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JUAN PABLO II

AUDIENCIA GENERAL

Miércoles 17 de diciembre de 1997

 

El tiempo del Evangelio

1. La entrada de la eternidad en el tiempo a través del misterio de la Encarnación hace que toda la vida de Cristo en la tierra sea un período excepcional. El arco de esta vida constituye un tiempo único, tiempo de la plenitud de la Revelación, en la que el Dios eterno nos habla en su Verbo encarnado a través del velo de su existencia humana.

Se trata del tiempo que permanecerá para siempre como punto de referencia normativo: el tiempo del Evangelio. Todos los cristianos lo reconocen como el tiempo en el que comienza su fe.

Es el tiempo de una vida humana que ha cambiado todas las vidas humanas. La vida de Cristo fue más bien breve; pero su intensidad y su valor son incomparables. Nos encontramos ante la mayor riqueza para la historia de la humanidad. Riqueza inagotable, porque es la riqueza de la eternidad y de la divinidad.

2. Particularmente afortunados fueron quienes, viviendo en el tiempo de Jesús, tuvieron la alegría de estar a su lado, verlo y escucharlo. Jesús mismo los llama bienaventurados: «¡Dichosos los ojos que ven lo que veis! Porque os digo que muchos profetas y reyes quisieron ver lo que vosotros veis, pero no lo vieron, y oír lo que vosotros oís, pero no lo oyeron» (Lc 10, 23-24).

La fórmula «os digo» permite comprender que la afirmación va más allá de una simple constatación del hecho histórico. Jesús pronuncia una palabra de revelación, que ilumina el sentido profundo de la historia. En el pasado que lo precede Jesús no ve sólo los acontecimientos externos que preparan su venida; contempla las aspiraciones profundas de los corazones, que subyacen en esos acontecimientos y anticipan su éxito final.

Gran parte de los contemporáneos de Jesús no se dan cuenta de su privilegio. Ven y oyen al Mesías sin reconocerlo como el Salvador esperado. Se dirigen a él sin saber que están hablando con el Ungido de Dios que anunciaron los profetas.

Jesús, al decirles «lo que vosotros veis», «lo que vosotros oís», los invita a captar el misterio, yendo más allá del velo de los sentidos. En esta penetración, ayuda sobre todo a sus discípulos: «A vosotros se os ha confiado el misterio del reino de Dios» (Mc 4, 11).

En este camino de los discípulos hacia el descubrimiento del misterio se enraiza nuestra fe, fundada precisamente en su testimonio. Nosotros no tenemos el privilegio de ver y oír a Jesús como era posible en los días de su vida terrena; pero, con la fe, recibimos la gracia inconmensurable de entrar en el misterio de Cristo y de su Reino.

3. El tiempo del Evangelio abre la puerta a un profundo conocimiento de la persona de Cristo. A este propósito, podemos recordar las palabras del conmovedor reproche que hace Jesús a Felipe: «¿Tanto tiempo hace que estoy con vosotros y no me conoces, Felipe? » (Jn 14, 9). Jesús esperaba un conocimiento penetrante y lleno de amor por parte de quien, siendo apóstol, vivía en una relación muy estrecha con el Maestro y, precisamente por esta intimidad, hubiera debido comprender que en él se manifestaba el rostro del Padre. «El que me ha visto a mí, ha visto al Padre» (Jn 14, 9). El discípulo está llamado a descubrir en el rostro de Cristo, con la mirada de la fe, el rostro invisible del Padre.

4. El Evangelio presenta el arco de la vida terrena de Cristo como tiempo de bodas. Es un tiempo para difundir la alegría. «¿Pueden acaso ayunar los invitados a la boda mientras el novio está con ellos? Mientras tengan consigo al novio no pueden ayunar» (Mc 2, 19). Jesús usa aquí una imagen sencilla y sugestiva. Él es el esposo que inaugura la fiesta de sus bodas, bodas del amor entre Dios y la humanidad. Él es el esposo que quiere comunicar su alegría. Los amigos del esposo son invitados a compartirla, participando en el banquete.

Sin embargo, precisamente en el mismo marco nupcial, Jesús anuncia el momento en el que ya no estará presente: «Días vendrán en que les será arrebatado el novio; entonces ayunarán» (Mc 2, 20): es una clara alusión a su sacrificio. Jesús sabe que a la alegría seguirá la tristeza. Sus discípulos entonces «ayunarán», o sea, sufrirán participando en su pasión.

La venida de Cristo a la tierra, con toda la alegría que conlleva para la humanidad, está relacionada indisolublemente con el sufrimiento. La fiesta nupcial está marcada por el drama de la cruz, pero culminará en la alegría pascual.

5. Este drama es el fruto del inevitable enfrentamiento de Cristo con la potencia del mal: «La luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas n ola vencieron» (Jn1,5). Los pecados de todos los hombres desempeñan un papel esencial en este drama. Pero fue particularmente doloroso para Cristo que una parte de su pueblo no lo reconociera. Dirigiéndose a la ciudad de Jerusalén, le reprocha: «No has conocido el tiempo de tu visita» (Lc 19, 44).

El tiempo de la presencia terrena de Cristo era el tiempo de la visita de Dios. Ciertamente, no faltaron quienes dieron una respuesta positiva, la respuesta de la fe. Antes de referirse al llanto de Jesús sobre la ciudad rebelde (cf. Lc 19, 41-44), san Lucas nos describe su ingreso «real», «mesiánico» en Jerusalén, cuando «toda la multitud de los discípulos, con gran alegría, se puso a alabar a Dios a grandes voces, por todos los milagros que habían visto. Decían: "Bendito el rey que viene en nombre del Señor. Paz en el cielo y gloria en las alturas"» (Lc 19, 37-38). Pero este entusiasmo no podía ocultar, a los ojos de Jesús, la amarga evidencia de ser rechazado por los jefes de su pueblo y por la multitud que ellos instigaban.

Por lo demás, antes de la entrada triunfal en Jerusalén, Jesús había anunciado su sacrificio: «El Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos» (Mc 10, 45; cf. Mt 20, 28).

Así, el tiempo de la vida terrena de Cristo se caracteriza por su ofrenda redentora. Es el tiempo del misterio pascual de muerte y resurrección, de la que brota la salvación de los hombres.


Saludos

Saludo con afecto a todos los peregrinos de América Latina y España, y en particular a la Rondalla y al Ballet juvenil de Puerto Rico. Que el tiempo litúrgico del Adviento os ayude a abrir las puertas de vuestro corazón a un conocimiento profundo de la persona de Cristo, que viene a salvarnos. Con este deseo, os imparto de corazón la bendición apostólica.

(A los «Mensajeros de la luz de Belén»)
Anunciad por doquier que la luz de Belén es la luz de la esperanza. Para que la venida de Cristo al mundo signifique una etapa nueva y decisiva en la historia de la humanidad, el comienzo de su renacimiento espiritual. Queridos hermanos y hermanas, el sincero retorno a Cristo y a su Evangelio puede llevar a la suspirada renovación también de vuestra comunidad nacional. Cristo viene y quiere permanecer con vosotros. Abridle vuestro corazón. Esta es mi felicitación navideña para vosotros y para todos los eslovacos. Con estos sentimientos os bendigo de corazón.

(En italiano)

(A un grupo de panaderos de Roma )
Que en cada casa, con ocasión de la Navidad, haya pan para todos: el pan material y el pan espiritual de la gracia y del amor de Dios.

(A los jóvenes, los enfermos y los recién casados)

La Navidad, ya cercana, nos invita a renunciar a todo lo que es tiniebla para acoger a la verdadera luz, Jesús, el Hijo de Dios hecho hombre.

La luz de Cristo, queridos jóvenes, ilumine vuestra juventud; os ayude a vosotros, queridos enfermos, a descubrir, más allá de los sufrimientos presentes, el designio providencial de amor del Señor; y haga vuestra unión, queridos recién casados, cada vez más sólida y generosa.

 

© Copyright 1997 - Libreria Editrice Vaticana 

 



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