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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN XXIII
A LOS PARTICIPANTES EN EL PRIMER CONGRESO NACIONAL SOBRE EL DEPORTE
ORGANIZADO POR LA SOCIEDAD DANTE ALIGHIERI

Viernes 25 de enero de 1963

 

Queridos hijos y estimados señores:

La cordial y paternal bienvenida que os damos es la expresión de nuestra complacencia por el objetivo que os ha llevado a participar en el Primer Congreso Nacional sobre el Deporte. La Sociedad Dante Alighieri ha querido así llamar la atención de la opinión pública sobre la necesidad de una bien entendida educación deportiva, como coeficiente eficaz para el armónico desarrollo del hombre. Y, lo decimos con presteza, es hermoso que cuanto se refiere a la actividad deportiva, en sus formas más elevadas de ejercicio que templa y ennoblece, esté relacionado con el nombre de Alighieri. Es ciertamente una idea feliz y al mismo tiempo una promesa llena de esperanza, que merecía ser señalada; porque se refiere a aquel ideal de vida en que los altos valores de la cultura, transfigurados por la fe, encuentran terreno fecundo en las fuerzas físicas, vigorizadas y robustas, templadas por la resistencia y la disciplina. Es la sabiduría encerrada en el antiguo proverbio: "Mens sana in corpore sano" (Un alma sana en un cuerpo sano), considerado en toda su extensión, en armoniosa síntesis de gracia divina, de inteligencia, de voluntad y de belleza física.

Recordamos las luminosas imágenes del encuentro que tuvimos el 24 de agosto de 1960 con las escuadras juveniles de atletas, llegados de todas las partes del mundo para la XVII Olimpiada celebrada en Roma. En aquella ocasión dirigimos palabras de aprecio y aliento, que fueron escuchadas con gran entusiasmo.

Es natural que el Congreso de estos días haya encontrado entusiasta colaboración en el Comité Olímpico Nacional Italiano, que busca la formación atlética de la juventud con laudables objetivos educativos, y que en esta ocasión la prensa deportiva italiana más calificada haya demostrado su sensibilidad cordial y atenta.

Queridos hijos y estimados señores. Nos ha parecido oportuno escoger como fecha para el encuentro de hoy el día 25 de enero, fiesta de la Conversión de San Pablo. La circunstancia nos es grata por muchos motivos, especialmente porque en este mismo día, hace cuatro años, salió de nuestro corazón, precisamente en el cenobio benedictino de San Pablo extramuros, el Primer anuncio del Concilio Ecuménico, que hoy se encuentra en pleno florecimiento. Mirad: la celebración de este día litúrgico, con la página estupenda, sacada de los Hechos de los Apóstoles —que cuenta la disciplina exterior e interior, en la que el Apóstol de las gentes plasmó su vida y su apostolado—, puede subrayar bien el interés de la Iglesia, en todos los tiempos, por que se consiga el perfecto equilibrio entre el alma y el cuerpo. La figura de San Pablo Apóstol, con su espíritu ardiente y su cuerpo templado por el grado sumo de la resistencia física, despierte un encanto especial, principalmente en los jóvenes, que por naturaleza son generosos, ardientes, fáciles al entusiasmo y a la imitación. Por lo demás, San Pablo en sus Epístolas demuestra ser bien conocedor de la vida deportiva de su tiempo, aplicando sus vivos ejemplos a la ilustración de las más grandes verdades morales. El premio de los contendientes en las carreras le ofrece el parangón para el interés con que hay que correr por el camino de la virtud y del desprendimiento: "Corred de forma que lo consigáis" (1 Cor 9, 24); la sobriedad ejemplar de los atletas, por una corona humana, le inspira una cálida invitación a la templanza y a la vigilancia, para conseguir la corona de la eterna felicidad (ib. 9, 25); las reglas del pugilato, que desaconsejan los golpes en el vacío, le hablan de la firmeza y precisión que debe tener la lucha que es la vida del cristiano: "Yo, pues, así corro, no como a la aventura; así lucho en el pugilato, no como quien da al aire, sino que abofeteo mi cuerpo y lo reduzco a esclavitud, no sea que después de predicar a los demás me convierta yo en réprobo" (ib. 9, 26-27). Y al final de su vida, en la cárcel de Roma, donde estaba encerrado su cuerpo, pero desde donde irradiaba más eficaz que nunca la acción penetrante de su espíritu apostólico, podía escribir a su discípulo Timoteo: "He realizado un buen combate, he terminado la carrera, he conservado la fe. Ahora me está reservada la corona de justicia" (2 Tm 4, 7-8).

Estas indicaciones preciosas pueden ilustrar vuestras actividades, dedicadas a la formación del carácter y de la voluntad por medio de la eficacia educativa del esfuerzo físico, que es lealtad, seguridad y dominio de sí. Tanto más cuanto que vosotros estáis convencidos de que no se puede conseguir plenamente este magnífico resultado si no se aprecian las dotes espirituales del hombre. Lo dijimos en la mencionada audiencia a los participantes en la olimpiada: "Las reglas de una sana educación familiar y de la educación de la juventud piden que se vigile el que en las competiciones deportivas no sea el objetivo únicamente el cuerpo, como bien supremo del hombre, y que la pasión por el deporte no obstaculice el íntegro cumplimiento de los propios deberes; sin embargo, es cierto que se deben apreciar y estimular los honestos ejercicios físicos y las nobles competiciones en la palestra. Y son, en verdad, numerosas y de gran valor las dotes que en el hombre desarrolla el deporte; en el cuerpo: salud, vigor, agilidad de los miembros; en el alma: constancia, fortaleza, ejercicio de renuncia" (AAS LII, 1960, pág. 818). Hasta aquí la exhortación del 24 de agosto de 1960.

Sabemos que en este campo se ha realizado, y se realiza un buen trabajo, y nos gozamos por ello, y porque el Congreso de hoy abre nuevos horizontes a vuestra actividad conjunta. Os expresamos nuestro paternal aliento, seguros de que encontraréis plena correspondencia en los jóvenes, cuyo ánimo, por vuestra entrega y vuestro empeño, seguirá remontándose a metas cada vez más brillantes.

Queridos hijos: Finalmente hay un aspecto que nos precisa exponer a vuestra atención, por el significado que lleva consigo en estos momentos especiales.

Es sabido que de todos los puntos del mundo se ha elevado en los días pasados la solemne oración del Octavario por la unión de los cristianos, seguido con la participación de todos los hombres de buena voluntad. Esta mañana, como el 18 de enero, hemos ofrecido el Divino Sacrificio por esta intención, eco de ferviente súplica de la oración de Jesús en la última cena: "Que todos sean una sola cosa" (Jn 17, 21).

La gracia del Señor quiere servirse de todos los medios para que los hombres se encuentren, se conozcan, se amen, y con ello, después de un camino ulterior, que es secreto de la gracia celestial, lleguen a penetrar y a vivir el precepto —de un precepto del Señor se trata—, "que sean una sola cosa", en un único rebaño, bajo la paternal vigilancia y guía del único Pastor.

Hoy las barreras de las distancias han caído y los hermanos, aproximados entre si, pueden comprenderse mejor, estimarse mutuamente y estar más dispuestos a conocerse y a ayudarse. En este encuentro providencial también el deporte tiene su puesto de merecido relieve. En el piano de las competiciones leales, en las que participan siempre las mejores energías juveniles de todos los países del mundo, se han conseguido más frecuentes y más tranquilos encuentros entre los pueblos, favoreciendo no poco, de esta forma, el proceso de acercamiento en la caridad.

También esta dirección, ¡qué campo abre a vuestros esfuerzos y a vuestra influencia, qué eficacia pueden ejercer los atletas que sepan llevar en este encuentro universal además de la bravura de su capacidad física también la gracia gentil del carácter, la coherencia entre las convicciones íntimas y la vida, el testimonio de almas que viven generosa y alegremente su cristianismo!

He ahí, queridos hijos y estimados señores, las reflexiones y las esperanzas que vuestra presencia ha despertado en nuestro corazón, Nos es grato desearos toda clase de satisfacciones, augurando a vuestra actividad la consecución segura de sus grandes objetivos, en pro del bien físico y espiritual de la juventud, tan querida de todos, amadísima cordialmente del Papa.

A nuestros votos paternales acompaña el don de la Bendición Apostólica. que atraiga sobre vosotros, vuestras queridas familias y los organismos que representáis la asistencia continua de las divinas complacencias.

 



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