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DISCURSO DE SU SANTIDAD JUAN PABLO II
A TRES NUEVOS EMBAJADORES ANTE LA SANTA SEDE
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Jueves 16 de noviembre de 1995

 

Excelencias:

1. Me complace daros la bienvenida hoy al Vaticano y aceptar las Cartas Credenciales que os acreditan como Embajadores Extraordinarios y Plenipotenciarios de vuestros respectivos países. Representáis a Estados que pertenecen a tres continentes diferentes: diferentes en la historia de su desarrollo como naciones, así como en sus tradiciones culturales y religiosas, pero unidos en una cordial atención y estima a la Iglesia. La ex República yugoslava de Macedonia y Surinam están representados aquí por primera vez, mientras que las relaciones con la República Islámica de Pakistán se remontan a los primeros años de su independencia nacional. Pido a Dios que vuestra misión ante la Santa Sede os brinde la oportunidad no sólo de servir a vuestros propios países, sino también de profundizar vuestra comprensión de las profundas verdades religiosas y humanitarias y los valores que inspiran el servicio de la Iglesia Católica a la familia humana.

2. La situación de la familia humana en el final del siglo XX presenta un cuadro de vivos contrastes. Aunque hay un difundido e intenso anhelo de paz y bienestar, en todos los continentes los intereses étnicos, nacionalistas y económicos siguen suscitando rivalidades y violencia. Algunas sociedades han alcanzado niveles de riqueza y bienestar sin precedentes, mientras que otros millones de seres humanos siguen oprimidos por la pobreza, el hambre y todo tipo de injusticias. Aunque existen conocimientos y habilidad para crear elevados niveles de vida, de educación y de atención sanitaria en todos los rincones de la tierra, este desarrollo parece inadecuado frente a las antiguas y nuevas barreras levantadas por prejuicios profundamente arraigados y divisiones aparentemente insuperables dentro de la familia humana. Y sin embargo, vuestra profesión diplomática y la misión que empezáis hoy son signos de la voluntad de vuestros pueblos de avanzar por el camino del desarrollo y el progreso, a pesar de los obstáculos.

3. En el foro internacional, la Santa Sede desea ser una voz que transmita aliento y esperanza a la familia humana. Lo hace sobre todo porque la misión de la Iglesia consiste en predicar un mensaje de amor divino a toda la humanidad y de salvación a cada persona. En mi reciente discurso a las Naciones Unidas, con ocasión de su 50° aniversario, expresé la convicción de que «es la hora de una nueva esperanza, que nos exige quitar del futuro de la política y de la vida de los hombres la hipoteca paralizante del cinismo» (n. 15: L'Osservatore Romano, edición en Lengua Española, 13 de octubre de 1995, pág. 9). Este es un desafío que respetuosamente planteo a cada uno de vosotros. Confío que vosotros, como distinguidos representantes de vuestros países ante la Santa Sede, os dediquéis a los intereses de vuestros propios Gobiernos y al bien de vuestros propios pueblos, dentro del ámbito más amplio del auténtico servicio a la familia humana en su conjunto, teniendo como objetivo «un nuevo auge del espíritu humano, favorecido por una auténtica cultura de la libertad» (ib., 16). Que Dios Todopoderoso os sostenga en vuestra misión y en vuestra noble profesión. Sobre vosotros, vuestras familias y los pueblos que representáis, invoco de buen grado abundantes bendiciones divinas.


*L'Osservatore Romano. Edición Semanal en lengua española, n.50, p.20 (p.696).



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