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PEREGRINACIÓN DEL PAPA PABLO VI A TIERRA SANTA

DISCURSO ANTES DE SALIR PARA TIERRA SANTA

Aeropuerto de Fiumicino, Roma
Sábado 4 de enero de 1964

 

Señor presidente:

Su presencia en este aeropuerto, sus palabras en este momento, nos hacen un gran honor y nos alientan.

Escuchamos en su voz de jefe de Estado el eco fiel de los sentimientos del pueblo italiano, y no podemos silenciar nuestra viva complacencia y nuestro admirado reconocimiento.

Nos sentimos por ello obligados, antes de emprender nuestra peregrinación a Tierra Santa, a dirigir unas palabras de homenaje a vuestra excelencia, de saludo y de augurio a cuantas personalidades eclesiásticas, civiles y militares están aquí presentes y a todos los hombres de buena voluntad que nos miran en esta hora particularmente significativa.

Se ha dicho justamente que el sucesor del primero de los Apóstoles retorna, tras veinte siglos de historia, allá de donde Pedro salió llevando el mensaje cristiano. Y de hecho quiere ser nuestro retorno a la cuna del cristianismo, donde el grano de mostaza de la parábola evangélica echó las primeras raíces extendiéndose como árbol frondoso que ya cubre con su sombra todo el mundo (Mt 13, 31), una visita de oración a los lugares santificados por la Vida, Pasión y Resurrección de Nuestro Señor.

Es una peregrinación de plegaria y de penitencia para una participación más íntima y vital en los misterios de la redención y para proclamar cada vez más alto ante los hombres, como anunciamos en nuestro primer mensaje Urbi et Orbi, “que sólo en el Evangelio de Jesús está la salvación esperada y deseada; porque no hay bajo el cielo otro nombre dado a los hombres mediante el cual hayan de ser salvados” (Hch 4, 12).

En estos días en que la liturgia sagrada nos recuerda al Príncipe de la Paz, Nos le pediremos que dé al mundo este don precioso y que le consolide cada vez más entre los hombres, en las familias, entre los pueblos.

Presentaremos a Cristo su Iglesia universal, en su propósito de fidelidad al mandamiento del amor y de la unión que nos dejó como su último mandato. Llevaremos al Santo Sepulcro y a la gruta de la Natividad los deseos de cada uno, de las familias, de las naciones, sobre todo de las aspiraciones, las ansias, las penas de los enfermos, de los pobres, de los desheredados, de los afligidos, de los prófugos, de cuantos sufren, de los que lloran, de los que tienen hambre y sed de justicia,

En este momento en que estamos para elevarnos a las amplias rutas del cielo, nuestro pensamiento se vuelve a todos los pueblos, enviándoles un saludo de prosperidad y de bienestar. En particular recordamos a los pueblos de Oriente, a los que nos acercaremos más o que estarán presentes a lo largo del trayecto de nuestro viaje.

A todos abarcamos en nuestra oración y en nuestro saludo y les damos gracias también por todas las atenciones que se nos han dispensado en esta ocasión por los representantes diplomáticos de las diversas naciones, en particular por las autoridades italianas.

La bendición apostólica, con la que iniciamos nuestro peregrinar, sea prenda y expresión de nuestro recuerdo y afecto.

 



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