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 DISCURSO DE SU SANTIDAD PABLO VI
AL NUEVO EMBAJADOR DE BÉLGICA
ANTE LA SANTA SEDE*

Sábado 12 de agosto de 1972

 

Señor Embajador:

Nos somos muy sensible a las amables palabras que Vd. acaba de pronunciar y se las agradecemos vivamente. Le confiamos el encargo de transmitir nuestro respetuoso y cordial saludo a Su Majestad el Rey de los belgas y a Su Majestad la Reina, de quienes se ha hecho intérprete ante Nos.

En el momento en que Vd. asume la tarea de representar aquí a su noble país como Embajador Extraordinario y Plenipotenciario, Nos queremos expresar Nuestros mejores deseos para el cumplimiento de su alta misión, a fin de que ella contribuya a acrecentar los lazos de mutua confianza entre Bélgica y la Santa Sede, cuya existencia Vd. ha subrayado.

¿No justifican esta confianza las orientaciones fundamentales, que Vd. ha recordado brevemente? En realidad, dentro del concierto actual de las naciones nada es tan importante como una acción leal y perseverante a favor del desarrollo y de la paz.

En este campo, la edificación de la Comunidad europea, a la que contribuye su país, puede revelarse rica de esperanzas, a condición de que, según Nos hemos tenido ocasión de repetirlo en diversas ocasiones, esta Comunidad acierte a poner sus crecientes fuerzas al servicio de las elevadas finalidades que la Providencia y la historia le señalan.

Siendo, como es, una obra de largo alcance, tal empresa no deja de exigir a cada comunidad nacional una clara visión del bien común, además de la apertura al resto del mundo. Por esta razón, el profundo amor a la paz y el sentido de la comunidad internacional que Vd., señor Embajador, tan acertadamente ha subrayado, sólo pueden permanecer vivos y eficaces si se alimentan constantemente en las auténticas fuentes del sentido del hombre y salvan todas las dimensiones de la persona, llamada a cumplir su alto destino espiritual en el seno de la comunidad humana.

La Iglesia Católica lleva sobre sus hombros la responsabilidad del mensaje de salvación dirigido a todos los hombres. Sólo éste confiere al ideal humano su pleno alcance y su última justificación. Nos no olvidamos en absoluto que nuestros hijos católicos, muy numerosos en vuestro estimado país, desde hace mucho tiempo vienen dando pruebas de su gran generosidad para responder a su vocación cristiana y extender, muchas veces hasta más allá de sus fronteras, con la preocupación de la paz, la luz del Evangelio.

Los católicos ocupan un lugar importante en la vida intelectual y en diversos sectores de la vida de Bélgica. Nos alegramos de ello y estamos convencido de que seguirán aportando en estos diversos campos una contribución eficaz al bien de su patria, lo mismo que al de la Iglesia universal y al de toda la comunidad humana.

Lo que Nos acabamos de decir os descubrirá la postura espiritual con la que Nos os acogemos hoy. Rogamos al Señor por la prosperidad del amado pueblo de Bélgica, y de todo corazón Nos le impartimos, estimado señor Embajador, Nuestra paternal bendición apostólica, al iniciar su alta misión ante la Santa Sede.


*L'Osservatore Romano, edición en lengua española, n.35 p.4.

 



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