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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN XXIII
A LOS ATLETAS DE LOS JUEGOS OLÍMPICOS DE ROMA
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Miércoles 24 de agosto de 1960

 

Queridos atletas que tomáis parte en los Juegos Olímpicos de Roma:

Junto al obelisco de esta plaza, erigido antiguamente en medio del circo de Nerón, donde consta que Pedro, el Príncipe de los Apóstoles, sufrió el martirio, el pórtico de Bernini con sus dos inmensos brazos parece como que os abraza y os levanta para que os contemplemos.

Llenos de la misma desbordante benevolencia con que Nuestro Predecesor de inmortal memoria Pío X el año mil novecientos cinco recibió la visita del Barón Pedro De Coubertin, fundador de los Juegos Olímpicos, y aprobó ampliamente sus proyectos, deseamos en primer lugar agradeceros de corazón vuestra visita. Hace tiempo que os esperábamos, como antes de ahora hablando familiarmente lo habíamos manifestado, y ahora heos aquí presentes: con mucho gusto hemos venido hoy de Castelgandolfo para saludar en esta plaza de San Pedro a vuestros completos y ardorosos equipos.

Ojalá que el faustísimo acontecimiento de esta tarde, que evoca tantos recuerdos, os entre muy dentro del alma; de modo que cada uno de vosotros adquiera un sentimiento más elevado de su propia dignidad de atleta y escuche más claramente la arcana voz espiritual de Roma.

No podemos, ya se entiende, augurar la victoria a cada uno de los equipos gimnásticos o a cada uno de los atletas: gánenla los que aventajen a los demás. Pero esto no es óbice para que con todo Nuestro corazón deseemos que las competiciones de estos días sean útiles a todos vosotros, y que todos absolutamente saquéis provecho de ellas.

Pues no es más de estimar la palma ganada en el estadio, que el debido ejercicio corporal. Aunque la familia y quienes atienden a formar y educar bien a los jóvenes deben procurar que, en los juegos gimnásticos, no se mire únicamente al cuerpo, como al supremo bien del hombre, y que la afición a los ejercicios físicos no impida, como a veces sucede, el debido cumplimiento de las obligaciones, sin embargo es cierto que los honestos ejercicios corporales y las nobles luchas y competiciones deben ser miradas siempre como cosa honrosa y digna de alta recomendación. Puesto que, gracias a los ejercicios gimnásticos, se cultivan realmente varias dotes y cualidades de gran valor, como la salud, el vigor, la agilidad de los miembros, la gracia y hermosura, en lo que toca al cuerpo, y en lo que se refiere al alma, la constancia, la fortaleza y el hábito de la abnegación.

Por lo cual —estamos de ello plenamente persuadidos— en el desarrollo de los certámenes Olímpicos daréis a todos ejemplo de una sana emulación, exenta de envidias y disputas; en la lucha mostraréis vuestra serena constancia y jovialidad; modestos en la victoria, ecuánimes en el éxito adverso, tenaces en las dificultades, apareceréis como genuinos atletas y haréis ver a los innumerables espectadores la verdad del antiguo proverbio que recomendaba: mente sana en cuerpo sano.

Antes de despediros, queremos que penséis en el magnífico destino que Dios confió a Roma en lo tocante así al curso de los acontecimientos humanos, como a la sagrada religión.

Por una admirable disposición de la providencia de Dios, sucedió que esta Ciudad llegase a ser cabeza de un imperio, que intentó asociar con una misma civilización y con un mismo vínculo de unidad no sólo los pueblos bañados por el mar Mediterráneo, sino también los que habitaban regiones muy separadas de él.

Esta condición real, que favorecía grandemente la posibilidad de comunicaciones y la propagación de una lengua común, hizo, por disposición divina, que la ciudad de Roma fuera constituida oportunísimamente como centro de la religión cristiana, y esta misma ciudad, correspondiendo a tan excelsa dignidad, a través de los siglos, se ha esforzado intensamente con todas sus fuerzas por llevar a todos los pueblos los inapreciables bienes de la salvación evangélica, la caridad y la paz.

A poco que uno se fije en Roma, se le presentan a la vista, comprobando la verdad de lo dicho, no pocos monumentos y lugares antiguos, cuya voz, llena de majestad, no pueden menos de escuchar las personas bien formadas. El humilde Sucesor de Pedro, que os está hablando, desea grandemente que prestéis a esa voz vuestra benévola atención.

Por último, abrazándoos con el corazón conmovido a vosotros, que, aunque pertenecéis a naciones diversas, estáis fraternalmente asociados con la misma afición y el mismo propósito de los Juegos, rogamos amorosísimamente a Dios Omnipotente os conceda a vosotros, y, al mismo tiempo, a vuestros parientes y allegados, abundancia copiosa de bienes celestiales.

 


* AAS 52 (1960) 817-819; Discorsi, messaggi, colloqui, vol. II, págs. 456-458.

 

 



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