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DISCURSO DEL SANTO PADRE PABLO VI
A UNA PEREGRINACIÓN DE LA ARCHIDIÓCESIS DE NÁPOLES

Sábado 27 de mayo de 1978

 

Hijos queridísimos:

Deseamos deciros que vuestra presencia tan grata nos proporciona profunda alegría por el entusiasmo incontenible que nos manifestáis en esta circunstancia rebosante de serenidad, que ve en torno a nuestra persona una nutrida representación muy cualificada de la XIV vicaría de la querida archidiócesis de Nápoles; las encantadoras ciudades de Casoria, Afragola, Arzano, Casavatore y Casalnuovo han querido enviaros corno mensajeros ante el Papa para proclamar y reafirmar públicamente la devoción de siglos y el afecto filial al Sucesor de Pedro y a la Sede Apostólica. De nuevo una vez más —podernos decirlo con toda sinceridad— el corazón vibrante y ardoroso de la archidiócesis de Nápoles ha dado prueba magnífica de su grandeza, de su fuerza, de su exuberante sinceridad proverbial.

Por ello queremos expresar nuestro agradecimiento a cuantos han preparado este encuentro inolvidable; al venerado y celoso Pastor vuestro, el cardenal Corrado Ursi, a los obispos, autoridades políticas, alcaldes de las distintas ciudades, sacerdotes, religiosos, religiosas, seminaristas, trabajadores, madres y padres, estudiantes y, en fin, a los distinguidos representantes del centro El Samaritano. A todos gracias mil por el regalo de esta visita.

Este encuentro cobra significado muy especial por el hecho de que la archidiócesis de Nápoles, con la solemnidad de Pentecostés recientemente celebrada, ha entrado en la preparación intensa del Sínodo diocesano que tendrá lugar el año próximo. Hacemos votos muy cordiales para que este importante acontecimiento eclesial sea aguijón de renovación eficaz, espiritual y pastoral, a la luz del Concilio Vaticano II.

Habéis venido en peregrinación a Roma, centro del catolicismo, para proclamar o, mejor, para gritar —podríamos decir— ante el mundo que sois cristianos, que estáis orgullosos y felices de serlo, y que queréis serlo cada vez más y con mayor empeño, coherencia y eficiencia.

Hijos queridísimos: Ser cristianos hoy supone una seriedad, una vigilancia, una generosidad y una entrega aún más decididas y transparentes que en el pasado. Los grandes medios de propaganda social no pocas veces difunden —y no sólo con modos disimulados y escondidos, sino incluso abierta y virulentamente— conceptos, orientaciones, ideologías y enfoques no siempre en sintonía con las exigencias del mensaje evangélico y con las enseñanzas de la Iglesia; se hace propaganda del ateísmo teórico y práctico, la indiferencia en el campo religioso; se critica y se habla con ironía de la visión cristiana del matrimonio y de la familia, a la que se considera como superada; se proclaman y se ponen en práctica formas de libertad incluso exacerbadas, que muchas veces conculcan los derechos legítimos de los demás; se llega hasta a sembrar odios que terminan incluso en violencia, la cual a veces se mancilla insensata y bárbaramente con sangre de hermanos.

A toda esta marea, que al ir aumentando parece querer arrollar todo y a todos, vosotros deseáis oponer la fe en Cristo resucitado, la adhesión a su mensaje de amor a todos los hombres, que no son sólo ciudadanos de una misma nación y personas dedicadas al mismo trabajo, sino hermanos porque son hijos del mismo Padre celestial.

Nos dirigimos a vosotros, padres y madres, a vosotros, trabajadores, a vosotros estudiantes, con un llamamiento solemne y apremiante: conservad cuidadosamente, proteged con celo y haced penetrar los grandes valores humanos y cristianos que durante siglos han constituido los auténticos tesoros de vuestro pueblo: la generosidad, el respeto cordial a los demás, la hospitalidad, la sinceridad, la santidad de la familia, el amor a la vida desde sus comienzos, el sentido innato de la oración, la devoción a la Virgen Santísima, devoción que ha encontrado en vuestra piedad popular acentos de ternura extraordinaria.

Que vuestra fe cristiana sea firme y fuerte, fortalecida con la meditación continua de la Palabra de Dios, alimentada por los sacramentos, especialmente por la Eucaristía; sostenida por la adhesión gozosa a las enseñanzas de la Iglesia, Madre y Maestra. Que la fe ilumine e impregne toda vuestra vida. Vosotros, padres y madres, haced que la familia, fundamento de la sociedad, sea un cenáculo, una palestra auténtica de vida cristiana y religiosa, una comunidad de santificación recíproca de esposos e hijos, una "Iglesia doméstica", como afirma el Concilio Vaticano II (cf. Lumen gentium, 11; Apostolicam actuositatem, 11). Vosotros, trabajadores, poned empeño en que la fábrica y el puesto de trabajo sean el lugar en que se adquiera conciencia de estar continuando la obra del Creador, de estar prestando servicio a los propios hermanos y de estar contribuyendo personalmente a la realización del plan providencial de Dios en la historia (cf. Gaudium et spes, 34). Vosotros, estudiantes, poned afán juvenil en que los centros de enseñanza sean de verdad centros comunitarios que desarrollen vuestra capacidad de juicio, os pongan en contacto con el patrimonio cultural atesorado por las generaciones pasadas, impulsen el sentido de los valores auténticos, os preparen a la vida profesional y cívica y favorezcan la comprensión mutua (cf. Gravissimum educationis, 6).

Por todo ello, que vuestra fe sea diligente como ha recomendado Jesús mismo: "Así ha de lucir vuestra luz ante los hombres, para que, viendo vuestras buenas obras, glorifiquen a vuestro Padre, que está en los cielos" (Mt 5, 15).

En unión íntima y continua con vuestro Pastor y vuestros sacerdotes, emplead generosamente vuestra capacidad, posibilidades y tiempo en los múltiples proyectos pastorales experimentados y aprobados por la Iglesia; salid fuera del individualismo estéril, para vivir junto con los hermanos la vida comunitaria en las distintas asociaciones católicas: sed constructores de paz.

¡Animo, hijos queridísimos! El futuro no pertenecerá a la desesperación, sino a la esperanza; no a la violencia, sino al amor.

Con nuestra bendición apostólica.

 

 



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