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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
AL EMBAJADOR DE CANADÁ ANTE LA SANTA SEDE


Jueves
7 de noviembre de 1985 

 

Señor Embajador:

Me complace dar la bienvenida a Su Excelencia y aceptar las Cartas Credenciales que lo acreditan como Embajador Extraordinario y Plenipotenciario de Canadá ante la Santa Sede. Su manifestación de buenos deseos en nombre del Gobierno de Canadá por el éxito continuado de mi ministerio apostólico me resulta muy grata. Y le agradezco sus amables comentarios acerca de mi visita pastoral a su País el año pasado.

Si bien esa histórica visita resultó principalmente una celebración de fe para los miembros de la Iglesia Católica, también recuerdo con gozo la entusiasta y amable bienvenida que me brindaron los canadienses de todo credo. Me siento muy complacido porque esta inolvidable peregrinación «a mari usque ad mare» me brindó numerosas oportunidades de llegar a conocer a los diferentes pueblos de su País, tan ricos en sus diversidades étnicas y herencia cultural. Además, el hecho de que mi visita permitiera a los canadienses conocerse mejor a sí mismos, me impulsa a dar gracias a Dios Omnipotente por los abundantes dones que concedió en los distintos encuentros de oración, participación y diálogo durante mi visita. Muchas impresiones profundas y duraderas permanecen en mi corazón. Deseo expresar mi gratitud una vez más por el gran honor y respeto que su pueblo me mostró como Pastor Supremo de la Iglesia Católica.

He notado con agrado su referencia a la querida juventud de Canadá. Al igual de la juventud de otros lugares, los jóvenes, como usted dice, están buscando un sentido a sus vidas en un mundo en el que la confusión, la indiferencia y la violencia parecen frecuentemente más poderosos que las fuerzas de la paz. Su búsqueda y anhelo son un signo de la necesidad de que los líderes del mundo y toda persona de buena voluntad se consagren a un trabajo incansable en favor de la paz y la justicia. Para responder a este desafío, aquellos que ejercen el arte de la diplomacia, dan una contribución vital. Y estoy seguro de que usted se esforzará por contribuir a un diálogo constructivo y así inspirar confianza a la generosa y valiente juventud de Canadá en una nueva visión de paz. Creo sinceramente que la paz puede ser lograda en la comunidad mundial. Pero, como expuse a los miembros del Parlamento Canadiense y a los Representantes del Cuerpo Diplomático cuando me encontré con ellos en Ottawa, «la verdadera paz se conseguirá sólo cuando los corazones y las mentes de todos se conviertan a la compasión, a la justicia y al amor».

Me complace que los dos pueblos fundadores de Canadá, aun manteniendo cada uno su propia identidad cultural, sigan viviendo y trabajando juntos en armonía y mutuo respeto. El respeto por la dignidad de la persona humana en una sociedad culturalmente diversificada ofrece una sólida base de esperanza para el futuro. Porque el centro de los problemas de la sociedad de hoy descansa en la calidad de las relaciones que existen entre los individuos y los pueblos. Cuando estas relaciones se construyen sobre la base del respeto a la dignidad y santidad, de toda existencia humana, entonces los Derechos Humanos quedan salvaguardados y la sociedad goza de verdadera armonía y estabilidad.

Como usted ha señalado correctamente, Señor Embajador, hay un grupo de áreas donde existe una convergencia de puntos de vista y actividades entre su Gobierno y la Santa Sede. Esta convergencia hace más eficaces aquellos esfuerzos que promueven la defensa activa de los Derechos Humanos y que contribuyen a proveer ayuda económica y humanitaria a los pueblos y Estados menos afortunados. Alabo su resolución de tener en cuenta estas convergencias para el cumplimiento de la tarea que se le ha asignado.

Le ruego comunique al Gobierno y pueblo de Canadá mis saludos y buenos deseos. Es mi esperanza que usted tenga una muy fructífera misión. Dios le bendiga a usted y a sus conciudadanos con sus abundantes favores.


*L'Osservatore Romano, edición semanal en lengua española, 1986 n.9, p.10.



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