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DISCURSO DEL SANTO PADRE FRANCISCO
A
LOS PARTICIPANTES EN LA PEREGRINACIÓN DE LA DIÓCESIS DE BRESCIA

Basílica Vaticana
Sábado
22 de junio de 2013

 

Queridos hermanos y hermanas de la diócesis de Brescia, ¡buenos días!

Os doy las gracias porque me dais la posibilidad de compartir con vosotros el recuerdo del venerable siervo de Dios Pablo VI. Os saludo a todos con afecto, empezando por vuestro obispo, monseñor Luciano Monari, a quien agradezco las amables palabras. Saludo a los sacerdotes, religiosas, religiosos y fieles laicos. Esta es vuestra peregrinación en el Año de la fe, y es bello que hayáis querido realizarla en el 50° aniversario de la elección de vuestro gran conterráneo Pablo VI.

Serían muchas las cosas que quisiera decir y recordar de este gran Pontífice. Pensando en él, me limitaré a tres aspectos fundamentales que nos testimonió y enseñó, dejando que sean sus apasionadas palabras quienes los ilustren: el amor a Cristo, el amor a la Iglesia y el amor al hombre. Estas tres palabras son actitudes fundamentales, pero también apasionadas de Pablo VI.

Pablo VI supo testimoniar, en años difíciles, la fe en Jesucristo. Resuena aún, más viva que nunca, su invocación: «¡Oh Cristo, Tú nos eres necesario!». Sí, Jesús es más que nunca necesario al hombre de hoy, al mundo de hoy, porque en los «desiertos» de la ciudad secular Él nos habla de Dios, nos revela su rostro. El amor total a Cristo emerge en toda la vida de Montini, también en la elección del nombre como Papa, que él explicaba con estas palabras: es el Apóstol «que amó a Cristo en modo supremo, que en sumo grado deseó y se esforzó por llevar el Evangelio de Cristo a todas las gentes, que por amor a Cristo ofreció su vida» (Homilía [30 de junio de 1963]: AAS 55 [1963], 619). Y esta misma totalidad la indicaba al Concilio en el discurso de apertura de la segunda sesión en San Pablo Extramuros, al señalar el gran mosaico de la basílica donde el Papa Honorio III aparece en proporciones minúsculas a los pies de la gran figura de Cristo. Así estaba la Asamblea misma del Concilio: a los pies de Cristo, para ser siervos suyos y de su Evangelio (cf. Discurso [29 de septiembre de 1963]: AAS 55 [1963], 846-847).

Un profundo amor a Cristo no para poseerlo, sino para anunciarlo. Recordemos sus apasionadas palabras en Manila: «Cristo: sí, yo siento la necesidad de anunciarlo, no puedo callarlo... Él es el revelador del Dios invisible, es el primogénito de toda creatura, es el fundamento de todas las cosas; Él es el Maestro de la humanidad, es el Redentor... Él es el centro de la historia y del mundo; Él es Aquél que nos conoce y nos ama; Él es el compañero y el amigo de nuestra vida; Él es el hombre del dolor y de la esperanza; es Aquél que debe venir y que debe un día ser nuestro juez y, como esperamos, la plenitud eterna de nuestra existencia, nuestra felicidad» (Homilía, 29 de noviembre de 1970: L’Osservatore Romano, edición en lengua española, 13 de diciembre de 1970, p. 2). Estas apasionadas palabras son palabras grandes. Pero yo os confío una cosa: este discurso en Manila, pero también el de Nazaret, fueron para mí una fuerza espiritual, me hicieron mucho bien en mi vida. Y vuelvo a este discurso, vuelvo una y otra vez, porque me hace bien escuchar hoy esta palabra de Pablo VI. Y nosotros: ¿tenemos el mismo amor a Cristo? ¿Es el centro de nuestra vida? ¿Lo testimoniamos en las acciones de cada día?

El segundo punto: el amor a la Iglesia, un amor apasionado, el amor de toda una vida, gozoso y sufrido, expresado desde su primera encíclica, Ecclesiam suam. Pablo VI vivió todo el sufrimiento de la Iglesia después del Vaticano II: las luces, las esperanzas, las tensiones. Amó a la Iglesia y se entregó por ella sin reservas. En la Meditación ante la muerte escribía: «Querría abrazarla, saludarla, amarla, en cada uno de los seres que la componen, en cada obispo y sacerdote que la asiste y la guía, en cada alma que la vive y la ilustra» (L’Osservatore Romano, edición en lengua española, 12 de agosto de 1979, p. 12). Y en el Testamento se dirigía a ella con estas palabras: «Recibe mi supremo acto de amor con mi bendición y saludo» (L’Osservatore Romano, edición en lengua española, 20 de agosto de 1978, p. 12). Este es el corazón de un verdadero Pastor, de un auténtico cristiano, de un hombre capaz de amar. Pablo VI tenía una visión bien clara de que la Iglesia es una Madre que trae a Cristo y conduce a Cristo. En la exhortación apostólica Evangelii nuntiandi —según mi parecer, el documento pastoral más grande escrito hasta nuestros días— planteaba esta pregunta: «Después del Concilio y gracias al Concilio, que ha constituido para ella una hora de Dios en este ciclo de la historia, la Iglesia ¿es más o menos apta para anunciar el Evangelio y para introducirlo en el corazón del hombre con convicción, libertad de espíritu y eficacia?» (8 de diciembre de 1975, n. 4: AAS 68 [1976], 7). Y continuaba: la Iglesia «¿está anclada en el corazón del mundo y es suficientemente libre e independiente para interpelar al mundo? ¿Da testimonio de la propia solidaridad hacia los hombres y al mismo tiempo del Dios Absoluto? ¿Ha ganado en ardor contemplativo y de adoración, y pone más celo en la actividad misionera, caritativa, liberadora? ¿Es suficiente su empeño en el esfuerzo de buscar el restablecimiento de la plena unidad entre los cristianos, lo cual hace más eficaz el testimonio común, con el fin de que el mundo crea?» (ibid, n. 76: AAS 68 [1976], 67). Son interrogantes dirigidos también a nuestra Iglesia de hoy, a todos nosotros. Todos somos responsables de las respuestas y deberíamos preguntarnos: ¿somos realmente Iglesia unida a Cristo, para salir a anunciarlo a todos, incluso, y sobre todo, a las que yo llamo las «periferias existenciales», o estamos cerrados en nosotros mismos, en nuestros grupos, en nuestras pequeñas capillitas? ¿O amamos a la Iglesia grande, la Iglesia madre, la Iglesia que nos envía en misión y nos hace salir de nosotros mismos?

Y el tercer elemento: el amor al hombre. También esto está vinculado a Cristo: es la misma pasión de Dios la que nos impulsa a encontrar al hombre, a respetarle, a reconocerle, a servirle. En la última sesión del Vaticano II, Pablo VI pronunció un discurso que impresiona cada vez que se relee. En especial allí donde habla de la atención del Concilio hacia el hombre contemporáneo. Dice así: «El humanismo laico profano apareció al final en su terrible talla y, en cierto sentido, desafió al Concilio. La religión del Dios que se hizo Hombre se encontró con la religión del hombre que se hace Dios. ¿Qué sucedió? ¿Un choque, una lucha, una excomunión? Podía ser, pero no se dio. La antigua historia del Samaritano fue el paradigma de la espiritualidad del Concilio. Una simpatía inmensa lo invadió totalmente. El descubrimiento de las necesidades humanas... Dadles mérito de esto al menos vosotros, humanistas modernos, que renunciáis a la trascendencia de las cosas supremas, y reconoceréis nuestro nuevo humanismo: también nosotros, nosotros más que todos, somos los cultivadores del hombre» (Homilía [7 de diciembre de 1965]: AAS 58 [1966], 55-56). Y con una mirada global al trabajo del Concilio, observaba: «Toda esta riqueza doctrinal se orienta en una única dirección: servir al hombre. El hombre, digamos, en toda condición, en toda su enfermedad, en toda su necesidad. La Iglesia casi se ha declarado sierva de la humanidad» (idib, 57). Y esto también hoy nos da luz, en este mundo donde se niega al hombre, donde se prefiere caminar por la senda del gnosticismo, por el camino del pelagianismo, o del «nada de carne» —un Dios que no se hizo carne—, o del «nada de Dios» —el hombre «prometeico» que puede seguir adelante—. En este tiempo nosotros podemos decir las mismas cosas de Pablo VI: la Iglesia es la sierva del hombre, la Iglesia cree en Cristo que vino en la carne y por ello sirve al hombre, ama al hombre, cree en el hombre. Esta es la inspiración del gran Pablo VI.

Queridos amigos, encontrarnos en el nombre del venerable siervo de Dios Pablo VInos hace bien. Su testimonio alimenta en nosotros la llama del amor a Cristo, del amor a la Iglesia, del impulso a anunciar el Evangelio al hombre de hoy, con misericordia, con paciencia, con valentía, con alegría. Por esto, una vez más os doy las gracias. Os encomiendo a todos a la Virgen María, Madre de la Iglesia, y os bendigo a todos de corazón, junto a vuestros seres queridos, especialmente a los niños y a los enfermos.

 


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