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DISCURSO DE SU SANTIDAD PÍO XII
AL SEÑOR MIGUEL AMADO BURGOS, NUEVO REPRESENTANTE
DE LA REPÚBLICA DE PANAMÁ ANTE LA SANTA SEDE
*

Martes 11 de noviembre de 1947

 

Señor Ministro:

Al recibir de manos de Vuestra Excelencia las Cartas Credenciales por las que el Excelentísimo Señor Presidente de la República de Panamá os acredita en calidad de Enviado Extraordinario y Ministro Plenipotenciario cerca de la Santa Sede, Nuestro corazón paternal renueva los sentimientos de cordial afecto hacia esa amada Nación.

Nos no podemos olvidar que fue la tierra de Panamá el lugar primero del Continente americano, donde España puso su planta civilizadora y evangelizadora, fundando la primera ciudad de tierra firme, Nuestra Señora de la Antigua, y consagrando así esa noble tierra desde el primer momento a la excelsa protección de la Madre de Dios.

No podemos olvidar que fue la tierra panameña la que vio por vez primera establecida en el gran continente de América la Jerarquía Eclesiástica, y que el primer sucesor de los Santos Apóstoles en esas inmensas regiones se llamó Obispo de Panamá. Para Nos tendrá siempre la Nación, que Vuestra Excelencia dignamente representa, el inolvidable rango de haber sido durante mucho tiempo como el cuartel general de un pacífico y heroico ejército de misioneros, que, en nombre de la Iglesia, mandaba a América la madre España, para dar al Nuevo Mundo descubierto lo mejor y más divino que el viejo poseía: el mensaje de paz y de amor de Nuestro Redentor Jesucristo.

A esa paz, fundada en la justicia, y predicada en vuestra sonora lengua, desde hace más de cuatro siglos, en las costas de Panamá, alude Vuestra Excelencia, en las gratas palabras que acaba de pronunciar. Y es para Nos de alta satisfacción poder comprobar por ellas la comprensión del Representante de una Nación en su inmensa mayoría católica por Nuestra posición espiritual en medio del inextricable laberinto de pasiones de este mundo turbado.

No habrá paz verdadera y soportable, dice Vuestra Excelencia con gran acierto, sin la práctica efectiva de la comprensión y de la justicia Mas, en las dolorosas circunstancias del momento presente, a la justicia entre los pueblos y entre los individuos no se podrá llegar sin un amplio sentido de desinterés y aun de abnegación, que sólo el espíritu sobrenatural del Cristianismo puede dar.

Hoy como nunca es necesario, para regular las relaciones entre los hombres, y abrirles un cauce de auténtica juridicidad, invocar primero la protección de Dios, como laudablemente lo han hecho en Panamá los Diputados Constituyentes. Hoy más que nunca es necesario deducir hasta las últimas lógicas consecuencias de tal actitud, y llevar este reconocimiento de un ser Supremo y de una Ley divina a la práctica de nuestra vida pública y privada, a la verdadera armonía entre el Dador omnipotente de la Paz y Árbitro de la verdadera justicia con las normas todas que rigen la vida humana, tanto en el campo internacional y social, como en el cultural y familiar.

Que ese espíritu de auténtico Cristianismo informe cada vez más y de modo cada vez más perfecto las públicas instituciones de vuestra Patria, para mayor bien de la misma, es Nuestro deseo ardiente, y el objeto de Nuestras oraciones ante el Altísimo. Y por ello también Nos congratulamos hoy de tener cerca de Nos, para estrechar los vínculos que unen a la República de Panamá con esta Sede Apostólica, precisamente a Vuestra Excelencia, en quien, a las excelsas dotes de amplia y varia cultura, y de una, a pesar de su juventud, larga experiencia diplomática, se añade el abolengo familiar de una especial adhesión al Vicario de Cristo.

Con estos sentimientos de paternal benevolencia, invocamos la protección de Dios sobre la noble Nación que representáis, por intercesión de la Virgen del Rosario, a quien desde antiguo los panameños acudían en sus necesidades, y Nos complacemos en impartir de todo corazón al Excelentísimo Señor Presidente de la República, a su Gobierno y a todo el católico pueblo de Panamá, así como a su digno Representante, Nuestra Bendición Apostólica.


* AAS 39 (1947) 621-622.

 L’Osservatore Romano 13.11.1947, p.1.

 Discorsi e radiomessaggi, IX, p.341-342

 



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