea, creciendo sobre la tierra hecha tan profundamente fértil por la sangre de los mártires, se ha desarrollado mucho. Actualmente cuenta con cerca de 1.600.000 fieles. Este desarrollo continúa, sobre todo en estos últimos años. Dan testimonio de ello las numerosas conversiones y bautismos. Casi 100.000 cada año. Da testimonio de ello el gran número de vocaciones sacerdotales y religiosas, tanto masculinas como, sobre todo, femeninas. Da testimonio de ello la profunda conciencia católica de los laicos y su vivo compromiso apostólico.

La estancia de algunos días en Corea me ha permitido verlo de cerca. El tiempo era muy breve para visitar todas las diócesis (son 14), por esto, han resultado para mí mucho más entrañables cada uno de los encuentros en Kwangju (el bautismo y la confirmación), en Taegu (las ordenaciones sacerdotales), en Pusán (encuentro con el mundo del trabajo), la visita al hospital para leprosos en la isla de Sorok, y, especialmente, el encuentro central y la solemnidad jubilar unida a la canonización de los mártires coreanos en la capital, Seúl.

Envío un cordial abrazo de paz a mis hermanos en el Episcopado, con el cardenal Kim a la cabeza.

Y vivo juntamente con toda la nación coreana el doloroso hecho de la separación entre Corea del Norte y Corea del Sur. Por desgracia, no podemos establecer contacto alguno con los cristianos de Corea del Norte. Por esto, los encomendamos mucho más a la oración de toda la Iglesia.

4. Quiero dar gracias también a la Santísima Trinidad porque he podido encontrarme, mediante la visita a Papua Nueva Guinea y a las Islas Salomón, en medio de la actividad misionera de la Iglesia. Esto fue como un segundo capítulo de mi peregrinación, que ha durado del 2 al 12 de mayo.

Manifiesto mi profunda alegría porque esta actividad misionera da frutos abundantes, de los que son prueba incluso las estructuras eclesiásticas ya formadas: en Nueva Guinea 14 diócesis y 4 sedes metropolitanas; y en las Islas Salomón 2 diócesis, vinculadas a la sede metropolitana de Honiara.

Durante 3 días he podido encontrarme con mis hermanos en el Episcopado y también con los misioneros de cada una de las diócesis y de las familias religiosas masculinas y femeninas. Doy gracias a Dios porque entre los sacerdotes y religiosas comienzan a aparecer gradualmente los hijos e hijas de los pueblos que habitan esas islas, dotadas de una naturaleza rica y hermosa.

Estos pueblos tienen una cultura propia tradicional, costumbres específicas, un singular sentido de la belleza y los profundos recursos de la religiosidad originaria. En este terreno el mensaje del Evangelio ha arraigado ya en notable medida, gracias al trabajo, a veces heroico, de los misioneros, así como de los catequistas del lugar y de los apóstoles laicos. Aquí hay que poner de relieve el carácter ecuménico de la evangelización. Así, por ejemplo, en las Islas Salomón los misioneros anglicanos y metodistas han conseguido obtener buenos resultados. Hay que subrayar de modo particular su mérito en el sector de la divulgación de la Biblia. La colaboración ecuménica en esas tierras se desarrolla a la luz de la enseñanza del Concilio Vaticano II.

Hay que alegrarse de que juntamente con el progreso de la evangelización ha llegado también el momento de la independencia de los pueblos que habitan en Papua Nueva Guinea y en las Islas Salomón. Las autoridades locales han demostrado una particular benevolencia hacia la visita del Papa, y por esto quiero expresarles un agradecimiento cordial; al mismo tiempo abrazo y doy las gracias a todo el Episcopado.

5. La última etapa —y a la vez el tercer capítulo— de este viaje pastoral fue la estancia de día y medio en Tailandia, sobre todo en Bangkok. Esta fue, en cierto modo, la respuesta a la visita que el Rey y la Reina hicieron en otro tiempo al Vaticano durante el pontificado de Juan XXIII, y a la que hizo después el Patriarca budista de Tailandia a Pablo VI. Efectivamente, Tailandia es el país donde el budismo, profesado por la gran mayoría de los habitantes (cerca del 95 por ciento), constituye la religión nacional. Al mismo tiempo, las leyes del Estado respetan la libertad religiosa de las otras confesiones, lo que permite también a la Iglesia católica desarrollarse. La visita a Tailandia se desenvolvió bajo el signo de una cordial hospitalidad de los dueños de casa. Numéricamente esta Iglesia es una "pequeña grey" (Lc 12, 32): cuenta alrededor del 0,5 por ciento del conjunto de los habitantes. Sin embargo, demuestra una vitalidad notable, comprometiéndose en las 10 diócesis bajo la guía de los obispos, entre los que está el arzobispo de Bangkok, que hace poco ha sido elevado a la dignidad cardenalicia. A él y a todos los hermanos en el Episcopado va mi saludo afectuoso y agradecido. Un testimonio de esta vitalidad de la Iglesia en Tailandia fue la celebración de la Eucaristía, la primera tarde y al día siguiente. En esta oportunidad tuvieron lugar también las ordenaciones sacerdotales de 23 nuevos sacerdotes tailandeses. La Iglesia desarrolla su actividad pastoral también con la ayuda de cierto número de instituciones, entre las cuales están las escuelas católicas y los hospitales, por ejemplo, el hospital de San Luis en Bangkok.

Un punto importante en el programa del último día en Tailandia fue la visita al campo de refugiados de Phanat Nikhom. El mismo día, hablando a los representantes del Gobierno, del Cuerpo Diplomático y del Episcopado (estaban presentes también los obispos de los países vecinos), me dirigí con una apremiante llamada a la opinión internacional, para que se pueda llegar finalmente a la solución del angustioso problema de los refugiados, que es de suma actualidad a gran escala, no sólo en Asia, sino también en otras partes del mundo.

6. Doy gracias a Cristo, Pastor Eterno, por esta multiforme experiencia de la Iglesia en Asia y Oceanía. Me ha permitido entrar en los caminos trazados por el Concilio Vaticano II, y no sólo en los documentos principales (Lumen gentium, Gaudium et spes), sino también en documentos específicos, como el Decreto sobre la actividad misionera de la Iglesia, o la Declaración sobre las relaciones de la Iglesia con las religiones no cristianas. Muy elocuente ha sido el encuentro con el budismo.

Pido a la Reina de los Apóstoles y Madre de la Iglesia una gracia: que este servicio pastoral del Obispo de Roma dé frutos abundantes.


Saludos

Amadísimos hermanos y hermanas:

Y ahora un cordial saludo a las personas y grupos venidos de España, Argentina, México y otros países. En particular saludo a los Hermanos Maristas, a las religiosas de Jesús María y Carmelitas de la Caridad., quienes siguen cursos de espiritualidad. Os aliento, por ello, a llenaros del espíritu de Cristo y a ser verdaderos testigos de Cristo en el mundo de hoy. A todos doy con afecto mi bendición.

 



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