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MENSAJE DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
A LOS COMITÉS NACIONALES DEL UNICEF REUNIDOS EN ROMA*

 

1. Esta es la primera vez, a lo largo de la historia del Unicef, que los representantes de todos los Comités nacionales se reúnen para reflexionar sobre su tarea y su misión. Siento una especial alegría por poder saludar a cada uno de ustedes, pues, sea cual fuere su historia personal o su país de origen, la principal inspiración que les ha reunido en estos días es la de una genuina preocupación e interés para que todos los niños de nuestro mundo tengan una vida más digna y un futuro mejor.

Siempre podrán contar con el apoyo de la Iglesia católica en tan noble tarea, en cualquier parte del globo. No podría ser de otro modo con una Iglesia que recibe su misión de Jesucristo, que se identificaba a Sí mismo con los más humildes cuando decía: “El que por mí recibiere a un niño como éste, a mí me recibe” (Mt 18, 5).

Los Comités nacionales que ustedes representan constituyen un signo del interés y las preocupaciones de tantos colegas (y también de tantos niños) por la infancia menos afortunada del mundo. Uno de los aspectos originales de la estructura del Unicef es el reconocer que la tarea de trabajar con éxito por el bien de los niños, a lo largo y ancho del mundo, no puede ser llevada a cabo con efectividad a través de una agencia central internacional que opere sólo aisladamente, sino que requiere la contribución y la participación de una amplia escala de ciudadanos de numerosos países. Sólo de este modo es posible crear conciencia de las profundas dimensiones de los problemas implicados y construir un genuino entramado de solidaridad humana, necesaria para dar soluciones integrales a tales cuestiones.

2. Originariamente el Unicef fue creado como “Fundación de emergencia”. Y, aunque la palabra “emergencia” haya sido retirada del título, el hecho es que la situación de numerosos niños en todas las partes del mundo es cada vez más trágica. De hecho, junto a situaciones propias de algunas partes en las que los niños carecen de las más elementales necesidades físicas, incluso para poder sobrevivir, están surgiendo nuevas formas de sufrimiento de las que son víctimas los niños de otras partes del mundo, debido a una crisis moral y cultural. Como consecuencia directa de esto, los niños carecen de ese amor desinteresado de sus padres, al que tienen derecho, y sin el cual nunca podrán ser felices ni alcanzar el desarrollo personal. Estoy pensando, por ejemplo, en el sufrimiento causado por los efectos del hundimiento de tantas familias.

3. En esta última parte del siglo XX, nuestra sociedad está pidiendo un juicio sobre sí misma, porque, a pesar del progreso tecnológico y médico y del avance en el campo de las comunicaciones, muchos de los miembros más débiles de esta sociedad siguen sufriendo y muriendo al carecer de los recursos más simples y básicos que podrían de hecho estar a su disposición. Y a pesar de este hecho, que, debido a las modernas comunicaciones, ninguno puede disculparse diciendo que no lo conoce, hay muchos hombres y mujeres que siguen practicando y transmitiendo un estilo de vida basado en el consumismo egoísta, en una exagerada posesión e incluso en el despilfarro de los recursos de la tierra.

Si consideramos los problemas en profundidad, percibimos que la situación en la que tantos niños se ven privados de los medios básicos de supervivencia, está vinculada a una visión de la vida cerrada en sí misma, que impide la entrega personal y la solidaridad. Una de las grandes crisis de conciencia de la sociedad contemporánea es la desatención al misterio y carácter sagrado del don de la vida, manipulado con excesiva facilidad en un modo que no respeta la verdadera naturaleza y destino de la persona humana, o a veces suprimido, en momentos de menor defensa.

Recurro hoy a ustedes, que han venido a Roma como representantes de las genuinas ansiedades de tanta gente de nuestro mundo, para que consideren, como elemento fundamental de su trabajo en pro del bien de los niños, la tarea de la educación de las conciencias de cara a la plena estima del valor de todas y cada una de las vidas humanas, y especialmente de las de los más indefensos.

4. Son ustedes conscientes de que, sin subestimar la urgencia de los problemas que pretenden asegurar la supervivencia de los niños, su tarea puede conducirles más allá, hasta poder llegar a ofrecer a todos los niños del mundo la posibilidad de un genuino desarrollo físico, moral y espiritual, desde el principio de su vida hacia adelante.

En este contexto es de suma importancia el papel de la familia, y especialmente el de la madre. Ya saben que el futuro desarrollo humano del niño está vinculado a la salud de la madre, ya desde el momento en que tiene lugar la concepción, durante el embarazo y en los primeros años del desarrollo del niño. Conocen el valor de un ambiente familiar fuerte y amoroso, en el que padre y madre, hermanos, hermanas y parientes contribuyan a ayudar al niño a adquirir su identidad personal, cultural y religiosa.

No es posible trabajar por el bien del niño sin estar al mismo tiempo entre la vanguardia de quienes trabajan por la familia, ayudando a todas las familias a ser conscientes del potencial que está a su disposición para la formación de personas maduras, que serán la fuerza de la sociedad del mañana.

Hace justo un año, la Santa Sede presentaba a la Comunidad internacional y a todos los interesados en la misión de la familia en el mundo actual, una Carta de los Derechos de la Familia, que pretendía reforzar la conciencia del irreemplazable papel y posición de la familia, que “constituye algo más que una mera unidad jurídica, social y económica; constituye una comunidad de amor y solidaridad, adecuada como ninguna otra institución para enseñar y transmitir valores culturales, éticos, sociales, espirituales y religiosos, esenciales para el desarrollo y bienestar de sus propios miembros y de la sociedad” (Preámbulo E.). Cualquier violación de los derechos de la familia, cualquier política que conduzca al debilitamiento de la institución de la familia, no puede llevar a un progreso verdaderamente humano y cultural.

5. Los problemas humanos sólo se resolverán mediante soluciones que sean integralmente humanas. Proponer algo más bajo sería tratar a los demás seres humanos como de categoría inferior a la nuestra. Si en el desarrollo de su tarea pasaran ustedes por alto los valores espirituales, que en realidad forman parte de la herencia de todos los pueblos del mundo, estarían cerrando la puerta al total desarrollo del niño y condenándolo a una nueva forma de pobreza.

La tarea de ustedes implica el suministro de toda la ayuda material necesaria, especialmente a los pueblos de las naciones en vías de desarrollo. Pero nunca debemos pasar por alto que estos pueblos, a pesar de su pobreza material, poseen un caudal de valores culturales que afectan a la solidaridad humana, al amor y a la vida, y que afectan especialmente al niño. El bien de la humanidad exige que estos valores no sólo sean respetados, sino también fomentados y reconocidos como signos orientadores por quienes, al considerar el progreso material como fin en sí mismo, están perdiendo de vista los valores más profundos de la vida misma.

Con estas reflexiones, que brotan de una comprensión cristiana de la vida, que es sobre todo don de un Dios vida y amor, invoco la bendición de Dios sobre su tarea y sus organizaciones, sobre ustedes y sobre sus familias.

Vaticano, 16 de octubre de 1984

JUAN PABLO II


*L'Osservatore Romano. Edición semanal en lengua española, n. 50, p.15.



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