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RADIOMENSAJE DEL SANTO PADRE JUAN XXIII
AL MUNDO EN FAVOR DE LA PAZ
*

Domingo 10 de septiembre de 1961

 

Señores cardenales,
venerables hermanos,
queridos hijos:

El apóstol Pedro, en sus palabras a los reunidos en la casa del centurión romano Cornelio, declara que todos los pueblos de la tierra están ya invitados conjuntamente a considerar la Paternidad Universal de Dios y resume la enseñanza celestial en la palabra de Paz: annuntians pacem per Jesum Christum (Act. X, 36).

Este mismo anuncio es anhelo de nuestro corazón de Padre y de obispo de la Santa Iglesia y se hace en nuestros labios más ansioso a medida de que las nubes parece que se acumulan en el horizonte.

Tenernos delante el recuerdo de los Papas que hace poco Nos han precedido, cuyo testimonio de solicitud y de exhortación angustiosa consta en la Historia. Nada se pierde con la paz.

Desde la exhortación de Pío X, en la inminencia de la primera conflagración europea (cf. AAS VI, 1914, p.373), pocos días antes de su santa muerte, hasta la encíclica de Benedicto XV Pacem, Dei munus pulcherrimum; desde la amonestación de Pío XI, que deseaba la verdadera paz, «non tam tabulis inscriptam, quam in animis consignatam» (cf Bula Infinita Dei, 29 de mayo de 1924; AAS XVI, 1924, p-213), hasta el llamamiento de extrema emoción de Pío XII, el 24 de agosto de 1939: «Es con la fuerza de la razón, y no con la de las armas, cómo la justicia se abre camino» (Pío XII, Discorsi e Radiomessaggi, I, 1939, p. 306), tenemos toda serie de invitaciones, a veces afligidas y vehementes, pero siempre paternales, al mundo entero, para que se guarde de todo peligro mientras aún sea tiempo, y asegurándole que nunca se pierde nada con la paz. Los caminos de la paz son los caminos de Dios y de las conquistas verdaderas.

Hacemos nuestra esta advertencia, dirigiéndola una vez más a cuantos tienen sobre su conciencia un más grave peso de responsabilidades públicas y reconocidas. La Iglesia, por su misma naturaleza, no puede quedar indiferente al dolor humano ni siquiera cuando sea apenas preocupación y temor. Precisamente por esto Nos invitamos a los gobernantes a que se hagan cargo de las tremendas responsabilidades que tienen ante la historia y, lo que más importa, ante el juicio de Dios, y les suplicamos que no cedan a presiones falaces y engañosas. De los hombres prudentes depende el que prevalezca no la fuerza, sino el derecho con negociaciones libres y leales y se consoliden la verdad y la justicia en la salvaguardia de las libertades esenciales y de los valores imprescindibles de cada pueblo y de cada hombre.

Bien ajenos de exagerar acerca de lo que, según cuanto refieren las fuentes de cotidiana información, sólo tienen hasta ahora apariencia de amenaza bélica —preferiríamos llamarlas demasiado jocosa y trágicamente deplorable apariencia—, es muy natural que Nos hagamos nuestra la solicitud angustiada de los Papas predecesores nuestros y la manifestemos como sagrada amonestación a todos nuestros hijos —por cuantos sentimos el derecho y el deber de llamarlos así—, a los creyentes en Dios y en Jesucristo y también a quienes no creen, porque todos pertenecen a Dios y a Jesucristo por derecho de origen y de redención.

Las dos columnas de la Iglesia, San Pedro y San Pablo, nos amonestan: el primero, con la afirmación, repetida muchas veces, de la "Paz en Cristo, hijo de Dios", y el segundo, el doctor de las gentes, con una indicación bien pormenorizada de consejos y advertencias oportunos por lo demás y apropiados a cuantos ocupan y ocuparán un puesto de responsabilidad en el curso de las generaciones humanas.

"Hermanos, confortaos en el Señor y en el poder de su fuerza..., que no es nuestra lucha contra carne y sangre, sino contra los principados, contra las potestades, contra los poderes mundanales de las tinieblas de este siglo, contra las huestes espirituales de la maldad que andan en las regiones aéreas" (Efes. 6, 10-12),

La conciencia y la plenitud de la paternidad de humilde sucesor de San Pedro y de custodio del depósito doctrinal que permanece siempre el Gran Libro abierto a todas las almas y a todas las naciones del mundo, depositario por tanto, del Evangelio de Cristo, nos hace cuidarnos bien de puntualizaciones personales concretas acerca de lo que en el mundo es hoy motivo de incertidumbre y de trepidación.

Al ir siguiendo a San Pablo en sus enseñanzas —que se refieren al comportamiento contra estos espíritus malignos, diseminados por el aire—, es interesante la descripción que nos deja de todo buen combatiente, puesto ya en acto de estar pronto contra su adversario: "In omnibus perfecti stare: manteneos ceñidos con la verdad, revestida la coraza de la justicia; calzaos los pies, prontos para anunciar el Evangelio de la paz, Evangelium pacis. Abrazad en todo momento el escudo de la fe, con que podáis hacer inútiles los decididos dardos del maligno; tomad el yelmo de la salud y la espada del espíritu, que es la palabra de Dios" (Efes., 6, 14,17). Toda una imagen de armas espirituales, a través de la cual, amados hermanos nuestros e hijos, vosotros descubrís indicaciones, en todo tiempo y circunstancias, ante cualquier acontecimiento. Guerra espiritual la que viene del Maligno, y de las indisciplinadas inclinaciones naturales; pero siempre guerra, y siempre incendio nefasto, que todo lo puede penetrar y destruir.

Así, pues, siguiendo las huellas del Apóstol de las Gentes nos vemos llevados al punto más luminoso y sólido, en el que plantear las actitudes del espíritu cristiano frente a lo que la Providencia quiere disponer o permitir. Entre las dos palabras: guerra o paz, se entrelazan las angustias y las esperanzas del mundo, los afanes o la alegría de la vida individual y social. 

Quien no olvida la historia del pasado más o menos lejano, un pasado encerrado en los viejos libros de épocas desgraciadas, y lleva todavía en los ojos el color sangriento de las impresiones del medio siglo que transcurrió desde 1914 hasta hoy, y recuerda los sufrimientos de nuestras gentes y de nuestras tierras —con los varios intersticios de una y otra tribulación—, tiembla de espanto por lo que pueda sobrevenir a cada uno de nosotros y al mundo entero. Toda lucha bélica basta para transformar y destruir las fisonomías de las personas, de los pueblos y de las regiones. ¿Qué podría suceder en nuestros días con los asombrosos resultados de los nuevos instrumentos de destrucción y de ruina que el ingenio humano continúa multiplicando para universal desventura?

Nos hizo siempre grande impresión desde nuestra juventud aquel antiguo grito desesperado de Desiderio, rey de los longobardos, el cual, al ver aparecer sobre los Alpes los ejércitos de Carlomagno, mesándose los cabellos, gritaba: O ferrum, heu ferrum¡[1]. Pues ¿qué decir de los modernos instrumentos de guerra arrancados ahora a los secretos de la Naturaleza, con el despliegue de energía ultrapotente para asolar y destruir?

Gracias al Señor, hasta ahora nos complacemos en creer que ninguna seria amenaza de horas tristes, próximas o lejanas, se acerque a realización. El haber también Nos hecho alusión a eso mientras, por otra parte, los periódicos de todos los países se ocupan de ello, no quiere ser sino una ocasión más de llamamiento y de invocación confiada a la prudencia serena y segura de cuantos hombres de Estado y hombres de Gobierno están en cada una de las naciones al frente de la cosa pública.

Es verdad que el apóstol Pablo, al terminar su carta a los de Éfeso desde Roma, donde se encontraba entonces prisionero, atado con una cadena a un soldado romano que le custodiaba, se inspirara en la armadura militar para indicar a los cristianos las armas necesarias para defenderse y derrotar a los enemigos espirituales. Y nos sorprende que al final de su enumeración ponga de relieve singularmente como arma más eficaz la oración.

Escuchad qué palabras: «Tomad el yelmo de la salud, la espada del espíritu, que es la palabra de Dios con toda suerte de oraciones y plegarias, orando en todo tiempo con fervor, siempre en continuas súplicas a todos los santos» (Efes. 6, 17-18).

Con esta invitación calurosa nos transporta el Doctor de las Gentes a la intención especial de esta nuestra conmovedora reunión de almas, a la cual ha bastado una simple indicación para congregarse y para adquirir proporciones inmensas de elevación espiritual hacia el orden y la paz. Es familiar para los hijos de la Iglesia católica esta aspiración y esta invocación. En los días tristes, la plegaria universal a Dios omnipotente creador del Universo, al Hijo suyo Cristo Jesús hecho hombre por la salvación del género humano, al Espíritu Santo, Señor y vivificante, ha encontrado respuestas codiciosas del cielo y en la tierra, que fijaron páginas augustísimas y gloriosas ere la historia de la humanidad y en la historia de cada nación. Conviene abrir nuestros corazones, vaciarlos de las malicia con que a veces trata de contaminarlos el espíritu del error y del mal, y purificados así, mantenerlos elevados a lo alto con certidumbre de lo bienes celestiales, que serán también prosperidad de bienes de la tierra,

Venerables hermanos y amados hijos: Esta reunión de nuestras almas en forma sencilla y espontánea aspira a ser la primera —quizá— de una serie de pacificas asambleas siempre proclamadas por varios clamores y animadas por sinceros sentimientos de elevación y de paz que aseguran la tranquilidad y la nobleza de la vida en la dulzura de la cristiana convivencia, que en Cristo es divina fraternidad y gusto anticipado de los gozos celestiales.

No olvidéis que la Iglesia católica, esparcida en todo el orbe terráqueo, hoy, por desgracia, inquieto y dividido, está preparando una reunión universal —el Concilio Ecuménico— que mira a la verdadera fraternidad de las gentes que exalta a Cristo Jesús, Rey glorioso e inmortal de los siglos y de los pueblos, Luz del mundo que inspira verdad y vida.

Esta tarde, durante el santo sacrificio de la misa, la Sangre de Cristo Jesús ha descendido sobre muestras espaldas, sobre nuestras vidas, sobre nuestras almas. Ella nos santifica, nos redime, nos embriaga. Hemos orado juntos, y de ello se alegra grandemente nuestro corazón. Continuemos en esta oración, según nos invita San Pablo al final de su conmovedora carta. Oremos entre nosotros y por nosotros y por cuantas criaturas de Dios se hallan esparcidas para constituir su Iglesia Santa y la familia humana, que también es enteramente suya. Deseamos dirigir nuestra invitación más apremiante a la oración a los sacerdotes, a las almas consagradas, a los inocentes, a los que sufren. Todos juntos oremos al Padre de las luces y de las gracias para que ilumine las mentes y mueva las voluntades de los grandes responsables de la vida o de la ruina de los pueblos; oremos por los pueblos mismos para que no se dejen obcecar por exasperantes nacionalismos o por rivalidades perniciosas y para que —como exhortamos con tantas instancias en nuestra encíclica Mater et Magistra— lleve a todos la armonía en las relaciones de convivencia social en la verdad, en la justicia, en el amor Roguemos todos para que mediante la penetración del espíritu cristiano prevalezca la moralidad en las costumbres; solidez de las familias cristianas, fuente de nobles energías de dignidad y prosperidad alegre.

Siempre roguemos todos juntos por la paz de Cristo acá abajo entre todos los hombres de buena voluntad: Ut cunctae familiae gentium peccati vulnere disgregatae suavissimo subdantur Christi imperio.

Así nos dirigimos, por fin, a la bienaventurada Virgen María, Madre de Jesús y Madre nuestra. ¿Sabríamos decidirnos con el corazón angustiado acerca del mayor problema de vida y de muerte que gravita sobre la humanidad entera sin que nos confiáramos a tu intercesión para ser preservados "a periculis cunctis"?

Esta es tu hora, ¡oh María! A ti nos confía Jesús bendito en el momento último de su sangriento sacrificio. Estamos seguros de tu intercesión.

El 8 de septiembre la santa Iglesia festejaba el aniversario de tu faustísimo nacimiento saludándolo como el comienzo de la salvación del mundo y celestial auspicio de incremento de paz. Sí, sí esto te suplicamos, ¡oh Madre nuestra justísima! ¡Oh Reina del mundo! El no tiene necesidad de guerras victoriosas o de pueblos vencidos. "Salutis exordium et pacis incrementum. Amén".

 


* AAS LIII (1961) 577- 582. Discorsi, messaggi, colloqui, vol. III, págs. 409-414.

[1] Monachi San Gallensis, Gesta Karoli, Lib. II, par. 17 (Monumenta Germaniae Historica Scriptores, t. 2, Hannoverae, p. 760, línea 3.

 

 



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