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VIAJE APOSTÓLICO A LOS ESTADOS UNIDOS

ENCUENTRO CON EL PERSONAL
DE LA ORGANIZACIÓN DE LAS NACIONES UNIDAS

 Salón de la Asamblea general de la ONU
Nueva York, 5 de octubre de 1995

 

Señoras y señores:

1. Me complace saludaros a vosotros, miembros del personal de la Organización de las Naciones Unidas, y reconocer la importante contribución que dais a esta organización mundial en sus esfuerzos por promover la armonía y la solidaridad entre los pueblos. Vuestro servicio aquí no es sólo un homenaje a vosotros mismos, sino también un signo de que los países de los que procedéis, están comprometidos a trabajar en favor de la justicia y la paz en el mundo.

2. Todos somos plenamente conscientes de que, por desgracia, nuestro mundo moderno sigue siendo aún testigo de terribles conflictos armados y tensiones políticas y económicas, que ofenden de modo indescriptible la vida y la libertad humanas. En este marco, ¿cómo no recordar, y encomendar a la misericordia amorosa de Dios, a todos los que dieron su vida al servicio de las Naciones Unidas y de sus ideales, especialmente a los que cayeron en las misiones pacificadoras y humanitarias? Su sacrificio forma parte de la historia de las Naciones Unidas.

Sin embargo, frente a la tragedia y el mal continuos no debemos perder la esperanza en el futuro, porque somos testigos de los esfuerzos sinceros de las naciones que luchan por trabajar juntas, buscando activamente políticas de colaboración y responsabilidad común, para afrontar tanto los problemas viejos como los nuevos.

En este clima de cooperación internacional, vuestra contribución como miembros del personal de la Organización de las Naciones Unidas es indispensable. Aportáis un patrimonio de ideas y experiencias de vuestros países y pueblos. Mostráis fidelidad y lealtad a vuestras propias tradiciones y culturas, al mismo tiempo que sois capaces de ver más allá de ellas. Manifestáis una solicitud especial por toda la familia humana. Quisiera aseguraros que en la obra de promover la justicia, construir la paz y garantizar que en todo el mundo se respeten la dignidad humana y los derechos humanos, contáis con el apoyo pleno y total de la Iglesia católica.

3. La Iglesia no da consejos técnicos, ni promueve programas políticos o económicos específicos. Más bien, habla al corazón humano y amplifica la voz de la conciencia humana. Procura educar y ennoblecer a los pueblos para que sean responsables de sí mismos y de los demás. En el ámbito de la comunidad de las naciones, el mensaje de la Iglesia es sencillo, pero absolutamente crucial para la supervivencia de la humanidad y del mundo: la persona humana ha de ser el verdadero centro de toda actividad social, política y económica.

Esta verdad, si se pone efectivamente en práctica, indicará el camino para sanar las divisiones entre ricos y pobres, para superar la desigualdad entre fuertes y débiles, y para reconciliar al hombre consigo mismo y con Dios, porque los hombres y las mujeres fueron creados a imagen y semejanza de Dios (cf. Gn 1, 27). Así, nunca se ha de considerar a las personas como objetos, ni sacrificarlas a intereses políticos, económicos o sociales. Nunca debemos permitir que las ideologías o la tecnología las manipulen o esclavicen. Lo prohíbe la dignidad y el valor que Dios les ha dado como seres humanos.

4. Queridos amigos, esta verdad tan importante para la actividad política nacional e internacional no lo es menos en el ámbito de vuestro trabajo diario aquí en la sede de las Naciones Unidas. Para vosotros, esto significa comprometeros decididamente, con honradez e integridad personal, en vuestro trabajo y en vuestras relaciones profesionales. Significa respetar las tradiciones religiosas y culturales de los demás, e, incluso, protegerlas y promoverlas, cuando sea necesario. Significa aplicar a vosotros mismos el modelo de conducta y de amabilidad que esperáis de los demás.

Y no sólo eso: significa también tener una solicitud muy especial por la vida familiar, tanto vuestra como de los demás. Los esfuerzos que requiere la formación de una familia, el cuidado de los hijos y la seguridad de que reciban una educación adecuada son, desde luego, cuestiones personales, pero también pueden demostrar el amor y la atención con las que servís a vuestros pueblos, a vuestras naciones y al mundo.

5. Al comienzo de mi pontificado, hace diecisiete años, escribí que era difícil decir qué rasgo dejaría el año 2000 en el rostro de la historia humana, saber qué aportaría a cada pueblo, nación, país y continente (cf. carta encíclica Redemptor hominis, 1). No es más fácil hoy predecir estas cosas, pero sé que vuestro delicado trabajo aquí, en las Naciones Unidas, es un signo prometedor de que el nuevo milenio verá un florecimiento de verdadera humanidad en la compasión, la apertura y la solidaridad entre los pueblos y las naciones.

Os encomiendo en mis oraciones a vosotros y a vuestras familias. ¡Que Dios todopoderoso os bendiga siempre y os fortalezca con su gracia y su paz, para que sigáis sirviéndole a través del servicio que prestáis a toda la familia humana!


*L'Osservatore Romano. Edición semanal en lengua española n.41, p.10.



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