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PAPA FRANCISCO

MISAS MATUTINAS EN LA CAPILLA
DE LA DOMUS SANCTAE MARTHAE

Santa Misa en sufragio del Padre Jacques Hamel

Miércoles 14 de septiembre de 2016

 

 

En la Cruz de Jesucristo —hoy la Iglesia celebra la fiesta de la Cruz de Cristo— entendemos plenamente el misterio de Cristo, este misterio de aniquilación, de cercanía a nosotros. Él, «siendo en la condición divina —dice Pablo—, no retuvo ávidamente ser igual que Dios, sino que se despojó de sí mismo tomando la condición de siervo haciéndose semejante a los hombres y apareciendo en su porte como hombre; obedeciendo hasta la muerte y muerte de cruz» (Fil 2, 6-8). Este es el misterio de Cristo. Este es un misterio que se hace martirio para la salvación de los hombres. Jesucristo, el primer mártir, el primero que da su vida por nosotros. Y de este misterio de Cristo comienza toda la historia del martirio cristiano, desde los primeros siglos hasta hoy.

Los primeros cristianos han hecho la confesión de Jesucristo pagando con su vida. A los primeros cristianos se les proponía la apostasía, es decir: «decid que nuestro dios es el verdadero, no el vuestro. Haced un sacrificio a nuestro dios o a nuestros dioses». Y cuando no hacían esto, cuando rechazaban la apostasía, eran asesinados. Esta historia se repite hasta hoy; y hoy en la Iglesia hay más mártires cristianos que en los primeros tiempos. Hoy hay cristianos asesinados, torturados, encarcelados, degollados porque no reniegan de Jesucristo. En esta historia, llegamos a nuestro «père Jacques»: él forma parte de esta cadena de mártires. Los cristianos que hoy sufren —sea en la cárcel, sea con la muerte o las torturas— por no renegar de Jesucristo, enseñan precisamente la crueldad de esta persecución. Y esta crueldad que pide la apostasía —digamos la palabra— es satánica. Y qué bien estaría que todas las confesiones religiosas dijeran: «matar en nombre de Dios es satánico».

El padre Jacques Hamel fue degollado en la Cruz, justo mientras celebraba el sacrificio de la Cruz de Cristo. Hombre bueno, amable, fraternal, que siempre intentaba hacer la paz, fue asesinado como si fuera un criminal. Este es el hilo satánico de la persecución. Pero hay una cosa, en este hombre que ha aceptado su martirio allí, con el martirio de Cristo, en el altar, hay una cosa que me hace pensar tanto: en mitad del momento difícil que vivía, en medio de esta tragedia que él veía venir, un hombre amable, un hombre bueno, un hombre fraternal, no perdió la lucidez de acusar y decir claramente el nombre del asesino, y dijo claramente: «¡vete, satanás!». Dio su vida por nosotros, dio la vida por no renegar de Jesús. Dio la vida en el mismo sacrificio de Jesús en el altar y de allí ha acusado al autor de la persecución: «¡vete, satanás!».

Que este ejemplo de valor, pero también el martirio de la propia vida, de despojarse de sí mismo para ayudar a los demás, de fraternidad entre los hombres, nos ayude a seguir adelante sin miedo. Que él desde el cielo —porque debemos rezarle, ¡es un mártir!, y los mártires son beatos, debemos rezarle— nos dé la humildad, la hermandad, la paz, y también el valor de decir la verdad: matar en nombre de Dios es satánico.

 



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