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PALABRAS DEL SANTO PADRE FRANCISCO
A LOS VOLUNTARIOS QUE OFRECIERON SU COLABORACIÓN
DURANTE LAS CELEBRACIONES DEL AÑO DE LA FE

Sala Clementina
Lunes 25 de noviembre de 2013

 

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

El Año de la fe, que concluyó ayer, fue para los creyentes una ocasión providencial para reavivar la llama de la fe, esa llama que se nos confió el día del Bautismo, para que la custodiáramos y la compartiéramos. Durante este Año, Año especial, vosotros habéis entregado con generosidad parte de vuestro tiempo y de vuestras capacidades sobre todo al servicio de los itinerarios espirituales propuestos a los diversos grupos de fieles con apropiadas iniciativas pastorales. Os doy las gracias en nombre de la Iglesia, y juntos demos gracias al Señor por todo el bien que nos concede realizar.

En este tiempo de gracia hemos podido redescubrir lo esencial del camino cristiano, en el que la fe, juntamente con la caridad, ocupa el primer lugar. La fe, en efecto, es el fundamento de la experiencia cristiana, porque motiva las opciones y los actos de nuestra vida cotidiana. Ella es la vena inagotable de todo nuestro obrar, en la familia, el trabajo, la parroquia, con los amigos, en los diversos ambientes sociales. Y esta fe firme, genuina, se ve especialmente en los momentos de dificultad y de prueba: entonces el cristiano se deja tomar en brazos por Dios, y se estrecha a Él, con la seguridad de confiarse a un amor fuerte como roca indestructible. Precisamente en las situaciones de sufrimiento, si nos abandonamos a Dios con humildad, podemos dar un buen testimonio.

Queridos amigos y amigas, vuestro precioso servicio de voluntariado, para los diversos eventos del Año de la fe, os dio la ocasión de entender mejor que otros el entusiasmo de las distintas categorías de personas implicadas. Juntos debemos alabar verdaderamente al Señor por la intensidad espiritual y el ardor apostólico suscitados por tantas iniciativas pastorales promovidas en estos meses, en Roma y en todas las parte del mundo. Somos testigos de que la fe en Cristo es capaz de caldear el corazón, convirtiéndose realmente en la fuerza motriz de la nueva evangelización. Una fe vivida en profundidad y con convicción tiende a abrirse en amplio radio al anuncio del Evangelio. Es esta fe la que hace misioneras a nuestras comunidades. Y, en efecto, hay necesidad de comunidades cristianas comprometidas por un apostolado valiente, que alcance a las personas en sus ambientes, incluso en aquellos más difíciles.

Esta experiencia que habéis madurado en el Año de la fe ayuda ante todo a vosotros, a abriros vosotros mismos y vuestras comunidades al encuentro con los demás. Esto es importante, diría esencial. Sobre todo abrirse a quienes son más pobres de fe y de esperanza en su vida. Hablamos mucho de pobreza, pero no siempre pensamos en los pobres de fe: hay muchos. Son numerosas las personas que necesitan un gesto humano, una sonrisa, una palabra auténtica, un testimonio a través del cual percibir la cercanía de Jesucristo. Que a nadie falte este signo de amor y de ternura que nace de la fe.

Os agradezco e invoco sobre vosotros y vuestras familias la bendición del Señor.

 



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