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DISCURSO DE SU SANTIDAD PABLO VI
AL EMBAJADOR DE IRÁN
ANTE LA SANTA SEDE
*

Lunes 4 de abril de 1977

 

Señor Embajador:

Os acogemos con los deseos de una bienvenida cordial, y agradecemos a V. E. de modo especial esas amables palabras que le honran, lo mismo que al noble país que representa ante la Santa Sede.

Desde hace tiempo, en efecto, el Irán suscita la estima y la simpatía de la Santa Sede, y las relaciones diplomáticas no hacen más que manifestar y reforzar las relaciones de cordialidad y de colaboración que deseamos aumenten. La historia de vuestro país no evoca sólo un pasado prestigioso y una cultura fecunda. Los responsables de hoy, y sobre todo su Majestad Imperial el Shahinshah Argamehr, manifiestan un vivo desvelo por fomentar todo aquello que, concretamente en los campos de la instrucción y del progreso técnico, puede contribuir a asegurar a sus conciudadanos la justa promoción a la que aspiran en el mundo moderno. Conocemos también el sentido religioso que anima a todo el conjunto del pueblo iraní en su fe monoteísta. Y esto constituye también un presagio feliz: estas fuerzas espirituales favorecen y garantizan un desarrollo digno del hombre, porque, en definitiva, una civilización no es grande sino por su alma.

En este contexto, ha evocado V. E., señor Embajador, el respeto y la acogida de que gozan las minorías religiosas, y en particular, las comunidades cristianas, dentro de la rica variedad de sus ritos. "Miembros por entero de la gran familia iraní", como usted se ha complacido en subrayar, dan testimonio efectivo de su arraigo, de su vitalidad religiosa, de una entrega leal y generosa al servicio de sus compatriotas. Nos alegramos del espíritu de fraternidad y de la cooperación armoniosa que marcan sus relaciones, de acuerdo con la gran tradición pacífica del Irán.

También a nivel de los grandes problemas internacionales, su país asume una participación muy activa. La humanidad necesita el concurso de todos los hombres de buena voluntad, totalmente decididos a consolidar la paz verdadera, que va al paso de la promoción de los derechos de la persona humana, de la realización de una justicia mayor para todos y de la ayuda a los ambientes y a los pueblos necesitados. Hay que establecer por doquier un clima de verdad y de fraternidad que correspondan a la voluntad del Creador y al respeto de los hombres. Ahí es donde se halla el leitmotiv de nuestros esfuerzos en las relaciones internacionales – V. E. será testigo de ello –, y no dudamos que coincidirán con los del pueblo iraní.

Quedamos reconocido a los deferentes sentimientos que su Augusto Soberano le ha encargado que nos manifieste; le rogamos que le transmita la seguridad de nuestro fiel recuerdo y de nuestros mejores deseos. Imploramos sobre él y sobre todos sus compatriotas las bendiciones del Todopoderoso, y para V. E. formulamos calurosos votos en el cumplimiento de su misión como Embajador ante la Santa Sede.


*L'Osservatore Romano, edición en lengua española, n.16, p.4.



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