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MENSAJE DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
A LAS RELIGIOSAS ADORATRICES
DE LA SANGRE DE CRISTO


Lunes 5 de julio de 1999

 

Queridas hermanas Adoratrices de la Sangre de Cristo:

1. Me alegra daros a cada una mi cordial bienvenida, agradeciéndoos esta visita, mediante la cual, con ocasión de vuestro capítulo general a 165 años de la fundación de vuestro instituto, habéis querido testimoniar vuestra fidelidad al Sucesor de Pedro. Deseo expresaros mi aprecio por todo el bien que habéis realizado y seguís realizando en diversas partes del mundo al servicio del Evangelio, y sobre todo por el amor con que acogéis en vuestra vida de mujeres consagradas las expectativas y las necesidades de vuestros hermanos más pequeños y pobres.

La asamblea capitular es una ocasión oportuna para reflexionar en la misión particular que el Señor os confía, a fin de que la experiencia madurada por vuestro instituto a lo largo de los años constituya, en el umbral de un nuevo milenio cristiano, la feliz premisa de un renovado servicio a la difusión del Evangelio en el mundo.

Vuestra congregación nació de la fe intrépida y del celo misionero de dos grandes almas que, tomando como modelo a Aquel que reconcilió al hombre con Dios, «haciéndose obediente hasta la muerte y muerte de cruz» (Flp 2, 8), descubrieron en la espiritualidad de la sangre de Cristo el camino real para llevar hacia Dios a sus hermanos y suscitar en ellos una conciencia más intensa de la fraternidad sobrenatural entre los hombres redimidos.

Frente a las nuevas doctrinas y costumbres que perturbaban la vida religiosa y moral de sus contemporáneos, san Gaspar del Búfalo y la beata María De Mattias quisieron testimoniar con sus palabras y obras que el hombre sólo halla su salvación en Aquel que por amor derramó su sangre. Esa certeza los impulsó a trabajar incansablemente en el anuncio del Evangelio, en la formación de las conciencias y en el servicio a los pobres.

En particular, vuestra fundadora, a quien las palabras y el ejemplo de san Gaspar abrieron nuevas e imprevistas posibilidades de consagración a Dios, se sintió llamada a sostener con las riquezas del genio femenino la buena nueva de la eficacia redentora de la sangre de Cristo. Desde esta perspectiva, fundó una nueva familia religiosa que, en su nombre y en su estilo de vida, reflejara el anhelo de salvación universal, de reconciliación y de solidaridad que nace de la contemplación de la sangre derramada por el Redentor en la cruz.

La beata María De Mattias, mística ardiente y apasionada mujer de acción, con su incansable labor educativa y evangelizadora, abrió nuevos caminos para la presencia de la mujer en la Iglesia, proponiendo modelos originales de servicio al Evangelio.

2. Con el deseo de ser fieles al carisma de vuestra fundadora, habéis decidido aprovechar el capítulo general para examinar el fundamento de la espiritualidad de la congregación y leer vuestra misión a la luz del principio fecundo heredado de ella: el carácter sagrado de toda persona redimida por la sangre de Cristo. Esto os ha llevado a considerar con fe las necesidades y los problemas que plantean los diferentes y difíciles ambientes donde estáis presentes, vislumbrando en ellos providenciales «signos de los tiempos» con los que el Señor os llama a una renovada fidelidad al carisma originario en las nuevas condiciones de vida de la Iglesia y del mundo.

Analizáis el presente para proyectar el futuro, pero siempre muy conscientes de vuestro pasado, por el que dais gracias al Señor. Generaciones enteras de vuestras hermanas han anunciado y testimoniado generosamente el amor de Dios a los pobres, los oprimidos y los marginados; han puesto todo su empeño en realizar la unidad en la diversidad, mediante la escucha y el diálogo; han cultivado en el recogimiento la contemplación, que transforma la vida personal y comunitaria en una gozosa participación en la cruz de Cristo, con la que se edifica la Iglesia, Cuerpo místico de Cristo.

3. La exigencia de reflejar de manera cada vez más viva, en el umbral del tercer milenio, la caridad divina, cuyo signo, expresión, medida y prenda es la sangre de Cristo, os llama a convertir vuestras comunidades en signos vivos del amor fiel de Dios. Esto requiere que cada una de vosotras, en sus relaciones diarias, se deje guiar por una mirada de amor sobrenatural hacia todas sus hermanas y hacia cuantos encuentra en su camino. Sólo una actitud contemplativa, alimentada por la meditación de la palabra de Dios y la oración constante, os permitirá esa manera de afrontar el ambiente humano que os rodea, y os llevará a aceptar las diferencias personales y culturales como posibilidades de enriquecimiento del carisma originario para una acción apostólica cada vez más eficaz en el mundo de hoy. Desde este punto de vista, incluso los aspectos de organización y actividad ordinaria de la vida religiosa serán ocasiones para renovar vuestra fidelidad personal y comunitaria a Cristo. Así podréis construir comunidades multiculturales, enraizadas en el carisma de la congregación y, siguiendo las huellas de vuestra fundadora, fecundas en opciones originales y generosas.

En la actual situación histórica, marcada por preocupantes divisiones y desigualdades, es de suma importancia que todas vuestras comunidades promuevan una acción conciliadora y solidaria, defendiendo la vida dondequiera que esté amenazada y corra peligro, y dando esperanza donde las heridas son más profundas, donde los derechos de la persona son ultrajados y donde se eleva el grito silencioso de los últimos.

4. Por otra parte, será necesario poner particular atención en la formación inicial y permanente de las religiosas, para prepararlas de modo adecuado a responder a los desafíos de nuestro tiempo, actualizando y aprovechando el patrimonio espiritual de vuestro instituto.

La conciencia de la vocación común de Adoratrices de la Sangre de Cristo os llevará a vivir la obediencia evangélica en el ámbito de relaciones interpersonales auténticas y fraternas, buscando siempre la voluntad de Dios. Fruto de este compromiso será el crecimiento en la corresponsabilidad y en la participación en la vida comunitaria, que os permitirá responder cada vez mejor a las exigencias del reino de Cristo.

Esta situación también hará posible y fecunda la implicación de los fieles laicos no sólo en los diversos servicios, sino también en la espiritualidad de la congregación, permitiendo que su colaboración se transforme en participación activa en la única misión.

5. Amadísimas hermanas, considerad vuestra vocación de Adoratrices de la Sangre de Cristo como un don valioso para toda la Iglesia, y comprometeos a vivir en perenne sintonía con su misión evangelizadora. Sentíos instrumentos privilegiados de la alianza realizada en la sangre preciosa de Cristo y testimoniad con fervor siempre nuevo los grandes valores de la reconciliación y la paz, dondequiera que la Providencia os llame a trabajar, y particularmente entre los jóvenes y las personas alejadas de la Iglesia. Ojalá que vuestras comunidades sean un anuncio concreto de la civilización del amor, que tiene en Cristo crucificado y resucitado su fundamento y su esperanza.

Quiero dirigir unas palabras en particular a las religiosas ancianas y enfermas, que constituyen un apoyo espiritual insustituible para la congregación: queridas hermanas, considerad vuestra condición como una ayuda valiosa para el apostolado de vuestras hermanas y para la vida de la Iglesia.

Asimismo, pienso con gratitud y afecto en las hermanas comprometidas en las fronteras de la misión ad gentes y en los lugares donde reinan la guerra, la marginación y la violencia. Deseo enviarles unas palabras especiales de aprecio, que les sirvan de consuelo en su trabajo y de aliento para perseverar en medio de las dificultades y las pruebas, interpretadas con fe como una prolongación de la pasión de Cristo.

6. Queridas hermanas, ojalá que el amor y la devoción a la sangre de Cristo, que iluminaron y transformaron la vida de la beata María De Mattias, constituyan para cada una de vosotras un constante punto de referencia en la oración y la acción, a fin de contribuir de modo eficaz a la misión de la Iglesia, cuyo único objetivo es llevar hacia Cristo a los hombres y mujeres de todos los tiempos.

Encomiendo vuestra congregación a la protección celestial de la santísima Virgen. Que ella haga fructificar los trabajos de vuestro capítulo general y os transforme con su ternura materna en mujeres sabias, fieles y generosas.

Con estos deseos, imparto de buen grado la bendición apostólica a la madre general, a las capitulares y a todas las hermanas, así como a las múltiples iniciativas con que expresáis vuestro celo de Adoratrices de la Sangre de Cristo.



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