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VIAJE APOSTÓLICO A BRASIL
(12-21 DE OCTUBRE DE 1991)

DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
AL PRESIDENTE DE LA REPÚBLICA
FERNANDO COLLOR DE MELLO*

«Palácio do Planalto»,  Brasilia
Lunes 14 de octubre de 1991

 

Señor Presidente:

1. Permítame, ante todo, expresarle mi agradecimiento por la acogida que se me ha brindado, a través de su Ministro de Asuntos Exteriores, el Doctor Francisco Rezek, tras pisar el suelo brasileño, y por las nobles palabras que acaba de dirigirme Su Excelencia, sin duda destinadas no exclusivamente a mi persona, sino a la misión que la Divina Providencia me ha confiado hace trece años, y a la misma Iglesia universal, de la que soy Pastor.

El regreso a Brasil, como ya he recordado a mi llegada, tiene precisamente la finalidad de cumplir, en un marco exclusivamente evangélico, esa misión pastoral de congregar a las ovejas del rebaño de la tierra de Santa Cruz. Por eso, este momento adquiere un significado particular, teniendo en cuenta que me dirijo no sólo al supremo mandatario de la Nación Brasileña, sino también a las autoridades gubernamentales que tienen la ardua responsabilidad de representar, encaminar y guiar la voluntad del pueblo como promotores de paz y progreso entre sus ciudadanos.

2. El objetivo de la Iglesia, en su misión exclusivamente religiosa y espiritual, y el del Estado, orientado al bien común de cada hombre, son ciertamente diferentes. Sin embargo, convergen en un punto: el hombre y el bien de la patria.

La Iglesia, que siempre ha tenido presente sus propias dificultades para alcanzar sus objetivos, puede comprender con mayor facilidad las del Gobierno de una nación para cumplir sus obligaciones en relación con cada individuo. Pero debe ofrecer su propia colaboración para que se alcancen tales fines, sabiendo respetar el área específica del Estado. Existirán divergencias, debidas a las limitaciones humanas y a la variedad de los problemas, especialmente en un país tan vasto como Brasil. Con todo, el entendimiento respetuoso, la mutua preocupación por la independencia y el principio de servir al hombre del mejor modo posible, en una concepción cristiana, constituirán factores de concordia, con los que saldrá beneficiado el pueblo mismo.

3. Señor Presidente de la República, Señores miembros del Congreso Nacional y del Tribunal Supremo Federal, Señores Ministros del Estado, Señores Gobernadores, Señoras y Señores:

Al agradeceros el homenaje que habéis querido rendir al Sucesor de San Pedro en su segunda visita a Brasil, deseo expresar mi aprecio por la significativa misión que desempeñáis como representantes de todo el pueblo brasileño.

Brasil atraviesa en este momento de su historia una fase hacia los inmensos problemas sociales y económicos, cuya gravedad todos conocen y cuya solución ya no admite aplazamiento. El pueblo de toda la Nación tiene su mirada puesta en las decisiones que tomáis y en la esperanza de un porvenir luminoso y feliz para sus hijos.

Considero muy significativas las palabras que hace algunos meses el Señor Presidente dirigió a la Nación invitándola a un esfuerzo para compartir las responsabilidades, a fin de superar la crisis y las desigualdades que afligen a la gran mayoría de los brasileños (abril de 1991).

Consciente de no apartarme para nada de mi finalidad pastoral, y en el ejercicio de mi misión exclusivamente espiritual, me dirijo a vosotros, pidiendo a Dios que os ilumine en esta ardua misión de defensa de los valores espirituales y morales de Brasil. Ojalá que los problemas de la sociedad sean analizados siempre a la luz de los criterios de la justicia y de la moral cristiana, en lugar de los intereses particulares. Creo que no es ésta la motivación en que se basa vuestra actuación política, pues esa actitud sería incoherente con la visión del bien común que ciertamente os impulsa. Ojalá que vuestro esfuerzo, puesto al servicio de todas las iniciativas que tienden al progreso social, económico y científico en favor de la familia brasileña, sea cada vez más auténtico y generoso. Ojalá que el trabajo en defensa de la vida no vaya contra ella. De este modo, con imaginación, valentía y perseverancia, permitiréis que todos los brasileños tomen pacíficamente el lugar que les corresponde en el concierto de las naciones. En este sentido, me alegra la preocupación de Su Excelencia, Señor Presidente, por la condición básica del verdadero desarrollo, que es la educación. Brasil no puede renunciar a su mayor riqueza, el gran número de niños y jóvenes que necesitan ser integrados plenamente en la vida social, en el trabajo y en una efectiva ciudadanía. La bendición, que dentro de poco tendré el placer de impartir, simbólicamente, a la maqueta del Centro Integrado de Apoyo a los niños, deberá ser inspiradora de la prioridad absoluta que el Gobierno de Su Excelencia pretende dar a las instituciones escolares, privadas y públicas, que tengan el objetivo de ofrecer una enseñanza de buena calidad y una educación auténtica e integral. En efecto, esa educación es el fundamento principal de una auténtica sociedad democrática.

4. Prosigo el itinerario trazado para esta visita pastoral a través de varias capitales del Estado de la Federación, llevando este signo de esperanza que deseo recoger de Su Excelencia, como también de los Señores Senadores, Diputados y Ministros. El espíritu que me anima es portador de un afecto inmenso hacia los hijos de Brasil, a quienes en este momento deseo unirme en un gran abrazo. No pudiendo hacerlo personalmente, os pido a vosotros que lo hagáis por mí. Que todos sepan que el Papa estima al pueblo brasileño, su historia, sus luchas y sus conquistas. El Papa bendice a todos y a cada uno, desde Chuí hasta Oiapoque, desde los extremos de Acre hasta el archipiélago de Fernando de Noronha.

¡Que Dios bendiga a Brasil!

Que la paz y la concordia, junto con la prosperidad, tanto material como espiritual, estén con vosotros y que nuestra Señora Aparecida proteja la misión que la Providencia os ha encomendado.

¡Muchas gracias!


*L'Osservatore Romano. Edición semanal en lengua española, n. 43, p.5.



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