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PABLO VI

AUDIENCIA GENERAL

Miércoles 25 de noviembre de 1964

 

Queridos hijos e hijas:

Queremos invitaros, como es ya nuestra costumbre en estas audiencias generales, a buscar dentro de vosotros una de las impresiones que este momento, este lugar, esta escena, este encuentro con el Papa despiertan ciertamente en vuestras almas. Creemos que no vamos descaminados al decir que una de estas impresiones es la de le actualidad de la Iglesia, la Iglesia está aquí, la Iglesia está viva, la Iglesia es operante tanto en el secreto de los corazones como en su vasta organización capilar y mundial, o en los grandes problemas modernos.

Seguramente habréis escuchado los ecos de las discusiones del Concilio Ecuménico, que hace poco ha clausurado su tercera sesión; pues bien, habréis advertido lo extensas, lo animadas y agudas que han sido las discusiones del Concilio, que finalizarán, esperamos, en la próxima cuarta sesión, precisamente en torno al esquema que trató de la Iglesia en sus relaciones con el mundo contemporáneo; no hay aspecto esencial de la vida humana que escape a la atención de la Iglesia; tiene ojos y corazón para todo.

Pero en esta audiencia la actualidad de la Iglesia se manifiesta a los presentes, como de ordinario, bajo algunos aspectos particulares, que prestan al alma un sentimiento embriagador de maravilla. Por ejemplo, el descubrimiento de la continuidad histórica del Papado, que os ofrece, en la persona viva de un hombre tan pequeño y modesto como queráis, la permanencia auténtica de una misión que parte de Cristo. Su representación misteriosa y concreta, y también la delegación válida y operante de su poder. El tiempo parece anulado por esta visión de perspectiva que ha de ver a Cristo en su Vicario.

Los estudiosos de Roma del siglo pasado puestos en contacto con la experiencia espiritual, que vosotros estáis viviendo, volvían a recorrer las reminiscencias históricas del pasado y paladeaban la embriaguez de los recuerdos, que en el encuentro con el Papa parecían reanimarse y llenar de arcanas realidades la escena de la Basílica. Los hijos de nuestro tiempo, cuando captan esta impresión de las relaciones que unen al Papa de hoy con el pasado, hasta San Pedro, hasta Cristo, se detienen, sobre todo, en el último anillo de la larga cadena, se detienen en el presente, sienten la actualidad como una victoria sobre la caducidad de las cosas, como una realidad que se puede palpar, como un hecho de nuestro tiempo, un hecho de vida incontrastable. Y esto hace pensar, pues habitualmente el pensamiento de la gente de hoy se desinteresa de las cosas pasadas, o superadas, como las llama, y mira solamente las cosas que existen hoy y se esperan para el mañana. Hace que pensar, decíamos, encontrar aquí a la Iglesia no como una simple expresión del pasado, ni como un residuo apenas aparente de los siglos pasados, sino viviente y operante. La Iglesia no es un museo de recuerdos, es una comunidad viva.

Y el estupor crece, si observáis con detención, cuando descubrís que no solamente la Iglesia no está ausente del tiempo presente, sino que ni siquiera vive alejada de los problemas que interesan y apasionan a nuestra generación. Son siempre verdaderas las palabras del Papa León XIII: “La Iglesia, obra inmortal de Dios misericordioso, aunque por su naturaleza tenga como objetivo directo la salvación de las almas y la eterna felicidad del cielo; sin embargo, lleva consigo tales y tantos beneficios para el orden temporal, que no serían ni más ni mayores si estuviera directa y especialmente destinada a proporcionar la prosperidad de la vida presente” (Immortale Dei, 1885).

Esta observación, que para algunos aquí puede ser un descubrimiento, debe confirmar en todos vosotros la confianza en la Iglesia, ella no se separa de la realidad histórica y social, en la que vivimos, sino que más bien nos hace comprender esta realidad y nos ayuda a reaccionar ante ella, como hombres y como cristianos. No restringe el horizonte del interés humano; más bien extiende este horizonte y plantea a sus discípulos problemas inmensamente grandes, universales.

Confianza no basta. Si la impresión de la actualidad de la Iglesia es genuina, en estas circunstancias, también estimulará a participar en esta actualidad: ¿conocéis la historia actual de la Iglesia?, ¿conocéis los problemas de su cultura?, ¿seguís los esfuerzos que realiza para educar a los hombres en lo nuevo de la vida cristiana? (Rm 6, 4), ¿sabéis cuántas necesidades y cuántos sufrimientos la afligen?, ¿recordáis que cada uno de nosotros debe ser en este Cuerpo místico un miembro sano y activo, no muerto, ni enfermo, ni inerte?

La vida de la Iglesia demuestra aquí su actualidad, su intensidad, e invita a cada uno a comprender la dignidad y la fortuna, a compartir sus dolores, a promover el desarrollo y benéfica eficacia.

Auguramos que abriréis vuestros corazones a esta experiencia espiritual y que nuestra bendición los hará idóneos para, nuevos frutos de fidelidad cristiana.

 



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