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DISCURSO DE SU SANTIDAD PABLO VI
A LOS MIEMBROS DEL CONSEJO DE LA SECRETARÍA GENERAL
DEL SÍNODO DE LOS OBISPOS


Viernes 19 de mayo de 1978

 

(El Papa respondió a las palabras de saludo del cardenal Wojtyla  pronunciando en latín el siguiente discurso)

Sentimos gran gozo de poder saludaros a todos vosotros que, representando a todo el orbe católico, formáis el nuevo Consejo de la Secretaría general del Sínodo de los Obispos. Todavía se mantiene fresco en nuestra memoria el recuerdo de la última Asamblea sinodal que, ofreciendo un gran ejemplo de inteligencia pastoral, de sabiduría y de coordinación, trató con espléndidos resultados sobre un tema de enorme importancia: "La catequesis en nuestro tiempo con especial atención a los niños y a los jóvenes".

Unimos al saludo nuestra acción de gracias porque habéis dejado vuestras obligaciones diarias, con frecuencia importantes y numerosas, y os habéis reunido para estudiar en común las cuestiones que atañen al próximo Sínodo de los Obispos. En la preparación de esta Asamblea, hay que examinar ante todo los temas propuestos por las Conferencias Episcopales, de los que, como oportunamente dispondremos, habrán de ocuparse los padres durante la celebración de la antedicha Asamblea. Hay que revisar también, al menos en parte, el reglamento del Sínodo de los Obispos, pues conviene que se perfilen definitivamente las modificaciones que se introdujeron en él durante las Asambleas anteriores.

Vuestros trabajos se realizan precisamente en estos días que siguen a la fecha solemne "que —en palabras de San León Magno, nuestro antecesor— consagró el Espíritu Santo con el maravilloso portento de su gracia"; "El, que inspira la fe, enseña la ciencia, es fuente de amor... y constituye el origen de toda virtud" (Sermo 176, 1 y 5; PL 54, 400 y 403). Que El inspire los trabajos que habéis asumido para bien de toda la Iglesia, que los fecunde con su poder y les conceda su gracia, para que llevéis a cabo de la mejor manera posible la altísima misión que, como miembros del Colegio Episcopal y legítimos sucesores de los Apóstoles, os obliga a preocuparas por toda la Iglesia (cf. Lumen gentium, 23).

Finalmente os impartimos con gozo, a vosotros y a todos los que se han encomendado a vuestro cuidado, nuestra bendición apostólica, prenda de la ayuda divina y signo de nuestro amor.

 

 



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