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ALOCUCIÓN DEL SANTO PADRE JUAN XXIII
A LAS DELEGACIONES DE LA UNIÓN CRISTIANA DE DIRIGENTES
*

Sala del Consistorio
Domingo 17 de junio de 1962

 

Señor cardenal (1):

Habéis tenido la amabilidad de acompañar hasta aquí, de presentarnos, con palabras apropiadas, el distinguido grupo de afiliados de la Unión Cristiana de Dirigentes, de la que sois el consejero moral.

Las circunstancias y las intenciones, que hace quince años hicieron surgir el movimiento, han sido la causa de esta peregrinación a la sede de Pedro. Se realiza ésta en un día litúrgico —en la fiesta de la Santísima Trinidad— especialmente lleno de doctrina teológica, que quiere informar toda la vida del cristiano.

Queridos hijos. Vuestra Unión quiere merecer también un puesto de respeto, al lado de las demás asociaciones confesionales, por la seriedad de la tarea de sus socios, por la profundidad de sus problemas y de sus trabajos, por el propósito de inspirarse de una forma cada vez más concreta en la enseñanza social de la Iglesia.

Conscientes de esta exigencia, deseáis renovar vuestro empeño de fidelidad.

«Soy cristiano»

Lo que da y debe dar impulso vivificador a vuestra actividad como a la de las demás asociaciones confesionales es su atributo de Cristiana. Esta palabra quiere brillar sobre los movimientos católicos, determinarlos, para que cada uno y todos se comprometan ante la sociedad de hoy a la luz de una orientación precisa.

Soy cristiano. La palabra antigua resuena con fuerza nueva. No requiere, como en los primeros siglos del cristianismo, el testimonio de la sangre, sino el continuo de la meditada y sufrida fidelidad a los propios ideales, a la vocación cristiana y a la enseñanza de la Iglesia; exige de cada uno el testimonio de la presencia convencida y persuasiva en un mundo demasiado oprimido por los intereses materiales y por todo lo que a ellos se refiere; proclama, finalmente, el testimonio del amor generoso y alentador, cuando parecen dominar los movimientos, ocultos a las claras, del egoísmo y del cálculo.

Los santos fines del hombre

La fidelidad a los propios ideales supone una voluntad firme de adhesión a los supremos principios, proclamados por el Antiguo y el Nuevo Testamento, sobre los que se basa la tranquilidad de todos y el ordenado progreso de la vida social; esta fidelidad supone un constante deseo de una sólida formación doctrinal, como se requiere en personas de una excelente preparación profesional, como especialmente en la activa participación en la vida sacramental de la Iglesia, sin la cual el cristianismo no es más que una vana palabrería; esta fidelidad supone el estudio de los documentos pontificios en la realidad del trabajo y en las cuestiones sociales, y una ejemplar prontitud al ponerlos en práctica con buena voluntad..

La convencida presencia que se os exige es la de almas conscientes de la dignidad de hijos adoptivos de Dios y de la responsabilidad humana, que quieren irradiar en torno a sí un influjo constructivo en favor del bien común. Son necesarios hombres apartados de los placeres que la triple concupiscencia ejerce sobre los hijos de este siglo; hombres que sepan al mismo tiempo obrar concretamente en la tierra en favor de aquellos altísimos fines que Nuestro predecesor San Pío X proponía al laicado católico en la encíclica Il fermo proposito: "Llevar a Cristo a las familias, a la escuela, a la sociedad; restablecer el principio de la autoridad humana como representante de la de Dios; llevar en el corazón los intereses del pueblo y especialmente de los obreros y agricultores..., esforzándose en enjugar las lágrimas, en endulzar las penas, en mejorar la condición económica con medidas previsoramente llevadas; esforzarse, por tanto, en que las leyes públicas estén basadas en la justicia, y se corrijan o se supriman las que se oponen a la justicia" (11 de junio de 1905. San Pío X, Actas, II, Roma, 1907, páginas 117-118.)

Las enseñanzas de San Gregorio Barbarigo

La caridad, finalmente, porque este programa resulta pura palabrería cuando no encuentra una voluntad capaz de ardientes propósitos, animados por la caridad. Es ésta la consigna que os confiamos, queridos hijos.

Soy cristiano; pero el cristianismo es esencialmente amor, como Dios es caridad (cf. 1Jn 4, 16), y aparece en el doble precepto y en el mensaje de los profetas (cf. Mt 22 , 40), y en todas las enseñanzas de Nuestro Divino Redentor. Esta ley debe inspirar la finalidad y el trabajo de vuestra Unión, para darle la verdadera eficacia.

El 17 de junio se conmemora la festividad litúrgica —anulada este año por la fiesta de la Santísima Trinidad— de San Gregorio Barbarigo, obispo de Bérgamo y de Padua, noble patricio veneciano que tuvimos el consuelo de coronar con la aureola de los Santos el 26 de mayo de 1960. Sus palabras resuenan como consejos válidos también en el momento presente, ardorosas por su celo: "Hermano —decía él—, si no hay amor y caridad en tu alma, si no son éstas el fin de tus acciones y afectos, no has hecho nada, has perdido el tiempo y el trabajo...". Y proseguía, en tono de agudo reclamo a la realidad de tantas, de demasiadas almas desgraciadas: "El querer justicia en casa de los demás y en la nuestra misericordia; el querer que todos comprendan nuestras palabras y ser nosotros delicados y demasiado justos con las de los demás...; el dolernos fácilmente del prójimo y no querer que nadie se lamente de nosotros; en suma, el tener dos balanzas: una, para pesar nuestra comodidad con la mayor ventaja que podamos, y la otra, para pesar la del prójimo con la mayor desventaja posible, es algo abominable ante Dios" (Predicaciones manuscritas, cfr. 72 v, 165 r).

Esto decía San Gregorio Barbarigo a la hombres de su tiempo. Así es como piensan los santos sobre el difícil deber de la caridad y estos son los reflejos que tienen su enseñanza sobre la actividad diaria.

El precepto máximo del Señor

Confiamos que también vosotros, los de la Unión Cristiana de Emprendedores y Dirigentes querréis inspirar a ella el precepto máximo, el precepto que Cristo llamó especialmente suyo, en vuestra actividad entre el mundo del trabajo. Hay aún desequilibrios y descompensaciones que deben ser como una espina en el corazón de un verdadero cristiano, seguidor del Evangelio; hay exigencias de una caridad y equidad mayores; exigencias de una mayor justicia distributiva que vienen postuladas por la dignidad de la persona humana, creada a imagen y semejanza de la Santísima Trinidad, y redimida por el hijo de Dios. La Iglesia no ha cesado y no cesa de proclamar en alto el derecho natural del hombre a un trabajo seguro, a una condición de vida digna; su legítima aspiración a una colaboración de actividades e intereses en la empresa, para que su puesto esté cada vez más en consonancia con el debido a un alma inmortal que por la fe cristiana está encaminada hacia la vida eterna.

Esta es la meta que la Iglesia propone a sus hijos; éste es el programa que espera ser puesto en práctica con la colaboración de quien puede y sabe, para que, como está escrito en la encíclica Mater et Magistra, no sea lanzado el descrédito sobre esta misma doctrina, como si fuera noble en sí misma, pero privada de una virtud eficazmente orientadora.

Queridos hijos.

He ahí la senda por donde estáis llamados a proseguir el difícil camino: fidelidad continua, presencia, caridad generosa. He ahí cuanto os confía el humilde sucesor de San Pedro con el corazón lleno de esperanzas. Al paso que invocamos sobre vuestros propósitos la continua asistencia de la gracia celestial, descienda sobre vosotros, aquí presentes, sobre vuestras queridas familias, sobre todos los miembros de la Unión Cristiana de Emprendedores y Dirigentes Nuestra propiciadora Bendición Apostólica en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.

Amén, amén.


* Discorsi Messaggi Colloqui del Santo Padre Giovanni XXIII, vol. IV, pp. 363-367.

(1) Cardenal Siri, arzobispo de Génova.

 

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